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Cristina Fernández Cubas: algo que se rompe en lo que conocemos

· Culture

En uno de los relatos de Cristina Fernández Cubas que prefiero, La mujer de verde —incluido en Con Agatha en Estambul (1994)—, la voz que narra cree haberse encontrado con Dina Dachs, la secretaria recién incorporada a su empresa. "Lo siento", aclara la mujer, "se ha confundido usted". La protagonista —o no— se había convencido hasta el punto de abandonar una tienda para saludarla; imposible olvidar a alguien con ese nombre misterioso, casi un seudónimo: una máscara. La narradora —¿quién?— no baraja la confusión, en un principio, sino que la entrega a la desconocida; una mujer que "fuera quien fuera, necesitaba ayuda", vestida con ropa ligera en pleno diciembre. "Tengo todos los motivos del mundo para sentirme feliz", concluye al inicio; y prosigue su soliloquio con cierta luz cotidiana —los ruidos de la familia del piso de arriba, las molestias de los zapatos nuevos— hasta que nos cuenta aquello que debe callar, y todo se oscurece.

Se trata de una pieza breve en una autora cuyos cuentos respiran con otra parsimonia, pero que recoge muchos de los elementos que caracterizan su obra, y en su relectura —búsquenlo, ¡ese tramo final!— a mí me estremece todavía. En la literatura de Cristina Fernández Cubas está la realidad: en esta historia está esa mujer que renuncia a la intimidad por su trabajo —o que traslada al ámbito laboral el privado—, el vínculo con la gente de la oficina, la pesadez de las cenas por compromiso, experiencias en las que cualquiera al otro lado de la página se identificaría, una primera línea de verosimilitud, y está la autora que observa esa realidad desde la conciencia de que lo rutinario comprende igual las grietas, cuanto no se espera, cuanto nos expone. Lo insólito, acaso; algo que se rompe en lo que conocemos, y que permanece —una sombra— al reanudar la vida. ¿Quién no se ha equivocado al reconocer a alguien por la calle, tal como sucede en La mujer de verde?

Leyendo a Cristina Fernández Cubas escuchamos los juegos de identidades de Henry James, el trabajo de Kafka con la sugerencia desde el tono, el de Poe con la sensación; la idea —la insistencia— de lo fantástico puede que lata en el aparataje formal, la construcción de la atmósfera, la presencia del símbolo, la recurrencia a la ambigüedad... En el lenguaje, en el estilo, un prodigio: la vocación de la oralidad, por una parte —con qué naturalidad, tan difícil de conseguir, suena su prosa—, y por otra la elegancia de la palabra exacta, diciendo lo que tiene que decir, espléndida en detalles y matices.

Sueñan y recuerdan sus personajes, al fin y al cabo probando otras versiones posibles de la realidad; sus personajes cuentan mucho, también; ha plagado Cristina Fernández Cubas sus relatos de mujeres —madres, hijas, hermanas: tanta familia— y hombres que narran lo que viven, o no, o que comparten su don con el resto. Un Cervantes evidente, una de esas premiadas que elevan el palmarés. Magistral en su conciencia de la propia escritura, tan exigente como generosa: nos interpela y nos implica, extiende un suspense —una desazón— que nos acompaña cerrado ya el libro, dejada atrás la historia. "Todavía es pronto", se despide la voz de La mujer de verde, quizá —justo— rogando un poco más.