Howard Hughes: aviones, fobias y locuras del hombre de los mil millones
A los 25 años, Howard Hughes anunció a uno de sus asistentes el propósito del que haría un oficio de vida: "Voy a ser el aviador más completo del mundo, el mayor productor de cine y el hombre más rico de la Tierra". Logró cumplir las tres profecías unos años después. Nació en 1925 en un pueblo de Texas, hijo de un industrial que patentó la broca tricono para perforar pozos de petróleo en terrenos antes imposibles, y de una inglesa, Alene Gano Hughes, de modales victorianos que padecía misofobia (miedo intenso, irracional y patológico a la suciedad, los gérmenes, las bacterias y la contaminación). Al niño Hughes lo crio bajo el palio de sus paranoias: comprobaba diariamente el estado de sus deposiciones, lo obligaba a ducharse con jabón de lejía, a la noche repasaba cada centímetro del cuerpo... Así espigó este hijo único asistido desde el nacimiento por una melé de médicos de todas las especialidades que a los 18 años ya era un huérfano de oro.
Hughes aprendió a manejar los negocios del padre, abandonó la universidad y se estableció en Los Ángeles, donde uno de sus tíos, Rupert, ejercía de guionista, director y productor. Pocas semanas después de llegar a la tierra prometida entendió que también podía aplicar en Hollywood su ambición. Llegó casado (con Ella Rice) y en unos meses ya estaba divorciado por insoportable. Capaz de mover los negocios del petróleo y de asumir los del cine sin despeinarse, se convirtió en un millonario a la moda y ejerció de playboy capaz de presentarse en los guateques como si él mismo fuese un horizonte siempre inalcanzable. Por entonces contaba ya con la astucia contable de Noah Dietrich, su mejor podenco. A él le confió algunas ideas de su manual de instrucciones: "Puedo comprar a todos los hombres del mundo". Y esta otra: "Cualquier persona tiene precio". Los dos juntos sumaban una montaña de falta de escrúpulos.
Pero lo que en verdad fascinaba a Howard Hughes era volar. Fundó en 1932 su primera compañía aérea, Hughes Aircraft. Marcó el récord de velocidad en vuelo entre Burbank (Los Ángeles) y Newark (Nueva Jersey). Empeñó siete horas, 28 minutos y 25 segundos. Era 1937 y lo logró pilotando un modelo propio, el Hughes H-1 Racer. Destinó millones de dólares a mejorar aviones hasta cumplir con otra aventura sideral: completar un vuelo alrededor del mundo en tres días, nueve horas y 17 minutos, batiendo la marca anterior en cuatro días. Este era Hughes, incapaz de aceptar un límite.
Vivía para pilotar y hacer negocios tremendos. El cielo era el único espacio que nadie había conquistado y lo convirtió en su cuarto de jugar. Tuvo varios accidentes que lo dejaron con el otro pie fuera del mundo, pero logró reponerse cada vez. Diseñó sus propias camas de hospital. Fue el primer hombre de EEUU en acumular 1.000 millones de dólares. En la década de los años 30 adquirió también la Trans World Airlines (TWA) y la convirtió en la segunda compañía aérea más importante del país, por detrás de Pan Am. Su vida iba cada vez enrareciéndose más. Prosperaba a la misma velocidad que abría agujeros negros a su paso. La tiranía era el sello de la casa: impedía a su equipo más cercano comer queso o ajo, mirarle a los ojos, hablarle, tocarle. Tenía a un empleado con contrato de plena dedicación para espantarle moscas e insectos. Orinaba en botellas de cristal que ordenaba guardar en una estancia preparada para esa obsesión tarambana. Tenía el don de hacer dinero y convertirlo todo en más dinero y disparate. Howard Hughes era un lunático de primerísima calidad.
Alérgico a pagar impuestos, escogió la trashumancia por los mejores hoteles. Se instaló en Las Vegas y allí compró el Desert Inn para que nadie ocupase su habitación durante sus ausencias. Después adquirió otros tantos: Castaways, Frontier, Sands, Silver Slipper y Landmark. Alrededor tenía cada vez a menos gente. Sufrió varias crisis nerviosas y las fobias crecieron. A mediados de los años 60 decidió retirarse del mundo. Ya casi nadie tenía acceso al impetuoso Hughes. Cuando abandonó la suite del Desert Inn hacía años que sólo un puñado de mormones de su mermado círculo de confianza lo había visto.
En 1970 emprendió una gira por otros hoteles de Bahamas, Nicaragua, Canadá, Inglaterra y México. Cada vez más encerrado en oscuras habitaciones suntuosas, adicto a las drogas para mitigar los dolores del accidente de avión que tuvo en 1946. Había invertido otra fortuna en procurarse una red de aislamiento. Cuentan que algunas noches levantaba los ojos desquiciados hacia el cielo bruno buscando la parte de universo que le correspondía en propiedad exclusiva. Acabó convertido en una criatura de ficción de su propia leyenda tenebrosa. Era un rico exagerado y decrépito sobreviviendo en una pompa de jabón fóbica. En esta perra vida sólo supo disfrutar de algunos vuelos rutilantes y de unas cuantas fiestas de juventud donde la orquesta paraba de admiración al verlo cruzar el salón con el esmoquin impecable y un dry martini en la mano.
La última parada de su vida fue en Acapulco. Pesaba 40 kilos, se había dejado crecer la barba de chivo como un Valle-Inclán, había dejado de cortarse las uñas y las manos eran ya una madeja terrorífica. Murió en el vuelo de México hacia el Hospital Metodista de Houston. Era el 5 de abril de 1970. Dos días después recibió sepultura en el panteón familiar del histórico Cementerio Glenwood de Houston, junto a sus padres. Seis personas, contando a los dos enterradores, formaron el cortejo fúnebre. Después de tanto todo para nada.