Elecciones en Israel: por qué los partidos árabes se han convertido en la fuerza decisiva del próximo Gobierno
Una participación sin precedentes entre la población árabe-israelí ha catapultado a sus representantes a un resultado histórico en las elecciones de ayer, cuyo recuento está aún por culminar. Con un parlamento (Knesset) profundamente dividido, las formaciones árabes se perfilan como los "creadores de reyes" en la formación del próximo Gobierno. Son las representantes del 21% de la población, unos vecinos tratados en muchas ocasiones como ciudadanos de segunda, que se han visto enormemente afectados por la presión interna, tras los ataques de Hamás del 7 de octubre de 2023.
Las encuestas a pie de urna y los primeros recuentos han dibujado un escenario político en Israel donde ni el bloque del actual primer ministro, Benjamín Netanyahu, ni la coalición opositora liderada por el exgeneral Gadi Eisenkot, logran alcanzar los 61 escaños necesarios para la mayoría absoluta, en un hemiciclo de 120 asientos.
En este estancamiento, los partidos árabes -la Lista Conjunta y la facción islamista Ra'am, que han concurrido por separado a este 27-O- han emergido con una fuerza inédita. Las proyecciones les otorgan entre 17 y 19 escaños en conjunto, un récord que los transforma en una bisagra imprescindible. Los datos de escrutinio, ya fiables, hablan de 12 para los primeros y cuatro para los segundos.
"Una explosión de participación"
El factor clave detrás de este ascenso ha sido una movilización electoral masiva en las comunidades palestinas con ciudadanía israelí. Tradicionalmente marcados por altos niveles de abstención, estos comicios han visto un giro formidable. Según estimaciones locales, la participación de los votantes árabes rondó el 80 %, cifras que rompen los récords históricos de 1999. En localidades como Umm al Fahm, la asistencia a las urnas pasó del 38,3 % en 2022 a casi un 76 % en estas elecciones. En Nazaret, saltó del 48 % al 72 %.
Eso hizo que hasta Netanyahu, con un tono abiertamente racista y lanzando sospechas sobre lo que son casi un cuarto de sus propios ciudadanos, mandase mensajes alarmantes por todas las vías posibles llamando a evitar la supuesta avalancha árabe.
Los líderes de estos partidos describen la elección como un "momento existencial". Para muchos votantes que antes boicoteaban el proceso por sentir que su voz no cambiaría la discriminación sistémica, la urgencia de influir en el panorama político frente a la coalición de extrema derecha de Netanyahu sirvió como un poderoso catalizador.
¿Qué buscan los partidos árabes?
La representación árabe en Israel no es un bloque monolítico, sino que está dividida principalmente en dos grandes fuerzas con estrategias distintas.
Por un lado está la llamada Lista Conjunta. Liderada actualmente por figuras como Yusef Yabarín, engloba a partidos de izquierda y nacionalistas (Jadash, Taal y Balad). Su mensaje ha sido frontal, exigiendo el fin de lo que denominan un "gobierno de derramamiento de sangre", el fin de la guerra en Gaza, igualdad presupuestaria y protección de los derechos laborales. Tras conocerse los resultados, Yabarín declaró que la ciudadanía ha dejado claro que se han convertido en una fuerza "que no puede ser ignorada".
Y por otro, tenemos a Ra'am (Lista Árabe Unida). Dirigida por Mansur Abbas, es una formación islamista más pragmática que, de hecho, ya hizo historia al unirse a la coalición de gobierno en 2021. Abbas busca resultados tangibles en infraestructura, seguridad y lucha contra el crimen en las comunidades árabes. Aunque ha dialogado con diferentes frentes políticos, el líder ha advertido que, con los números actuales, formar gobierno será un rompecabezas.
El dilema de los grandes bloques
El éxito de la Lista Conjunta y Ra'am plantea un inmenso desafío para el liderazgo israelí tradicional. Durante la campaña, el bloque opositor de Eisenkot prometió no formar coaliciones apoyándose en los partidos árabes, en un intento por no perder al votante de centro-derecha. No obstante, esta noche no habló abiertamente de incorporarlos a una futura mayoría, pero tampoco rechazó esa posibilidad.
Por su parte, Netanyahu recurrió a la retórica de advertencia, alertando a sus seguidores en el último momento sobre las "largas colas" en los centros de votación árabes, una táctica que los políticos de oposición denunciaron como incendiaria. Esta misma madrugada ha dicho: "Sin los partidos árabes y antisionistas".
Sin embargo, la matemática parlamentaria es implacable. Como señala Alon Pinkas, exembajador israelí, en declaraciones a Al Jazeera, existe "un precio que pagar" en esta nueva realidad demográfica y política. Los partidos mayoritarios ya no pueden mantener a los representantes árabes al margen de la toma de decisiones y solo buscar su apoyo tácito cuando necesitan votos.
El líder de la formación de izquierdas Los Demócratas, Yair Golán, ha pedido esta mañana al resto de partidos que forman el bloque opositor que unan sus fuerzas con los árabes también para desbancar a Netanyahu y sus aliados. "La realidad debe enseñarnos una lección contundente: no tenemos futuro aquí si no dejamos de tener miedo. Y si no acabamos con el racismo. No debemos seguir aceptando la división racista que hace Netanyahu entre votos judíos y votos árabes", escribe el socialdemócata.
Golán reivindicó como ejemplo que el voto de un ciudadano de la ciudad árabe de Tira (en el centro del país) vale lo mismo que el de un residente de Givat Shmuel (de población judía israelí). "Quien intente silenciar las voces de los ciudadanos árabes se rinde a Netanyahu y renuncia a Israel", continúa en su comunicado.
Cualquier intento de la oposición para desbancar a Netanyahu requerirá ahora, como mínimo, la cooperación activa o el respaldo externo de estos 17 a 19 diputados. Esto significa que las demandas de la población árabe-israelí tendrán que ser escuchadas, a priori, en la mesa de negociaciones más importante del país.
Lo que queda, sino no, es un Gobierno de unidad Bibi-Eisenkot, que es lo que que dice la prensa de EEUU que está promoviendo su presidente, Donald Trump, o el bloqueo total y unas nuevas elecciones en unos seis meses.