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El informe que los defensores del rearme mundial no quieren que leas

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El mundo atraviesa una nueva era de rearme: las tensiones geopolíticas crecientes y el afán de las grandes potencias de modernizar sus arsenales tienen la culpa. No parece una moda, sino una tendencia estable, sostenida en los últimos años y que promete ir a más. Incluso gobiernos progresistas como el español, del PSOE y Sumar, se han visto arrastrados por el tornado. 

No es el único camino, recuerdan los pacifistas. Siempre hay espacio para la diplomacia, la cooperación y la seguridad compartida y, además, una carrera armamentística puede generar el efecto contrario al buscado, esto es, más tensiones y más riesgo de conflicto. Tampoco todo es blanco o negro: está el gris del gasto, sí, pero mejorado, por ejemplo, con compras conjuntas y coordinadas. 

En este debate entre la necesidad de evitar riesgos y el peligro de echar más leña al fuego de la inseguridad, se suele hablar más de geopolítica y de bandos o bloques que de dinero. Pero un reciente informe del Consejo de Relaciones Exteriores (CFR) acaba de poner el dedo en esa llaga, en la económica, y su advertencia es clara desde el título: "Cuidado con los costes del auge del rearme mundial", escribe su investigadora Rebecca Patterson.

Básicamente, lanza dos avisos. El primero es que muchos países están financiando el incremento del gasto en Defensa mediante deuda, en un contexto en el que la deuda pública mundial ya es muy alta, y esto puede agravar los déficits, aumentar los costes de financiación y generar desconfianza en los mercados, con riesgo de crisis financieras. El segundo, que aunque el gasto militar puede tener cierto impacto positivo en la economía (especialmente en la industria del ramo), no está claro que impulse suficientemente el crecimiento como para compensar su coste ni garantizar la sostenibilidad fiscal. 

Es lo que los defensores del rearme no les hace mucha gracia que se publique, las complicaciones de financiar simultáneamente un fuerte aumento en el gasto militar (resumido en "cañones") y programas nacionales de apoyo social (digamos "mantequilla").

El contexto

El rearme no es un fenómeno por venir, por más que haya inversiones previstas, como las europeas, que aún estén en fase de aprobación. Es real y tangible. El gasto militar global lleva 11 años consecutivos al alza, superando en 2025 el 2,5% del PIB mundial, en el nivel más alto desde 2009, según datos del Instituto Internacional de Investigación para la Paz de Estocolmo (SIPRI), de referencia en la materia. 

En la OTAN, 31 de sus 32 miembros (todos menos España) han acordado ya elevar el gasto en defensa al 5% de su PIB para el año 2035 y en Estados Unidos, la Casa Blanca ha propuesto un presupuesto histórico de defensa de 1,5 billones de dólares para el año fiscal 2027, lo que supone un aumento del 40% respecto a presupuestos anteriores. 

Por bloques, Europa incrementó su gasto militar un 14% interanual el pasado año, mientras que el de Asia creció un 8,1%, con casos tan representativos como el de Japón, que alcanzó su meta del 2% del PIB en 2025, dos años antes de lo previsto.

A favor... pero con riesgos

Patterson constata que la ciudadanía occidental apoya un mayor gasto en defensa debido a las tensiones geopolíticas actuales, como los conflictos en Europa (Ucrania) y Oriente Medio (Irán). Aporta encuestas recientes en países como Reino Unido y Francia reflejan, eso sí, que los votantes se oponen tanto a pagar más impuestos como a sufrir recortes en los servicios públicos. Por ejemplo, el 49 % de los encuestados británicos está a favor de aumentar el gasto en defensa, pero el 57 % se opone a subir los impuestos para pagarlo y el 53 % se opone a recortar otros gastos públicos para sufragarlo. En el caso galo, el 66 % se mostró a favor de financiar el presupuesto de defensa mediante mayores déficits, no con más tasas. 

Lo queremos todo, es verdad, pero es que además hay que entender el contexto. "Parte de este sesgo en los hogares se debe al aumento vertiginoso de los precios tras la pandemia, que ha incrementado la ansiedad por el costo de vida. Muchos votantes parecen esperar que los gobiernos ayuden a paliar esa brecha de asequibilidad; de hecho, las elecciones recientes, sobre todo en Francia, han castigado a los políticos que propusieron cualquier tipo de austeridad fiscal", expone el análisis del CFR, un tanque de pensamiento con sedes en Washington y Nueva York.

Un estudio del Fondo Monetario Internacional (FMI) del pasado abril revela que dos tercios de los recientes aumentos de defensa se han financiado con déficit, precisamente. En promedio, estos auges armamentísticos elevan el déficit fiscal en 2,6 puntos porcentuales y la ratio deuda/PIB en siete puntos tres años después. Vale, el endeudamiento no lo es todo, se puede compensar con crecimiento económico, quizá. Pero lo que advierte este estudio es que no necesariamente el rearme dará un "potencial impulso al crecimiento económico que podría generar un mayor gasto público". 

Cita el caso de EEUU: "la propuesta de presupuesto de defensa de la Casa Blanca, de 1,5 billones de dólares, es un 50 % superior a lo que se prevé gastar este año en infraestructura de inteligencia artificial, la cual se cita con frecuencia como un pilar fundamental para la economía en general". Sigue descompensado. El FMI recomienda "cautela" al lanzar las campanas al vuelo ante el impacto positivo de ese gasto, hay que analizar la proporción de dicho gasto destinada a bienes nacionales frente a importados, la proporción destinada a personal e investigación y desarrollo o la cohesión del mercado laboral en el momento de la inversión. 

