Histórico triunfo de Benjamín Noval en la prueba en ruta del Mundial de Montreal
La notoriedad adquirida y la expectación despertada por Benjamín Noval convertían el Mundial en línea de categoría júnior en un acontecimiento a seguir. Y en uno de esos días para la gran historia del ciclismo español, Benjamín Noval Suárez se ciñó al cuerpo el arcoíris como quien se ciñe a la cabeza una corona. En un doblete que resuena como un aldabonazo en nuestro ciclismo y repercute como un eco en el internacional, el título se une al conseguido en la carrera contrarreloj.
En un circuito desgastante al que había que dar 10 vueltas hasta completar 134 kms., Noval dominó física y tácticamente la carrera. Rompió el pelotón a falta de 45 kms. para la llegada y arrastró a un puñado de futuras víctimas. Por delante navegaban el noruego Orholm-Lonseth, el francés Gayant y el belga Willems. Tras ellos un pelotoncito tenaz.
La historia de la carrera la protagonizó Noval atacando y, cada vez que lo hacía, dejaba un reguero de cadáveres. Los últimos, y a falta de 30 kms., el trío delantero. El empellón final llegó a falta de 27 kms. Dijo entonces basta. Demarró a lo Pogacar. Sí, con todos los respetos y salvando las distancias, como Pogacar. O como Evenepoel, si se prefiere (el belga hizo el mismo doblete en 2018). Y ahí se acabó la carrera.
El asturiano volvió a hacer su contrarreloj particular. Y, en solitario, como los más grandes, manteniendo las diferencias, cruzó la línea de llegada culminando una exhibición esplendorosa, de ese tipo de calibres que anuncian el advenimiento de un campeón con todas las letras, cada una de ellas en mayúscula.
Su victoria posee el aire de un desquite. Hace un año, en Kigali, se cayó cuando faltaban unos tres kilómetros para la meta. Perseguía, junto al francés Johan Blanc, al británico Harry Hudson, campeón a la postre. Les separaban 10 segundos. Benjamín había ido a más durante la carrera hasta parecer el más fuerte. En un momento dado, miró hacia atrás, tropezó con las vallas y se fue al suelo.
El ciclismo le debía una revancha, una reparación en una carrera gemela, del mismo fuste. La compensación ha sido absoluta, redonda, completa, a un nivel inmejorable. El ciclismo, no sólo el español, se quita el sombrero e inclina la cabeza ante un príncipe con aire de rey. Cuando alguien gana así, no hay segundo ni tercero.