Entrevista a Alicia Armesto, la periodista española detenida en Libia durante un mes por participar en la flotilla: "En Israel me cobré lo mío, pero los golpes pueden disociarse; en Libia, estaba aterrorizada"
La periodista española Alicia Armesto aterrizó en Madrid el pasado miércoles, 24 de junio, después de haber permanecido un mes detenida y encarcelada en Libia por los comandos militares de Jalifa Haftar, a quien organizaciones de derechos humanos como Amnistía Internacional han señalado en diversas ocasiones por crímenes de guerra. Armesto, que solo unos unos meses antes había sido detenida de manera ilegal por Israel en aguas internacionales cuando viajaba a bordo de la Global Sumud Flotilla, se enroló en el convoy terrestre que pretendía llevar ayuda humanitaria a Gaza.
Aunque no hacía mucho que había sido deportada de Israel, donde sufrió maltratos y vejaciones, Armesto habló con el Sindicato de Periodistas de Madrid (SPM), del que es secretaria técnica, y les dijo que, si la apoyaban, trataría de llegar a Palestina. "Por mucho que haya acuerdo de paz, todos sabemos que es mentira", dice Alicia, que denuncia que Israel siga impidiendo a periodistas internacionales documentar lo que sucede en Gaza. "La mejor forma de denunciar era esta", asegura, entonces con la certeza de que "de verdad en esta ocasión todo sería más corto, mucho más corto". No fue así. Alicia y otros diez compañeros del convoy terrestre fueron detenidos por las fuezas militares de Haftar el pasado 24 de mayo, enviados a un centro de detención que los propios libios definieron como "black hole, un lugar donde no existen los derechos humanos". Su liberación no llegaría hasta el pasado miércoles, 24 de junio, un mes después.
En realidad, nos secuestraron. Nosotras íbamos a negociar. Antes de eso ya habíamos ido dos veces al checkpoint. La primera vez estaba allí la Cruz Roja y hablamos con ellos para dejarles la ayuda humanitaria. En la segunda ocasión, la Cruz Roja ya no estaba y el coronel nos dijo que nos fuéramos, que no volviéramos. Cuando intentamos ir una tercera vez como equipo negociador, nos encontramos con 50 coches militares y nos quitaron los pasaportes. Antes, dos médicos y un traductor solían hablar con los militares, pero ese día no lo permitieron. Nos subieron a los coches y nos llevaron a un centro de detención de migrantes. En ese momento, pensábamos que nos iban a deportar. Nos sorprendió que nos sacaran sangre y no sabíamos muy bien por qué...
No, seguimos sin saber por qué lo hicieron. En el centro de detención estuvimos día y medio, hasta que nos dijeron que nos mandarían de vuelta a casa, cada uno a su país. Nos llevaron a un aeropuerto y allí un militar se disculpa y nos dice que iremos a Trípoli, pero nos suben al avión y el comandante dice que no, que iremos a Bengasi. Pensamos que quizás allí estaba el aeropuerto desde el que nos enviarían de vuelta...
No, cuando llegamos a Bengazi, ya de noche, nos meten en unos coches que circulan sin luces, totalmente a oscuras, y nos meten en un sitio. Al llegar, nos dicen que se trata de un "black hole", un lugar en el que no existen los derechos humanos. Nos meten a cada uno en celdas de 1,5 x 1,5 metros, a oscuras, unos habitáculos desde donde escuchábamos cómo estaban torturando a otras personas. Yo en ese momento no podía saber si se trataba de mis compañeros o no, y de si sería la siguiente. Al cabo de dos o tres días nos llevan a otro módulo, que parecía el lugar donde se trataba mejor a la gente, con muchas comillas... Seguían oyéndose gritos y a veces podían verse regueros de sangre cuando trasladaban a algunas personas de un sitio a otro. A nosotros, al menos, nos dejaron, nunca nos tocaron.
Muy mal. Cuando estábamos en las celdas individuales, hasta que ya nos llevaron al otro módulo, donde estábamos tres mujeres por celda y los chicos todos juntos, nos pusimos en huelga de hambre. La mantuvimos después porque nadie nos decía nada. No podíamos ni siquiera hablar con nuestras familias. Yo estaba con 32 de glucosa, mi compañera argentina llegó a convulsionar... Estuvimos así varios días, hasta que siete u ocho días después aparecieron el cónsul americano y el italiano.
El español apareció al día siguiente, después de que el americano y el italiano les contaron dónde estábamos. Manuel, el cónsul español, se echó a llorar cuando me vio. Llevábamos desaparecidos varios días y me dijo que no sabían si estábamos muertos. Desde ese día, tanto Manuel como Marc, su segundo, se quedaron en Bengasi. No se irían de ahí hasta que estuviéramos libres. Puedo decir que soy la persona que más veces ha visto a su representación consular.
Los dos fueron increíbles. De hecho, eran los que nos transmitían algo de esperanza. Nos decían que no sabían cuándo, pero que nos liberarían, y que tratarían de lograrlo en el menor tiempo posible.