"No está nada claro que el rearme pueda ser un factor determinante para que un país alcance una senda fiscal sostenible, del mismo modo que se desconoce en qué medida y cuándo la IA impulsará las economías de los distintos países mediante una mayor productividad", afirma la también inversionista de fama mundial e investigadora macroeconómica con más de 25 años de experiencia en EEUU, Europa y Asia.

El contexto no es favorable. La inflación en las economías avanzadas sigue estando por encima de los objetivos de los bancos centrales, agravada recientemente por las tensiones derivadas de la guerra en Oriente Medio y los problemas en las cadenas de suministro, en zonas cruciales como el estrecho de Ormuz. Eso ha obligado a bancos centrales a subir las tasas de interés, en lugar de bajarlas como preveían los inversores. "Esto contrasta notablemente con los recortes de tipos que los inversores esperaban este año antes del inicio de la guerra", reconoce la norteamericana.

En el caso europeo, los Veintisiete tienen aún mucho por hablar. Coinciden en la necesidad de aumentar el gasto. El qué. Falta el cómo. Se ha puesto en marcha un plan de rearme que moviliza 800.000 millones de euros pero aún hay que definir con precisión las carencias militares que se tienen a nivel global y concretar en qué áreas deberían centrarse las inversiones, espinoso cuando la Defensa siempre ha sido exclusiva competencia nacional. Y no es lo mismo lo que hace falta en el Báltico, a las puertas de la Federación, que en Bélgica o el sur de Europa. Los expertos avisan de que hay que hacer apuestas con cabezas, que permitan ahorrar dinero y duplicidades y tengan en mente las luces rojas más acuciantes, como las que emite Rusia. 

Peligro, peligro

El Centro Delàs de Estudios por la Paz, con sede en Barcelona, publicó el año pasado sus 14 argumentos y alternativas al belicismo y al rearmamento y en ellos explica que hay dos maneras fundamentales de pagar este rearme desatado: que el Banco Europeo (en nuestro caso cercano, cuando se han comprometido ya esos 800.000 millones) "emita bonos y que con esos fondos se financie esta inversión" o que "cada Estado sufrague su propio gasto". Esa última opción, a su vez, tiene dos variables: edmitir deuda pública (bonos), "sabiendo que las deudas generan intereses cada año y que en algún momento habrá que pagarla", o "ajustar su presupuesto anual, es decir, reducir el gasto en otros ministerios e incrementar el gasto en defensa".

Rebecca Patterson se centra sobre todo en los bonos y su proyección tampoco es especialmente positiva. Explica que se prevé un aumento en las tasas de interés oficiales, junto con una mayor emisión de bonos gubernamentales para financiar más gasto público, pero "los inversores se preguntan si habrá suficiente demanda para absorber este incremento en la oferta de bonos, especialmente por parte de los bancos centrales extranjeros, que podrían no tener la misma confianza en el mercado de bonos del Tesoro estadounidense que históricamente, por razones fiscales, políticas o geopolíticas". Hay que recordar, afina, que los bancos centrales extranjeros poseen alrededor del 30% de la deuda pública estadounidense en circulación. Por poner de muestra el botón de la mayor potencia armamentística del planeta. 

Esa combinación de factores ha provocado un aumento en la rentabilidad de los bonos gubernamentales con diferentes vencimientos, con la rentabilidad de los bonos del Tesoro estadounidense a 30 años superando el 5% y la de los bonos gubernamentales japoneses a largo plazo alcanzando niveles récord en mayo, según datos de la agencia Bloomberg. 

El aumento de los costos de endeudamiento genera, afirma, "limitaciones tanto para el sector público como para el privado". Para los Gobiernos, las tasas de interés más altas incrementan el costo del servicio de la deuda, lo que reduce el capital disponible para otras prioridades gubernamentales (las sociales, siempre en mente) y disminuye el margen fiscal para responder a las crisis. Para el sector privado, las tasas de interés más altas de la deuda pública se traducen en mayores costos de endeudamiento para firmas y hogares, "incluyendo, de manera importante, las hipotecas y los préstamos para automóviles". En igualdad de condiciones, "estos costos lastran el crecimiento económico", afirma. 

Hay otro riesgo, menos probable, pero "aún mayor", si llega a darse: que los inversores acaben considerando que el deseo del Ejecutivo de comprar más armas y, al mismo tiempo, aumentar el gasto público en un contexto de inflación y situación fiscal actual, "es ir demasiado lejos, provocando un aumento desestabilizador de los rendimientos de los bonos que se extienda a otros mercados financieros y que tenga un impacto más inmediato y pronunciado en la economía real". 

Una pérdida de confianza podría desestabilizar los mercados globales de bonos y golpear de forma abrupta a la economía real. Y quienes tienen más que perder son los que menos tienen, cuando ya hace años, desde el inicio de la invasión rusa de Ucrania en 2022, que se da por acabado el llamado "dividendo de la paz", el margen para dedicar dinero a salud, educación o vivienda en tiempos de paz. 

La primera que avisó de que ese colchón se estaba acabando fue la directora gerente del FMI, Kristalina Georgieva, en 2024, la misma que el pasado abril avisaba de que es comprensible que los responsables políticos quieran garantizar la seguridad de sus electores en un mundo incierto y, a la vez, ayudar a las familias a afrontar los actuales desafíos económicos, pero que "estos deseos y las propuestas políticas relacionadas deben sopesarse frente a las reacciones de los bancos centrales y los mercados financieros", como dice Patterson. 

Esa combinación de políticas, avisó la economista búlgara,  podría tener consecuencias nefastas en el actual contexto fiscal. La comparó con tener un pie en el acelerador y otro en el freno: "No es una buena manera de conducir". Queda dicho.