El castillo, la osadía radical de colarse en el miedo y asco de cada día en un club de carretera
No descartemos que Isabel Peña sea la Eduard Sola de este año. Es probable que Peña termine la temporada tan premiada como Sola hace dos años, cuando con Casa en llamas y Querer recogió unos cuantos trofeos. Isabel Peña es guionista de El ser querido y El castillo, recién estrenada en Movistar Plus. La película la escribe con Rodrigo Sorogoyen; la serie, con Eduardo Villanueva. Ambas son espléndidas. De la primera ya se ha hablado mucho (porque había vida antes de La bola negra); de la segunda debería hablarse. Muchísimo.
El castillo, basada en El proxeneta, de Mabel Lozano, ofrece una mirada arriesgada al mundo de la trata de mujeres. Arriesgada por lo obvia que es, aunque parezca paradójico. ¿Cómo no se le ocurrió a nadie antes escribir una historia así? O escribir esta historia así. Porque tanto Claudia, víctima de la trata, como Suizo, proxeneta, son personajes de una obviedad alarmante. Sabemos que existen. Sabemos dónde están. Pero decidimos mirar a otro sitio. Mirar al frente, por ejemplo, disimulando, si conducimos por determinadas carreteras entre neones de Club, Club, Club.
Palabras como puticlub estuvieron vetadas durante el proceso de producción de El castillo. El tema es demasiado serio como para caer en las trampas de un lenguaje que hemos normalizado demasiado. Tanto, que lo hemos naturalizado, entendiéndose naturalizar como considerar algo natural, normal, habitual, tradicional, bueno. Con la cosa de la trata (de mujeres y niñas, no de blancas) pronto nos ponemos nerviosos y empezamos a hacer chistes de putas y puteros para relajar el ambiente. Peña y Villanueva no hacen eso en ningún momento en su serie. Lo que cuentan es importante, relevante, dramático, trágico, monstruoso.
El castillo se sostiene, además de sobre la pertinencia (odiosa pertinencia) de su temática, en un guion, una dirección y unas interpretaciones sobresalientes. Las decisiones visuales de Elena Martín y Sandra Romero, directoras, son tan osadas como, nuevamente... ¿por qué no se había hecho antes? Son concretamente dos escenas de sexo (es decir: de trata) las que condensan, de manera tremendamente radical, la propuesta de dirección de la serie.
La propuesta interpretativa es igualmente sólida. Valentina Vidal (Claudia) y Raúl Arévalo (Suizo) van también disparados en la carrera de premios. En los seis episodios de El castillo vemos cómo ella se apaga y hunde. En cambio, él da un miedo y un asco bastante indescriptibles. Ella es una actriz desconocida, él un nombre asentado, pero esa distancia no se ve. Los dos componen personajes memorables.
También brillan Omar Ayuso, Laia Marull o la perversamente carismática (vean la serie y entenderán esto) Ángela Boix. Pero, sobre todo, lo que hay en El Castillo es un cuidado extremo en esos pequeños personajes, algunos apenas figurantes, que aportan una capa de verosimilitud que humaniza y endurece la serie. Tras un simple «buenas tardes» de una mujer prostituida hacia su proxeneta hay un personaje completo. Y tras cada cliente de Claudia, una historia.
La de ella, la historia de Claudia, es la más importante de la serie. La tradición audiovisual nos diría que eso le corresponde a Suizo, pero Isabel Peña, Eduardo Villanueva, Elena Martín y Sandra Romero tienen muy claro que es precisamente esa inercia la que deben destruir. Claudia es el personaje al que seguir. Valentina Vidal es también la nueva actriz a la que seguir. Y El castillo, la serie española a batir esta temporada.