El amor que permanece: La iluminada agonía del cine que se rompe (****)
El pensador Gilles Deleuze invitaba, entre la metáfora, la lírica y la simple oscuridad, a pensar desde la grieta, desde la diferencia, desde la fractura esencial que atraviesa tanto al pensamiento como al ser humano. Y de forma algo más trágica, Schopenhauer mantenía que todos nosotros uno a uno, arrancados a la naturaleza, conscientes de sí y del mundo, de su finitud y del sin sentido de todo esto, experimentamos nuestro tránsito por la vida atravesados por esa misma grieta. Valgan el francés y el alemán para presentar el cine del islandés. Hlynur Pálmason, director de obras mayores como Un blanco, blanco día y, sobre todo, Godland, entiende el cine como, en efecto, grieta. Y su último trabajo, El amor que permanece, llega a las carteleras con la clara intención no tanto de dejar claro nada, como de simplemente romperse, de ampliar el sentido mismo de todas y cada una de las rupturas que nos recorren y nos desprotegen ante la amenaza del sentido. Suena tremendo y, en efecto, lo es.
La película arranca con una imagen demoledora. Una máquina imponente echa abajo la techumbre de un edificio que fue antes el estudio de una artista. El tejado sobrevuela el plano como un animal herido. Deslumbrante. Digamos que la secuencia vale como primera metáfora de todo lo que vendrá después. El amor que permanece cuenta la historia de una pareja rota. Ella es la creadora visual que contempla como su lugar de trabajo desaparece. Él es un pescador que va y viene a la casa de su antigua familia empeñado en recorrer la que hoy se antoja una fractura irremediable. Entre medias, tres hijos, que conviven con la mujer, aparecen y desaparecen como lo hacen habitualmente los críos, sin pedir permiso, ajenos completamente a la anomalía que supone vivir completamente despreocupados de la propia vida.
Es con estos elementos de natural disímiles y difícilmente homologables con los que Pálmason se encuentra cómodo en su empeño de desestabilizar la mirada del espectador, siempre entregado a la labor de abrir huecos para que entre la luz. Con una prodigiosa capacidad para construir rimas que unen el propio alma de los personajes con la fuerza descontrolada de un paisaje, el islandés, incompresible, El amor que permanece no renuncia a nada, ni a la comedia espontánea ni a la fantasía desbordante (los espantapájaros cobran vida como caballeros andantes) ni al documental sobre el proceso de creación de una artista que deja que el tiempo dibuje con el óxido los lienzos sobre los que descansan unas estructuras de metal abandonadas a la intemperie.
Pálmason parece convencido, y en esa fe milita, de que la digresión es la mejor manera de contar, que el drama habita en las narraciones que se rompen, que la discontinuidad es la única razón de la línea recta, que la grieta es la manera de iluminar y que el sentido del humor acerca a la tragedia. Por momentos, la película se acerca al melodrama familiar, a ratos al trabajo etnográfico, cuando quiere al relato mitológico y cuando la condescendencia aparece, todo cambia y todo vuelve a empezar. Y siempre desde una muy particular concepción sensorial, surrealista, profundamente imaginativa y plena de la puesta en escena. Está en la naturaleza de la última película del director no ser ni tan violenta y brutal como Un blanco, un blanco día ni tan deslumbrante como Godland, simplemente se encuentra en medio, en el corazón de una grieta que de forma indefectible nos atraviesa. A todos. Una belleza de película.
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Director: Hlynur Pálmason. Intérpretes: Sverrir Gudnason, Ingvar Eggert Sigurdsson, Saga Garðarsdóttir. Duración: 109 minutos. Nacionalidad: Islandia.