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Abdul El-Sayed, el epidemiólogo que quiere sanar Míchigan y es ya el primer senador musulmán de EEUU

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Cuando el confeti rojo, blanco y azul comenzó a caer sobre el escenario del centro de convenciones Huntington Place, en el corazón de Detroit, en la pasada noche del 3 al 4 de noviembre, no se estaba celebrando una victoria electoral más. La atmósfera, cargada de una energía eléctrica que trascendía hasta las cámaras, era la de un antes y un después en la historia política de los Estados Unidos. Abdul El-Sayed, un médico epidemiólogo, exdirector de salud pública y escritor de 42 años, acababa de ser proyectado como el ganador de la carrera por el escaño del Senado por Míchigan, derrotando al veterano republicano Mike Rogers. Una de las olas más azules y más altas en el tsunami demócrata que han sido estas midterms. 

Con este triunfo, El-Sayed ha destrozado uno de los techos de cristal más resistentes de la política estadounidense: se ha convertido oficialmente en el primer senador musulmán en la historia del país. Más allá del hito, está el momento: lo logra cuando en la Casa Blanca hay un presidente, Donald Trump, que sin ser especialmente religioso sí que busca confrontar con la fe para hacerse fuerte entre sus votantes de base, hasta el punto de igualar a Islam con terrorismo. Siempre la sospecha. Siempre la mofa. 

En un estado que durante mucho tiempo ha sido considerado el barómetro político de la nación -el famoso muro azul del Medio Oeste-, la victoria de El-Sayed es el resultado de una coalición diversa e improbable en las urnas. Logró unir a los trabajadores automotrices de los suburbios de Macomb, a los Ha logrado unir a los votantes progresistas de la cuca ciudad de Ann Arbor, a la comunidad afroamericana de la dura y empobrecida Detroit y a la crucial y numerosa población árabe-estadounidense de Dearborn. Todo esto, en medio de un clima hiperpolarizado, bajo la constante sombra trumpista y enfrentando campañas que intentaron etiquetarlo como una "amenaza radical" y un "extremista woke".

Pero, ¿quién es realmente Abdul El-Sayed? ¿Cómo ha logrado un doctor, que hace apenas unos años perdió de manera contundente unas primarias para gobernador, rearmarse política y estratégicamente para alcanzar uno de los escaños más codiciados y disputados del Capitolio? Su historia es, en muchos sentidos, el reflejo de la evolución del Partido Demócrata, de la demografía cambiante y de una nueva forma de entender la salud pública como un derecho fundamental y una herramienta de justicia social. Y, como le dijo anoche a Trump, si aún no es capaz de entender que tiene un nombre árabe y es pleno ciudadano de "USA", que se vaya acostumbrando... y lo llame "senador". 

El sueño americano de una familia egipcia

El-Sayed es un fenómeno levantado entre los Grandes Lagos, los campus de Míchigan y, también, su raíz, la ciudad egipcia de Alejandría. Sus padres, Mohamed El-Sayed y Fatten Elkomy, emigraron a EEUU a finales de la década de 1970 en busca de oportunidades académicas. Abdul nació el 31 de octubre de 1984 en Gratiot County, Míchigan, y creció en el área metropolitana de Detroit. Su padre se convirtió en profesor de ingeniería en la Universidad de Kettering y su madrastra, Jacqueline, una ingeniera nacida en EEUU, también jugó un papel fundamental en su crianza.

Crecer en Míchigan en los años 90 y principios de los 2000 supuso para El-Sayed vivir en dos mundos a la vez. Por un lado, era el clásico adolescente del Medio Oeste: capitán del equipo de lacrosse de su escuela secundaria, jugador de fútbol americano y competidor de lucha libre. Por otro lado, era un musulmán que observaba cómo su identidad religiosa se convertía en un tema de debate nacional, especialmente tras los atentados del 11 de septiembre de 2001.

"Descubrí muy temprano que mi nombre y mi fe hacían que algunas personas me vieran de una manera que no encajaba con quién yo sabía que era", ha dicho El-Sayed en múltiples ocasiones. "Esa disonancia me obligó a preguntarme constantemente: ¿Cómo puedo servir a esta comunidad para demostrar que el tejido de EEUU es lo suficientemente amplio como para incluirnos a todos?", se pregunta. 

