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El frente se estanca, las refinerías arden: Putin reconoce que los golpes de Kiev ya provocan escasez de fuel

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El Kremlin tiene goteras y, por primera vez en cuatro años largos de contienda, Vladímir Putin no ha tenido más remedio que mirar al techo y admitir que el agua le llega a los tobillos. En un giro de guión poco habitual en la liturgia del poder ruso, el presidente de Rusia ha reconocido abiertamente que la campaña sistemática de drones ucranianos contra sus refinerías está provocando "cierto desabastecimiento" de combustible. 

"En cuanto a los ataques contra infraestructuras críticas en general, y contra infraestructuras energéticas en particular, por supuesto que estos ataques contra nuestras instalaciones de infraestructura crean problemas", dijo Putin en una entrevista publicada por el Kremlin. "Eso es obvio", zanja. Y matiza, a renglón seguido: "En estos momentos estamos observando cierta escasez, pero no es crítica".

La guerra, esa que Moscú insistía en encapsular lejos de la vida cotidiana del ciudadano de a pie, la que llama aún "operación militar especial" ya se sirve a raciones de 50 litros en las gasolineras de Siberia. No más. Pero que nadie se llame a engaño: el encaje de baches no es una capitulación. Con una mano el presidente ruso asume los daños y con la otra redobla la apuesta. 

Ante los fieles de su partido, Rusia Unida, Putin ha blindado su retórica con el viejo mantra de la inviolabilidad de las fronteras: la campaña en el frente de batalla continuará inalterable, caiga quien caiga y a pesar del goteo de ataques de represalia con el que Kiev intenta asfixiar la maquinaria bélica del invasor. "Sí, vemos los problemas, somos conscientes de ellos y estamos respondiendo a ellos, pero sin duda garantizaremos la seguridad tanto del país como de nuestros ciudadanos, así como la inviolabilidad de las fronteras de Rusia", dijo. 

Según el mandatario, la principal prioridad del Gobierno es ahora mejorar las capacidades del sistema de defensa aérea ruso y garantizar que el suministro de combustible llegara a los consumidores. "Sin duda superaremos todos los desafíos a los que nos enfrentamos hoy, incluidos los ataques terroristas contra nuestro territorio e infraestructuras", añadió.

Sprint de ataques

El reconocimiento de Putin llega tras un fin de semana negro para la infraestructura energética rusa. Los drones de los de Volodímir Zelenski han demostrado una alarmante capacidad de alcance, golpeando la refinería de Slavyansk (en la sureña región de Krasnodar, a unos 300 kilómetros de la línea de fuego) y rozando Yaroslavl, un zarpazo a nada menos que 700 kilómetros de la frontera ucraniana. 

El saldo de esta última oleada va más allá del humo negro: un muerto en el sur y carreteras principales cortadas a las puertas de Moscú."Las agresiones a nuestras instalaciones crean problemas, es obvio", confesó Putin en una entrevista televisada, rebajando el calificativo a "no crítico" mientras el engranaje del Estado corre a tapar los agujeros. 

La península anexionada de Crimea ya ha decretado el estado de emergencia logística debido al descalabro del suministro por tierra y mar, un dolor de cabeza enorme para una región militarizada hasta las cejas.La crisis, sin embargo, viaja a toda velocidad hacia el este. En la lejana provincia siberiana de Irkutsk, el gobernador Igor Kobzev ha impuesto un racionamiento de un máximo de 50 litros diarios por vehículo en las estaciones estatales de Rosneft. 

Mientras los revendedores hacen el agosto y la policía impone multas a contrarreloj en las carreteras heladas, el viceprimer ministro Alexander Novak maniobra en los despachos analizando restricciones drásticas a la exportación de diésel y gasolina. La consigna es meridiana: hay que alimentar la maquinaria patria antes de vender fuera.

La diplomacia paralela en la sombra

La otra mitad del tablero se juega en los pasillos de la geopolítica de alto copete. Mientras el G7 clausura sus citas en Francia apretando las tuercas y Donald Trump exige públicamente que Rusia "llegue a un acuerdo con Ucrania", Putin juega al despiste y saca a relucir su agenda de contactos. El líder del Kremlin ha deslizado que espera de un momento a otro la visita en Moscú de los fontaneros diplomáticos de la Casa Blanca: el enviado especial Steve Witkoff y Jared Kushner, yerno del magnate republicano y negociador para todo.

Para Putin, el deshielo de las conversaciones -paralizadas por la ebullición del conflicto en Oriente Medio en la pista iraní- es solo cuestión de tiempo. "Estamos listos para continuar las negociaciones y discutir todos los detalles", ha zanjado, midiendo los tiempos con tiralíneas. También se ha felicitado de que las tropas rusas prácticamente han tomado la ciudad ucraniana de Limán y se acercan al bastión de Sloviansk, ambos en la región de Donetsk. "Krasni Limán es uno de los mayores patios de maniobra de la antigua Unión Soviética y un centro logístico vital. Solo quedan 149 edificios por liberar de un total de 11.000", declaró al presentador Pável Zarubin.

Sabe perfectamente que el reloj corre en su favor si las costuras logísticas aguantan, mientras que en los campos de batalla la crudeza no cesa: los cielos se han convertido en un enjambre de acero con más de un centenar de drones cruzándose en la noche, dejando un goteo incesante de víctimas civiles tanto en la ucraniana Zaporiyia como en la fronteriza Bélgorod rusa. 

Es la crónica de una guerra larga que no se puede ocultar, ni siquiera cerrando el grifo del surtidor.