Del amor al odio en 30 años: Mourinho, "el enemigo público número uno" del Camp Nou
13 años después, Jose Mourinho vuelve esta noche al Camp Nou, el estadio que fue su casa, marcó su formación como entrenador y en el que se convirtió en «el enemigo público número uno» tras una década de visitas y polémicas. Fue protagonista en el césped, en el banquillo, en la sala de prensa, en los pasillos y hasta en el parking, y ahora aterriza más tranquilo, o eso parece. Necesitado de una victoria que acerque al Madrid en la lucha por el liderato y evite que el Barça se aleje a nueve puntos, insiste en que no es una visita especial, aunque en el territorio culé ha vivido de todo.
Entre el Mourinho de 1996 y el Mourinho de 2026 hay mil vidas, sensaciones, rechazos y discursos. 30 años exactos desde que llegara a Barcelona con Bobby Robson hasta el que será su 18º clásico y su novena visita al Camp Nou con el Madrid, 14ª si se tienen en cuenta los tres partidos con el Chelsea y los dos con el Inter. 30 años en los que Mourinho ha pasado de traductor a The Special One, de cantar «hoy, mañana y siempre con el Barça en el corazón» en la Plaça Sant Jaume a ser el gran villano de la Ciudad Condal. De no ser querido como ayudante de Robson antes de su llegada, porque el Barça quería al inglés en solitario, a no convencer del todo a Laporta cuando buscaba un sustituto para Frank Rijkaard y parte de la directiva apostaba por el portugués.
En el entorno del Barça se cree que esa negociación de 2008 y el posterior fichaje de Guardiola crearon en Mourinho un sentimiento de despecho. «Me pidieron hacer un análisis de la situación y lo hice, pero no estuve cerca de fichar. Nunca», aseguró después el portugués, que ya había vivido una polémica en el Camp Nou durante un Barça-Chelsea, acusando a Rijkaard de visitar el vestuario del árbitro y denunciando que los jugadores culés hacían «teatro del bueno». Perdió aquella eliminatoria y se despidió lanzando besos a la grada, ganándose, dicho por él mismo, el apodo de «enemigo público número uno del Barcelona».
Con despecho o no, la realidad es que a partir de 2008, con el ascenso de Guardiola y el fichaje del luso por el Inter, Mourinho acumuló en el Camp Nou imágenes que ya son historia del fútbol español y europeo.
La primera fue la noche de los aspersores. El 28 de abril de 2010, corrió por el césped culé en zigzag, con el dedo señalando a la grada del Inter, mientras Víctor Valdés trataba de pararle y el Barça activaba el riego. A pesar de la expulsión de Motta, los italianos habían aguantado y eliminaron a los de Guardiola. «Un equipo que gana siempre a veces no sabe perder», dijo en rueda de prensa.
Su llegada al Madrid potenció todavía más la toxicidad entre Mourinho y el Camp Nou. «Hoy, mañana y siempre, traductor», le recordó la grada en su primera visita con los blancos, en el 5-0 de noviembre de 2010. Una clara referencia a su cántico en la celebración de la Liga de Barça en 1997 y una palabra, la de traductor, que le molestaba de manera extraordinaria en los inicios de su carrera.
2011 fue un año intenso. Clásico en las semifinales de la Champions, Guardiola llamándole «puto amo» antes de la ida en el Bernabéu, expulsión de Pepe, 0-2 y la rueda de prensa de los «¿Por qué?» que resultó en una sanción de la UEFA. Vio la vuelta en un hotel y fue la única visita al Camp Nou que se perdió. En agosto, su momento más bajo: el dedo en el ojo a Tito Vilanova en mitad de una tangana y unas palabras ante la prensa de las que años después se arrepintió. «¿Pito Vilanova? No sé quién es ese Pito», dijo ese día. «Ahí fallé yo. No debí haber hecho lo que hice», señaló con el tiempo.
En enero de 2012, con las manos en los bolsillos, en chándal y apoyado en un coche, esperó durante varios minutos a Teixeira Vitienes en el parking del Camp Nou. «Vaya artista, cómo te gusta joder a los profesionales», le espetó al árbitro del partido tras la eliminación del Madrid en los cuartos de final de la Copa del Rey.
En el curso 2012-2013, su último al frente del Madrid, mantuvo su pelea arbitral contra el Barcelona, aunque creía que el club no lo apoyaba lo suficiente y comenzó a gestarse la fricción que terminaría con su marcha. «Como el Madrid es un club grande y no se puede hablar de los árbitros, pues no hablamos», dijo en la sala de prensa del Camp Nou tras empatar ante los culés. «Parece ser que es filosofía del club, y como es una norma pues lo dejamos pasar. ¿Si me gusta? Lo que a mí me gusta es decir la verdad», insistió ese día.
Su última visita a Barcelona fue en febrero de 2013, en las semifinales de la Copa del Rey, cuando Cristiano Ronaldo marcó dos goles, el Madrid venció 1-3 y se clasificó para la final. Curiosamente, una de las alegrías de la temporada se tornó en decepción, porque los blancos terminarían perdiendo el título copero ante el Atlético en el Bernabéu, la Liga ante el Barça y las semifinales de Champions ante el Borussia Dortmund. Una temporada en blanco que pondría el punto y final a la etapa de Mourinho en el Madrid.
El resumen futbolístico de sus visitas al Camp Nou con el Madrid deja dos derrotas, cuatro empates y dos victorias, la de la Copa de 2012 y la que encarriló la Liga de los récords, pero el resumen emocional es todavía más contundente. La conexión entre el estadio culé y Mourinho ha sido dramática a todos los niveles, aunque ahora, en su regreso más de una década después, el portugués prefiere no darle importancia. «Es igual que ir a otro estadio. Obviamente estamos hablando de un equipo de mucha calidad, que no es lo mismo que jugar contra otro de menos, pero no pasa nada», dijo ayer, extremadamente tranquilo.