Español

Cinco escenarios posibles para la nueva Venezuela sin Maduro 

Sí, recurrimos de nuevo a Winston Churchill, el político más citado del planeta, pero es que lo clava: lo de Venezuela, podemos decir parafraseándolo, no es el principio del fin, sino el fin del principio. El país caribeño ha entrado en una larga transición, con una participación total de Estados Unidos en la configuración de su futuro Gobierno, tras la ‘decapitación’ de su hasta ahora presidente, Nicolás Maduro, hace apenas una semana. 

«Estamos reafirmando el poder estadounidense». Eso fue lo que dijo el líder estadounidense, Donald Trump, para justificar el ataque múltiple en suelo venezolano y el arresto del mandatario y de su esposa, Cilia Flores. Aunque se trate de una intervención sin base legal, qué importa, el único límite para el republicano es, dice al New York Times, su «propia moralidad».

En estos siete días, hemos visto imágenes impensables: la pareja trasladada al USS Iwo Jima rumbo a Nueva York (los ojos tapados de Maduro, el chándal de Nike, la botella de agua, el andar complicado por las heridas), las acusaciones por múltiples cargos, incluido el de narcoterrorismo, su defensa ante el juez. La operación estadounidense se produce tras meses de presión sobre el régimen venezolano para que detenga el narcotráfico y encamine al país hacia la democracia. «Vamos a gobernar el país hasta que podamos lograr una transición segura, adecuada y sensata», declaró el inquilino de la Casa Blanca.

El pasado miércoles, el secretario de Estado norteamericano, Marco Rubio, anunció que su plan sobre Venezuela contempla tres fases: «estabilización», «recuperación» y «transición». Al día siguiente, el propio Trump reconoció al Times que la tutela de Washington puede durar años. «Sólo el tiempo lo dirá», zanjó. 

El contexto: un historial complicado

EEUU tiene un historial muy desigual, en el mejor de los casos, a la hora de liderar operaciones de cambio de régimen en todo el mundo y de liderar transiciones políticas. Así que hay de todo en el pasado para tratar de hacer espejo con Venezuela. 

Están Irán y Vietnam, o Irak y Afganistán, y la verdad es que no hay muchas transiciones gestionadas con éxito como modelos. La planificación insuficiente, los objetivos poco claros y contradictorios, la falta de capacidad diplomática estadounidense en los países afectados, la limitada atención de las distintas Administraciones a lo que pasaba lejos y los plazos poco realistas de sus hojas de ruta han complicado habitualmente las cosas. Las retiradas no suelen ser gloriosas. 

Trump, por eso mismo, se opuso a estas «guerras eternas», como él las llama, durante su campaña electoral de 2024. Ahora, sin embargo, parece adentrarse en un riesgo parecido, el de introducir a su nación en la compleja tarea de gobernar otra nación,  extranjera, soberana, particular. Puede caer en los mismos errores del pasado. 

Lo que dice hasta ahora es que se ha comprometido a permanecer en Venezuela hasta que se lleve a cabo una transición adecuada, para evitar la posibilidad de que un líder asuma la responsabilidad sin velar por los intereses del pueblo venezolano. Sin embargo, la duración de la transición, sus parámetros y su resultado final siguen siendo rotundamente inciertos. El lenguaje impreciso de Trump y Rubio sobre quién gobierna Venezuela actualmente o el papel que las Fuerzas Armadas de EEUU pueden tener en el futuro no dan buenas señales. Es como si no todo estuviera consensuado o bajo pleno control. 

Además, están las metas: el objetivo declarado de la Casa Blanca es el de lograr la paz, la libertad y la justicia para el «gran pueblo de Venezuela», a la par que se reduce el tráfico de drogas o la llegada de migrantes sin papeles a EEUU. Son metas ambiciosas, que podría entrar rápidamente en conflicto con el deseo trumpista de vender el petróleo venezolano y reclamar reembolsos por las pérdidas de las compañías petroleras estadounidenses. De quedarse con todo, como ya ha anunciado su presidente. 

Para complicar las cosas, Washington no ha tenido presencia diplomática en Venezuela desde el cierre de su embajada, en 2019, lo que representa un gran obstáculo para la gobernanza, más allá de las llamadas telefónicas de altos funcionarios de la Casa Blanca. Trump dice que Rubio «habla todo el tiempo» con la nueva presidenta interina del país, Delcy Rodríguez, antigua vicepresidenta con Maduro, que juega de palabra a la queja y,  de hechos, coopera con EEUU

Y más aún: nadie sabe qué supone realmente completar un proceso y logar una meta para alguien con la personalidad de Trump, transaccional y cortoplacista, enamorado de las victorias rápidas, sin reparar en su duración o justicia. La atención de EEUU a los detalles más sutiles de las transiciones políticas estables y exitosas a largo plazo parece improbable, vistos ejemplos como Gaza. Los negocios son otra cosa. 