Esa voluntad de servicio se tradujo primero en excelencia académica. El-Sayed ingresó a la Universidad de Míchigan, donde estudió Biología y Ciencias Políticas. Era brillante. En 2007, fue el encargado de pronunciar el discurso de graduación de su promoción, compartiendo escenario nada menos que con el expresidente Bill Clinton. Demócrata, como lo es él ahora. A partir de ahí, su trayectoria intelectual se disparó.

Un prodigio académico

La sed de conocimiento y su profundo interés por las desigualdades sociales llevaron a El-Sayed a obtener la prestigiosa beca Rhodes, lo que le permitió trasladarse a la Universidad de Oxford, en Reino Unido. Allí se doctoró en Salud Pública. Su enfoque no estaba en la medicina a nivel celular, sino social. Comenzó a obsesionarse con la "epidemiología de la desigualdad": por qué el código postal de una persona suele ser un mejor predictor de su esperanza de vida que su código genético, como pasa con la pobreza. 

Tras su regreso a casa, completó su título de médico en la Universidad de Columbia en Nueva York, donde también se convirtió en profesor asistente de Epidemiología. A los 30 años, ya era una estrella en ascenso en el mundo de la medicina, publicando decenas de artículos revisados por pares sobre las disparidades en la salud y la obesidad. "Un referente", como le cuenta su equipo a la CNN. 

Sin embargo, la academia, con sus lentos ciclos de publicación y su lejanía del sufrimiento diario de las calles, comenzó a parecerle poco. Para El-Sayed, diagnosticar los problemas del sistema de salud en un papel no era suficiente; quería estar en la trinchera para solucionarlos. La oportunidad de hacerlo llegó desde su estado natal.

Reconstruyendo el Departamento de Salud de Detroit

En 2015, Detroit estaba saliendo de la mayor bancarrota municipal en la historia. El tejido cívico estaba destrozado y los servicios públicos habían sido privatizados o diezmados. El Departamento de Salud de la ciudad había sido desmantelado y sus funciones transferidas a una organización sin fines de lucro. En este contexto, el alcalde, Mike Duggan, contactó al joven y brillante epidemiólogo de Columbia y le pidió que volviera a casa. 

El-Sayed fue nombrado director ejecutivo y oficial de salud, convirtiéndose en el comisionado de salud más joven de una gran urbe estadounidense. El desafío era titánico. Tenía que reconstruir un departamento de salud urbano desde cero, en una ciudad abrumada por el asma infantil, la mortalidad infantil, el envenenamiento por plomo y la pobreza estructural.

Aún así, bajo su liderazgo, el departamento lanzó programas innovadores que llamaron la atención a nivel nacional. El-Sayed lideró iniciativas para proporcionar gafas gratuitas a todos los niños de las escuelas públicas de Detroit tras realizarles exámenes de la vista, entendiendo que un niño que no puede ver la pizarra está condenado al fracaso escolar, lo que a largo plazo afecta su salud mental y económica. Además, se enfrentó a los gigantes corporativos en nombre de la salud. Cuando Marathon Petroleum propuso aumentar las emisiones de dióxido de azufre en su refinería del suroeste de Detroit -un área ya conocida por sus elevadas tasas de asma y apodada "el código postal más tóxico de Míchigan"- El-Sayed movilizó a su gente para presionar públicamente contra la medida, forzando a la empresa a negociar reducciones de emisiones.

También estuvo al frente de la respuesta de Detroit durante la crisis del agua de Flint (ubicada a menos de una hora de distancia), asegurando que las escuelas y guarderías de Detroit fueran evaluadas para detectar plomo en el agua, e implementando programas para combatir los cortes de agua masivos que estaban dejando a miles de familias sin higiene básica. Fue en estos años cuando El-Sayed acuñó la que sería la tesis central de su futura carrera política: "No podemos tratar medicamente problemas que tienen raíces profundamente políticas y económicas".

El tropiezo de 2018

A pesar de sus éxitos, El-Sayed se dio cuenta de los límites del poder local. Podía distribuir filtros de agua y gafas, pero no cambiar las leyes estatales que permitían la contaminación industrial desmedida o que bloqueaban el acceso universal a la atención médica. Con esta frustración como combustible, en 2017 renunció a su cargo para anunciar su candidatura a gobernador de Míchigan en las elecciones de 2018.

Su campaña fue una insurgencia progresista de manual. Rechazó el dinero de los Comités de Acción Política (PAC) corporativos, se alineó con el movimiento de Bernie Sanders y propuso la creación de Michicare, un sistema de salud de pagador único a nivel estatal. También abogó por un salario mínimo de 15 dólares la hora, la legalización de la marihuana, la abolición de las prisiones con fines de lucro y el cierre inmediato de la Línea 5 de Enbridge, un controvertido oleoducto bajo los Grandes Lagos.

