Voice of Freedom Повна версія

El arte se va de fiesta: las discotecas de Ibiza se transforman en galerías gigantes

· Culture

Algo ha cambiado en la noche de Ibiza. Otra vez, y quizá sea ese el secreto de su supervivencia. Miles de personas llegan a una discoteca. Hay colas, pulseras, móviles levantados y clubbers dispuestos a ignorar a qué hora volverán al hotel. Solo que, esta vez, entre las luces y los jardines, aparece algo que no debería estar allí: un Fiat 500 de tamaño real esculpido en mármol de Carrara. Es una obra de arte de muchas toneladas, pero la pregunta no es qué hace en medio de un club, sino qué hace un club en una galería de arte.

Si decimos que Hï Ibiza, Ushuaïa y [UNVRS], han dejado de ser tres de los grandes templos de la noche ibicenca, para unir su nombre a las megagalerías de arte mundiales de los Gagosian, Hauser & Wirth, Pace y David Zwirner, no sería una exageración. Ni que un joven vuelva a casa a las seis de la mañana con dos copas de más y la verdad sea que viene de una exposición.

Culture Collective es un experimento impulsado por W1 Curates, la galería de arte inmersivo de Oxford Street fundada por Mark Dale, y The Night League, la empresa líder del ocio nocturno ibicenco, y que reúne a 70 artistas de disciplinas que van desde la pintura y la escultura hasta el arte digital, la fotografía, la tecnología, la moda y la música.

Una operación que parte de una idea sencilla. Sacar el arte de sus lugares habituales y llevarlo hasta donde ya está la gente. «Ahora todo gira en torno a la experiencia: crear una experiencia en la que puedas entrar en la mente de un artista, entrar en el mundo de un músico o entrar en el universo de una marca de moda», explica Dale. Y ahí está la diferencia con una exposición convencional. Que no se espera que el visitante vaya expresamente a ver arte.

El nuevo lenguaje del clubbing de Ibiza son esculturas monumentales que responden a la luz o al sonido, estructuras que alteran las dimensiones de una sala, superficies LED que sustituyen el paisaje real por otro imposible y proyecciones que hacen desaparecer la arquitectura durante unos minutos. Aparecen performers que se mezclan entre los asistentes, sin que quede demasiado claro dónde termina el espectáculo y dónde empieza la fiesta.

Durante una misma noche, el visitante puede atravesar una selva digital, entrar en una ciudad de ciencia-ficción o quedar rodeado por un paisaje submarino. Son recursos tomados del arte contemporáneo, el cine, los videojuegos, el teatro y la cultura digital que confluyen en un mismo lugar. El público deja de ser un espectador porque su presencia, sus movimientos y hasta la forma en que recorre el espacio pasan a formar parte del espectáculo.

La clave está precisamente en que nadie ha ido allí a ver arte. El visitante no llega con la predisposición del que entra en un museo, no conoce el nombre del artista y ni siquiera tiene por qué saber que hay una exposición. Va a bailar y se encuentra con ella. Puede pasar junto a una escultura sin detenerse, hacerse una foto delante de un mural, descubrir una instalación mientras espera una copa o acabar preguntándole a un amigo quién es el autor de esa cosa. El arte deja de exigir una actitud al espectador y empieza a competir por su atención en las mismas condiciones que la música, las luces o el teléfono móvil.

Un día, mientras realizaban una instalación en el escaparate, Dale observó que algunas personas se acercaban a la puerta, miraban de lejos la obra y llegaban incluso a intentar abrirla, pero no entraban. «Se sentían intimidadas de entrar en una galería de arte», recuerda. Aquella escena terminó convirtiéndose en la razón para cambiar el modelo. Porque el problema, sostiene Dale, no es que la gente no tenga interés por el arte, sino que no siente que esos espacios estén hechos para ellos.

En Hï Ibiza, la transformación empieza ya antes de llegar a la pista. Michael Craig-Martin ha convertido una selección de dos décadas de sus conocidas composiciones sobre objetos cotidianos —auriculares, bombillas, instrumentos musicales o dispositivos tecnológicos— en una experiencia inmersiva. La obra se despliega a lo largo de unos 70 metros y convierte el recorrido del club en una gigantesca superficie digital.

La entrada suma una intervención de Pascale Sender, que mezcla pintura y projection mapping para convertir la arquitectura en una obra que cambia con la luz. En las fachadas aparecen grandes murales de PichiAvo y .EPOD, mientras que en el llamado Secret Garden espera el Fiat 500 de tamaño real tallado en mármol de Carrara por el italiano Nazareno Biondo, que comparte espacio con jóvenes que llegan a bailar y se acercan a verla con una copa en la mano.

En [UNVRS], el edificio deja de ser simplemente el lugar que contiene las obras y se convierte directamente en una de ellas. Vhils ha tallado un mural de 68 metros cuadrados sobre la propia fachada mediante su característica técnica de carving sustractivo: en lugar de añadir pintura o materiales, elimina capas de la superficie para revelar la imagen.

