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Gertrude Stein, la mujer que acumulaba genios en el tresillo

· Culture

A Gerturde Stein le vino bien nacer en una rica familia judía norteamericana, de origen austriaco, para concretar la biografía que desde los 15 años decidió que sería la suya: existir rodeada de estímulos intelectuales, de genios a los que pasar la mano por el lomo y convocar alrededor de su tresillo lo mejor de la cultura mundana de aquel París de 1910 (el de la irrupción del cometa Haley en la órbita de la tierra, fotografiado por primera vez), el de 1920, el de 1930, hasta que la II Guerra Mundial terminó con su fiesta. Gertrude Stein se instaló en 1903, poco antes de cumplir los 30, en una casa de dos plantas y jardín en la rue de Fleurus 27, junto a los Jardines de Luxemburgo. Venía de Londres, pero nació en el condado de Allegheny (Pensilvalnia) en 1874. Tuvo cuatro hermanos. A los 14 años ya era huérfana de padres. Estudió en EEUU. Tuvo varias amantes en los campus universitarios. A Europa entró por Inglaterra y no volvió a salir del continente.

Aquella muchacha de fortuna, con una base fuerte donde asentar la autoestima, coexistió en un París efervescente y entusiasta con una turba de artistas y escritores de vocación hambrienta que intentaba hacerse el sitio en una ciudad atestada de creadores. Alrededor del pabellón que levantó en el jardín de su casa reunió con esmero un cartel de genios arrebatados en el que no faltaba nadie: desde los tarambanas de la Generación Perdida, Hemingway y Scott Fitzgerald, a los experimentales como Joyce y los poetas Guillaume Apollinaire y Ezra Pound (que en una de las cenas se comió todos los tulipanes rojos que decoraban la mesa para hacerse notar), pasando por surrealistas tipo Man Ray, cubistas como Braque, para rematar el último piso de la tarta con los dos bisontes de aquellos encuentros alrededor de la estufa de la Stein: Picasso y Matisse. En público mostraban una cortesía mutua y en privado el hondo recelo que incuba la competición.

La extravagancia de Gertrude Stein no se alimentaba de la proteína frívola de otras millonarias que alcanzaban el éxtasis encargando Rolls Royce a medida, a la manera de Barbara Hutton. Ella, robusta de personalidad, irradiaba un cosmopolitismo de muchas lecturas adobado con las conversaciones acumuladas entre las paredes del pabellón del jardín, donde recibía los sábados. Allí, junto a su pareja Alice B. Toklas y su hermano Leo, fue acumulando manuscritos propios y ajenos, pintura, escultura, fotografía... Y cajas de vino y champán para saciar a los sedientos artistas que se atropellaban si en algún momento se le volaba el sombrero a la anfitriona y había que lanzarse de cabeza al suelo para rescatarlo. De alguna manera cambió la suerte de aquellos pintores y escultores buscavidas. Fue de las primeras coleccionistas de Cézanne, Picasso, Matisse, Picabia, Juan Gris. Y manejaba un humor desentendido de las convenciones del humor. En sus memorias escribió: "Una de las cosas que más me han gustado en estos años es estar rodeada de gentes que no saben inglés. Esto me ha dejado más a solas con mi vista y con mi inglés". Y cuando alguien le alabó algo de las rosas cultivadas en el jardín respondió: "Una rosa es una rosa es una rosa es una rosa". Este verso de orden dadaísta se lo celebraron mucho.

El éxito social de Gertrude Stein se debe a que permite sentirse plenamente artistas a los artistas que estaban hambreando por París. Alimentaba con su narcisismo de mecenas generosa el ego enflaquecido de los otros. Todos la retrataron con afán de ganarse su favor, pero sólo Picasso la sometió a la tortura de posar unas 90 veces para hacerle su retrato, el único, el universal.

Era 1906. Entonces el pintor vivía en un galpón del Beateau Lavoir con olor a lejía, donde pintó un año después la tela con la que partió en dos la pintura del arranque del siglo XX, Las señoritas de Avignon. Con incontenible ansiedad, Stein pidió en distintas ocasiones ver el proceso de aquel retrato. Picasso se lo negó hasta que estuvo rematado. Y ese día el estupor de esta mujer cultísima y difícil de asombrar rebotó contra las paredes de la casa/taller del malaguelo: "Monsieur Picasso, no me parezco en nada". La respuesta es formidable: "Madame Stein, ya se parecerá". Y acabó pareciéndose. El cuadro cuelga en una sala del Metropolitan de Nueva York. Lo dejó ella en su testamento para el gran museo de Manhattan abriendo así otra puerta de oro a Picasso.

Aquel ideal de vida que Gertrude Stein se marcó en la adolescencia se fue cumpliendo. Ser absolutamente millonaria le permitió ejercer una osadía de pionera sin miedo a descalabrarse. Compró obras de todos aquellos pintores que en los años locos y felices en que París parecía una fiesta no quería casi nadie. Acertó de lleno. Dos de los grandes cuadros de aquella época colgaron de la pared de su casa: Las señoritas de Avignon, con el que Picasso partió en dos las aguas de la pintura del siglo XX, y Joie de vivre, una pieza fenomenal y festiva de Matisse. De echo, el del malagueño sustituyó al del francés después de una envolvente de Picasso para que su pieza tuviese lugar de preferencia en la casa de la calle Fleurus 27.

Gertrude Stein, que terminó contagiándose del afán experimental de algunos de sus invitados, publicó unas memorias muy bien surtidas de aventura y chisme centradas en esos años circulares y radiantes de cuando los artistas de Montparnasse le hacían en casa de gato de angora: Autobiografía de Alice B. Toklas, tomando de protagonista de su propia memoria a su amante.

En 1935 viajó a EEUU durante un año después de 30 de ausencia. Regresó a Francia, pero ya nada era igual. Poco después estalló la Segunda Guerra Mundial y marchó a vivir al campo con Alice. Lo que ocurrió después sólo es muerte y destrucción. De aquellos tiempos de champán y risas sólo quedaban los reflejos en un ojo dorado.