La campaña de 2018 atrajo la atención nacional. Multitudes de jóvenes llenaron los auditorios para escuchar al carismático médico, y figuras nacionales como Alexandria Ocasio-Cortez y el propio Sanders viajaron a Míchigan para hacer campaña por él. Todos los de la rama más izquierdista del Partido Demócrata. Para muchos activistas, El-Sayed representaba el futuro ideal de la formación: diverso, elocuente, incorruptible y firmemente anclado en la clase trabajadora.

Sin embargo, el establishment de Míchigan se alineó detrás de Gretchen Whitmer, una moderada que argumentaba que su pragmatismo -y su experiencia también- era la única vía para derrotar a los republicanos. En las primarias de agosto de 2018, Whitmer ganó de calle. El-Sayed obtuvo un respetable 30% de los votos, quedando en segundo lugar. Perdió la batalla, pero había plantado las semillas de un movimiento de base que no se iba a desvanecer.

Los años en el desierto

En lugar de retirarse a la práctica médica privada tras su derrota, que le habría dado buenos dineros, El-Sayed aprovechó su creciente plataforma pública para profundizar en la pedagogía política. Se convirtió en comentarista, fundó un comité de acción política llamado Southpaw Michigan para ayudar a elegir a candidatos progresistas locales y fue una de las voces médicas más críticas y escuchadas durante la pandemia de covid 19 en 2020.

Fue durante este período de "entreguerras políticas" cuando el recién elegido senador solidificó su mensaje a nivel nacional. Se asoció con Crooked Media (la red detrás del popular podcast Pod Save America) para presentar su propio programa semanal, America Dissected. En el podcast, combinaba su formación en salud pública con su instinto político para explicar cómo el racismo sistémico, la política de viviendas, el cambio climático y la avaricia corporativa estaban enfermando a los estadounidenses.

Además, escribió dos libros influyentes. En Healing Politics: A Doctor's Journey into the Heart of Our Political Epidemic (2020), diagnosticó lo que él llamó la "epidemia de inseguridad": la ansiedad crónica que sufren millones de estadounidenses al no saber si podrán pagar el alquiler, costear una emergencia médica o retirarse con dignidad. Su segundo libro, coescrito con la doctora Micah Johnson, Medicare for All: A Citizen's Guide (2021), se convirtió en el manual de referencia para los defensores de la sanidad pública universal.

Durante estos años, El-Sayed ha perfeccionado también su capacidad de comunicación. Ha aprendido a trasladar el árido lenguaje de la política sanitaria a historias humanas tangibles, una habilidad que ha resultado muy valiosa de cara a su asalto a las urnas del 3N. Ha sido, sin duda, una de sus herramientas más exitosas. 

Al Senado, la hoja de ruta hacia la victoria

El panorama de Míchigan había cambiado drásticamente en en este 2026. Con un escaño del Senado abierto y muy competitivo, los demócratas necesitaban un candidato que pudiera entusiasmar a la base base, pero sin espantar a los votantes suburbanos. El-Sayed, más maduro políticamente y con una red de apoyo estatal cultivada durante ocho años, dio el paso al frente. Y los números, hoy, lo avalan. 

Su oponente en las elecciones generales fue el republicano Mike Rogers, un excongresista, presidente del Comité de Inteligencia de la Cámara y figura establecida del poder conservador. La carrera fue brutal, porque dio de lleno en muchos de los grandes debates de la sociedad actual, lejos de los despachos y las moquetas mullidas. 

La campaña de Rogers, respaldada por dinero poco claro y grupos de interés alineados con el trumpismo, intentó presentar a El-Sayed como un extremista fuera de juego con la realidad. Los anuncios de ataque conservadores inundaron las cadenas de televisión, enmarcándolo como el rostro de una "amenaza woke", un "radical socialista" e incluso insinuando oscuros y xenófobos vínculos, sólo por su herencia musulmana. El-Sayed traería "las políticas de extrema izquierda a Míchigan", ese era el fantasma. 