Dentro del club, Nazareno Biondo presenta cuatro esculturas —HumanAI, Spaceship, Robot Dog y We Are Bit— que continúan su obsesión por convertir objetos reconocibles en piezas hiperrealistas de mármol. Junto a ellas aparecen las esculturas de luz de Anthony James, cuyos cubos y dodecaedros utilizan espejos y luz para crear la ilusión de una profundidad infinita, y las figuras cromadas de Hajime Sorayama, el artista japonés conocido por sus robots hiperrealistas y por una estética que mezcla ciencia ficción, moda y cultura pop.

Ushuaïa, por su parte, incorpora las obras a un espacio especialmente singular: un club concebido al aire libre, donde las piezas conviven con la piscina, la vegetación, la luz del día, la playa y el espectáculo nocturno. No hay silencio. No hay carteles obligando al visitante a detenerse. Hay música, luces, alcohol, móviles, gogós y miles de personas atravesando el espacio. La discoteca funciona como una especie de democratizador inesperado. Y ahí aparece la gran contradicción. Que para democratizar el acceso al arte hay que llevarlo a uno de los espacios más exclusivos y caros de la industria del ocio del mundo.

«El éxito de la experiencia se mide por la repercusión que estamos teniendo y por la cantidad de gente que quiere trabajar con nosotros. Cada vez que contactamos con alguien y le decimos que tenemos este proyecto la respuesta es sí. Es muy fácil. Para mí está haciendo que mi trabajo sea facilísimo», explica Dale.

En una galería, el visitante sabe que está entrando en un espacio de arte, pero aquí el arte aparece mientras ocurre otra cosa. Una concepción muy relacionada con la transformación que han experimentado otras industrias culturales. Porque la música hace tiempo que dejó de consumirse únicamente en salas de conciertos. La moda se mezcla con el entretenimiento. Los videojuegos son una industria cultural. Y las exposiciones incorporan tecnología, sonido, proyecciones y experiencias inmersivas.

La propia arquitectura de las discotecas permite algo que una galería convencional no puede ofrecer fácilmente: escala. Una obra puede tener decenas de metros. Una fachada puede convertirse en lienzo. Una escultura puede ocupar un jardín entero. Una proyección puede envolver a miles de visitante. Y todo ello ante un público internacional que, en muchos casos, no ha comprado una entrada para un museo en toda su vida.

«Tenemos un flujo de público entre Londres e Ibiza de 193.000 impresiones físicas al año, más que el Louvre. Así que, comparado con cualquier otra institución, con cualquier otra entidad cultural, tenemos más afluencia entre Londres e Ibiza que cualquier museo. Las galerías cada vez tienen menos público, algunas están cerrando, mientras nosotros tenemos una afluencia enorme. ¿Por qué no ibas a querer poner a un artista en una discoteca? Estás abriéndole a nuevos mercados, a nuevas personas, y permitiendo que gente que normalmente no tendría contacto con el arte pueda experimentarlo», argumenta Dale.

La operación tiene otra lectura, y es menos romántica: el público también es un mercado. Llevar a un artista a una discoteca significa poner su obra delante de miles de potenciales compradores. Hacerlo en Ibiza añade otro ingrediente. Una concentración extraordinaria de turistas de alto poder adquisitivo, coleccionistas, empresarios y celebridades que durante el verano convierten la isla en una especie de sala de espera del mercado internacional del lujo. Para un galerista, la discoteca no es necesariamente el lugar donde el arte pierde prestigio. Puede ser exactamente el lugar donde encuentra nuevos compradores.

«Y además de que las generaciones más jóvenes pueden estar descubriendo el arte, tienes a algunas de las personas más influyentes del mundo, que llegan en sus jets privados, y que son grandes coleccionistas de Basquiat o Michael Craig-Martin, y que se encuentran con estas obras en medio de una discoteca. Eso les vuela la cabeza. Para mí eso es lo emocionante», reconoce Dale.

Ibiza lleva décadas construyendo una industria cultural alrededor de la noche. La música electrónica convirtió sus discotecas en lugares de peregrinación internacional. Los DJs se transformaron en estrellas globales. Los clubes se convirtieron en marcas. Y ahora esas mismas marcas quieren incorporar otra capa: el arte.

Pero ojo. El movimiento no significa que Hï, Ushuaïa o UNVRS quieran convertirse en museos. De hecho, su atractivo está precisamente en no serlo. El modelo tradicional está cambiando, explica Dale: «Está cambiando la manera en que consumimos arte, la manera en que compramos arte, la manera en que vivimos la música y la moda, y también la forma en que compramos moda, música o arte».

Quizá por eso la descripción más precisa no sea la de «discotecas convertidas en galerías», sino la de discotecas que quieren funcionar como plataformas culturales. La diferencia no es solo semántica. Una galería espera que el público vaya a buscar el arte. Aquí sucede al revés: el arte se ha instalado en el camino de quienes habían ido a buscar otra cosa.