Nos acusaban de inmigración ilegal y de reunión en un lugar prohibido. Al principio nos hicieron declarar ante militares, que nos pusieron unos papeles a firmar en árabe. Yo puse en español "no entiendo" y firmé. Después, todos hicieron lo mismo. Al tiempo, nos llevaron ante un fiscal y declaramos sin la presencia de abogado.
Está clarísimo. Israel presiona mucho a Egipto y Libia hace frontera con Egipto, no se puede poner a malas con ellos. Además, Jalifa Haftar [el mariscal que comanda el Ejército Nacional Libio] es un protegido de Benjamin Netanyahu.
En Israel, según llegamos al puerto ya nos esperaban los abogados de Adalah, y eso al menos ya te da algo más de seguridad. En Israel yo me cobré lo mío, pero los golpes son más fáciles de disociar, pensando que estás grabándolos detrás de una cámara, por ejemplo, pero ¿cómo se disocia el miedo? En Libia tenía que hacer muchos esfuerzos para pasar un día y llegar al siguiente. Estábamos aterrorizados. Cuando fuimos en la flotilla marítima sabíamos lo que podía pasar, pero aquí no. No estábamos preparados para algo así. Es como cuando a la gente de la flotilla la golpearon en el aeropuerto de Bilbao. Les costó más asimilar eso que lo que hizo Israel, porque mentalmente no estás preparado para algo así. Esto, lo de Libia, ha sido terrorífico. No sabía cuándo volvería a ver a mis hijos. Además, cada vez que desde la flotilla ponían algo sobre nuestro caso en redes sociales, los militares venían a las celdas y nos decían que si eso no se borraba pasaríamos a celdas de castigo. No sabes el miedo que se pasa, hasta el punto de que pensábamos que, por favor, se borraran las cosas, que no se hiciera nada, no exagero. Llegó un momento en que los cónsules, además, cuando nos prorrogan el secuestro 30 días más, nos dicen que ya solo queda el camino de la vía diplomática, que no había otra solución.
Esto a los militares les cabreaba mucho. A los doce o trece días ya dejaban las celdas abiertas y podíamos vernos los diez juntos tanto en el espacio entre celdas como los ratos que podíamos acceder a un pequeño patio. Fue muy duro, pero cuando uno no podía más, tenía a los otros nueve para sostenerse. Es verdad que éramos personas muy distintas, pero todos estábamos ahí por la misma causa, y nos convertimos en el principal apoyo. Si un día estabas que no podías levantarte, siempre venía alguno de los compañeros a conseguir que lo hicieras.
Dos días antes de la liberación, a la compañera polaca, que estuvo muy deprimida y con mucho miedo porque además se había convertido al islam, tuvo que ser operada de apendicitis. Yo creo que les debió entrar miedo a que alguno de nosotros se muriera. El cónsul nos dijo que las cosas se estaban acelerando y a los dos días unos carceleros aparecieron y se llevaron a algunos. Dijeron que saldrían libres. Nosotros nos quedamos acojonados, porque no sabíamos si realmente los liberarían o no, pero por la noche nos enseñaron fotos suyas llegando al aeropuerto. Nos dijeron que estuviéramos preparados, que por la mañana nos iríamos los que quedábamos. No nos lo acabábamos de creer, pero por la mañana nos llevaron al aeropuerto y allí estaba Marc, el segundo del cónsul. Me abrazó y me dijo: "Ya eres libre".
Nos pusimos como locos. Con la primera comida que nos dieron se nos saltaban las lágrimas, estábamos como hiperactivos. Cuando llegué a Madrid aún estaba en shock, de hecho, no recuerdo a muchas de las personas que vinieron a recibirme.
Tengo una sensación de normalidad extraña. De repente y sin motivo me enfado, me entran ganas de llorar, rabia... Pero no sé ni decir por qué me pasa. Psicológicamente estoy pagando un precio muy alto. Además, todavía estoy un poco enfadada porque creo que en este convoy no fuimos bien preparados. En ningún momento teníamos previsto el escenario de una detención así. Pensábamos de verdad que esta vez, y no como en la flotilla marítima, todo sería más corto, mucho más corto. Nunca se planteó la posibilidad de la detención. Honestamente, nunca se barajó, en ningún momento.
Durante todos estos días detenida en Libia, no paraba de recordar algo que me había dicho uno de mis hijos, que les encantaba mi solidaridad pero que también debía tenerla con ellos. Se les va pasando, pero están enfadados. Al final, en ocho meses su madre ha tenido que salir de la cárcel hasta en dos ocasiones. Ahora voy a dedicarme a quienes tengo más cerca. Los últimos niveles de violencia han sido tan brutales, además, tanto con el convoy como con la flotilla, que quizás tenemos que cambiar la fórmula. No sé si sigue teniendo sentido seguir dándonos contra esa pared, seguir poniendo la vida de las personas en riesgo, aunque tampoco sé si hay otra forma de hacerlo.