Sin embargo, el demócrata se negó a dejarse encasillar en guerras culturales. Ejecutó una campaña que podría considerarse una clase magistral, aunque con un poco de populismo progresista. Pragmático, dice él cuando se le acusa de haber usado algunas herramientas de sus oponentes. Cuando la derecha lo atacaba por el wokismo, El-Sayed respondía hablando de los precios de la insulina. Cuando lo acusaban de querer destruir la industria de Míchigan con regulaciones ambientales (el famoso Green New Deal), él se reunía en los piquetes de huelga con los miembros del sindicato United Auto Workers, defendiendo que la transición hacia los coches eléctricos debía garantizar empleos bien remunerados y pensiones seguras, no enriquecer a los ejecutivos de Detroit mientras se abandonaba a los trabajadores.

"No me importa cómo llames a mis políticas. Si crees que es radical asegurar que tu abuelo no tenga que partir sus pastillas para el corazón por la mitad para poder llegar a fin de mes, entonces supongo que soy radical. Pero en el Míchigan que yo conozco, eso se llama simple decencia humana", afirmó en uno de los debates más tensos y comentados de la campaña.

El factor demográfico

Uno de los aspectos más formidables de la victoria de El-Sayed ha sido su capacidad para reunificar una coalición demócrata que había quedado profundamente fracturada en ciclos electorales anteriores. La ciudad de Dearborn, con su vasta y vibrante población árabe y musulmana, había estado históricamente alineada con los demócratas, pero el genocidio de Israel en Gaza y las políticas exteriores estadounidenses provocaron un profundo desencanto en la comunidad (como se evidenció en el movimiento "uncommitted" en elecciones pasadas).

El-Sayed tenía el desafío monumental de validar el dolor y la frustración de su propia comunidad mientras mantenía unida la coalición amplia del partido. Lo hizo pidiendo sistemáticamente políticas exteriores basadas en los derechos humanos y oponiéndose a los cheques en blanco para ayuda militar sin condiciones, una postura que le valió feroces ataques de grupos pro-Israel, pero que cimentó su credibilidad entre los votantes jóvenes de las universidades y la comunidad de Dearborn. No se ha olvidado de ello ni en la noche electoral. 

La movilización de votantes en el sureste de Míchigan ha alcanzado niveles récord en estos comicios de mitad de mandato, una clave para contrarrestar la alta participación republicana en las áreas rurales y en la península superior del estado.

Lo que representa esta victoria

La llegada de Abdul El-Sayed al Senado de EEUU -cuyo juramento, presumiblemente con la mano sobre el Corán, será todo un icono, como ya pasó con el alcalde de Nueva York, Zohran Mandani- no es solo un triunfo simbólico de la diversidad. Es una declaración de intenciones sobre la dirección política del país.

Para la comunidad musulmana del país, que durante décadas ha sido objeto de vigilancia, sospecha, prohibiciones de viaje impulsadas por Trump e islamofobia abierta, ver a uno de los suyos ascender a la cámara alta representa una validación largamente esperada. Es el rechazo definitivo a la narrativa de la otredad. Como señala la agencia Reuters, "El-Sayed no es el senador de los musulmanes; es un senador estadounidense que resulta ser musulmán, elegido por uno de los electorados más representativos del corazón obrero de la nación".

A nivel legislativo, su victoria refuerza el ala progresista del Senado, añadiendo un aliado crucial a figuras como Sanders, Elizabeth Warren y Ed Markey. Su experiencia médica lo posiciona como una de las principales autoridades del Congreso en materia de salud pública y política sanitaria, en un momento en que el sistema médico patrio continúa crujiendo bajo el peso de los altos costos y la ineficiencia.

En retrospectiva, su viaje vital y político es un testimonio de resiliencia y adaptabilidad. Logró esquivar la tóxica dinámica de los ataques culturales de la derecha manteniendo un enfoque implacable en el bienestar material de los ciudadanos de su estado. "Nos dijeron que un tipo con mi nombre, con mis antecedentes y con mi fe no podría ganar en el corazón del Medio Oeste", declaró a sus eufóricos partidarios en la noche de las elecciones, con la voz rota por la emoción, rodeado de su esposa Sarah y sus hijos, que son siempre, dice, sus principales apoyos. 

"Pero esta noche, Míchigan le ha dicho al mundo que no estamos divididos por nuestras diferencias superficiales. Estamos unidos por nuestro deseo compartido de criar a nuestras familias con dignidad, de respirar aire limpio, de tener atención médica cuando nos enfermamos y de construir un país donde todos, absolutamente todos, tengan un lugar. Hoy empieza el trabajo real", ahondó. 

La -temida por la derecha- victoria woke resultó ser, a fin de cuentas, la victoria de un médico que supo diagnosticar a su gente y conectar con el dolor crónico de la clase media trabajadora del Medio Oeste.