El brutal récord en el Tourmalet y el "all in" de Pogacar: "Si explotamos, explotamos"
En el habitual saludo post meta se palpaba la frustración. Apenas un tímido apretón de manos entre los dos. Entre las muchas derrotas que ya acumula Jonas Vingegaard ante Tadej Pogacar, como un eterno martirio por esos dos Tours arrebatados en 2022 y 2023, pocas como la del jueves con el Tourmalet como testigo. Una sentencia demasiado prematura, una verdad dolorosamente revelada. «No era el día que quería, obviamente. No estaba tan lejos, pero un descenso así no se adapta a mí. Estoy decepcionado», admitió el perdedor.
La enésima gesta de Pogacar, su séptima victoria en los Pirineos, su 23º en el Tour, la 123 de su carrera, se apoyó en varios pilares, tan sólidos como sus pedaladas. El control de la etapa del UAE, el ataque medido en lo más duro del Tourmalet para despedazar su propio récord de 2023. Completó la ascensión en 43 minutos y 12 segundos, a una velocidad media de 23,61 km/h., 2:20 menos que entonces junto a Vingegaard (Tony Rominger y Zenon Jaskula lo habían dejado en 1993 en 45:37). El descenso vertiginoso y, después, el control de vatios, emociones, alimentación e hidratación en los casi 20 kilómetros de subida tendida hacia el Circo de Gavarnie.
Es el mix de la perfección. Pero también una oda a la valentía. Podría haber aguantado Tadej, sabiéndose el más fuerte, al desgaste de los días. A su habitual zarpazo final. Pero quiso un «all in»: «¿Qué es lo peor que puede pasar? Si explotamos, explotamos». Satisfecho como pocas veces, sin rastro del hastío de hace un año, Pogacar relató en la meta de estreno de Gavarnie-Gèdre cómo fueron las horas previas. Una narración de puro entusiasmo. «Ayer, después de la etapa, había una energía increíble en el autobús. Me fui a dormir, pero me desperté temprano, a las siete de la mañana. No pude dormir porque estaba muy emocionado. Después me relajé un rato en la habitación, fui a desayunar y vi otra vez a los chicos, todos muy animados, tomando buen café. No sé cómo explicarlo, sabía que iba a ser un buen día. Simplemente dijimos: ¡Vamos! Y la carrera fue perfecta».
Tan perfecta que asombra al propio Emmanuel Macron, que acude a ese escaparate patrio que es el Tour y exclama: «¡Increíble!». Tan redonda que deja la carrera tiritando, distancias de tercera semana tan temprano. Tan sin mácula que a Tadej le comparan con Michael Jordan, pero él se ve más en Usain Bolt o «en la mentalidad de Djokovic», deportistas que inspiran su grandeza. Tan impecable como ese descenso del Tourmalet, donde las velocidades superan los picos de 100 km/h, donde a Pogacar le da tiempo a recordar y donde multiplica su distancia.
«Creo que fue similar a la etapa de 2023. Hicimos el mismo descenso Van Aert, Jonas y yo. Jonas incluso animaba a Wout a ir aún más rápido, porque yo tenía la mano rota y no me sentía muy cómodo. Casi me caía, fue una locura. Me vinieron a la mente recuerdos del pasado y pensé: si Jonas llega fresco a la cima y solo tengo 20 segundos de ventaja, seguro que me alcanza. Pero quizás él se excedió un poco en la subida al Tourmalet. Y cuando estás fuera de tu zona, es difícil bajar», razonó.