Escenario nº 1: cooperar, o sea, tragar

En estos días de análisis y quinielas sobre lo por venir para Venezuela, hay un escenario que se perfila como el más factible: que Rodríguez coopere con Washington y permanezca en el poder, aliviando la inestabilidad política pero dando continuidad al chavismo. RANE (Risk Assistance Network + Exchange), una consultora que hace análisis sobre inteligencia, seguridad y riesgos geopolíticos con sede de Nueva York, estima que esta salida tiene un 35% de probabilidad de ser real.

¿Qué es lo que puede pasar en este caso?

Escenario n° 2: Rodríguez desafía a Washington

La Risk Assistance Network + Exchange sostiene que hay un 30% de que el nuevo Ejecutivo de Delcy Rodríguez desafíe la presión de Washington y, por ello, Trump decida reanudar su campaña militar en Venezuela, lo que aumenta la incertidumbre y la posibilidad de víctimas. 

Lo que supone es:

Escenario n° 3: Los más radicales destituyen a Rodríguez 

Vamos con la tercera gran posibilidad que anotan los especialistas en política internacional: que sean los más radicales del chavismo los que toman el poder, aumentando las tensiones con EEUU. La probabilidad de que esto suceda es aproximadamente del 20%.

Básicamente, supondría que Rodríguez no logra consolidar el poder ni mantener a los diferentes grupos políticos y militares alineados bajo su liderazgo, sobre todo si se la acusa de ser demasiado amigable con Washington o de no reprimir lo suficiente a los presuntos opositores internos. 

¿Eso dónde nos llevaría? 

Escenario n° 4: Fracturas y caos interno

Imaginemos también la posibilidad de que el régimen chavista se fractura y Venezuela se hunde en el caos, en medio del malestar popular y la violencia de grupos criminales bien organizados. Es un 10 % probable que asistamos a este escenario, dice RANE. 

«Si los remanentes del régimen rechazan la negociación y se fragmentan, Venezuela podría caer en un conflicto guerrillero prolongado. Colectivos armados, unidades militares criminalizadas y facciones vinculadas al narcotráfico podrían librar una guerra asimétrica, convirtiendo partes del país en zonas de disputa y prolongando el sufrimiento de la población civil mucho después del colapso formal del régimen», avisa además Plitsas. Es el supuesto «más sombrío», avisa el también jefe del Counterterrorism Project del Atlantic Council. 

Lo que supondría, llegado el caso, es: 

Escenario n° 5: Elecciones y transición democrática

En un mundo ideal, un régimen totalitario debería caer por las urnas, con una victoria opositora en unas elecciones. Los disidentes venezolanos ya ganaron los comicios del año pasado, según reivindican, enseñando unas actas que Maduro nunca ha publicado. Ahora que él no está, podrían celebrarse nuevas elecciones, que la oposición las ganase, que se iniciase así una transición democrática propia, sin que nadie meta la mano, aunque sea en medio de la incertidumbre y la inestabilidad. 

Sin embargo, esa opción, hoy por hoy, apenas tiene un 5 % de probabilidad de prosperar. El propio Trump, quien tiene la sartén por el mango, la descarta por ahora. «Yo estoy al mando», repite en cada intervención pública. 

Pero, ¿y si llegase? ¿Qué pasaría? 

Pero, como decimos, es un escenario altamente improbable en parte porque es poco probable que Trump priorice esa transición democrática durante los próximos seis meses e, incluso si se programa una elección, es poco factible que sea libre y justa o que ocurra dentro de medio año, dada la necesidad de un período de campaña y el restablecimiento de las instituciones electorales para asegurar una carrera mínimamente competitiva. 

«Sea quien sea el que gane la pugna de poder en Caracas, es fundamental que Estados Unidos utilice su considerable influencia para incentivar una hoja de ruta para la transición. Es esencial que se presente al pueblo venezolano un plan creíble para unas elecciones libres y justas, la liberación de los presos políticos y una vía hacia la recuperación económica. Estados Unidos puede ayudar a allanar este camino ofreciendo un alivio gradual y escalonado de las sanciones a cambio de un progreso verificable hacia la democratización», relama Geoff Ramsey, investigador del Centro para América Latina Adrienne Arsht del Atlantic Council. 

Entiende que es «lógico» que desde el Despacho Oval se impulsen sus propios intereses energéticos, migratorios y geopolíticos en Venezuela, pero «los responsables políticos estadounidenses no deberían considerar su misión cumplida hasta que se restablezca el derecho fundamental de los venezolanos a elegir a sus propios líderes».

El analista Muggah, por su parte, apunta a que, elecciones aparte, siempre hay que contar con la idea de un levantamiento popular contra el poder, en este caso el oficialismo, aunque tampoco lo ve con posibilidades de éxito, como suele ocurrir cuando se alienta desde fuera. «Años de represión política , crimen organizado , miseria económica y emigración han vaciado a la clase media y al movimiento obrero venezolano. Los colectivos armados (…) opondrían una resistencia feroz. El resultado podría no ser un avance democrático rápido, sino una transición inestable», augura.

Queda esperar.