Julian Barnes: "Me temo que no llegaré a ver al Reino Unido de nuevo en Europa por el miedo a Nigel Farage y su ridículo partido"
Con su habitual, y profundamente británico, sentido del humor se ha presentado este miércoles Julian Barnes en la sala de prensa del Hotel Reconquista de Oviedo. El ganador del Princesa de Asturias de las Letras, con ese acento y esa entonación que parece dar haber estudiado en Oxford, ha pedido que el audífono para la traducción se lo pusieran en el oído contrario. "Oh, me disculpará, pero póngamelo en el otro oído que por este no oigo nada", ha marcado con una leve sonrisa como inicio de una comparecencia que ha ido transitando entre la hondura vital y la ligereza humorística según el momento.
Primero ha brotado la risa al recibir la pregunta de si Despedida, su última novela de este mismo año con Anagrama, marcaba realmente el final de su carrera literaria, como ha reiterado en los últimos meses hasta la extenuación. "Es divertido cuando dices que este es tu libro final porque mucha gente no te cree. Creen que como escribo ficción, me lo estoy inventando. Pero si al final hay una especie de adiós... Es interesante y bonito que piensen que voy a escribir otro, pero este es el final. No quiero ser el tipo de escritor que sigue dándoles vueltas a historias cada vez más flojas solo para vender", ha destacado antes de incidir, eso sí, que la jubilación será parcial. Seguirá escribiendo sobre arte y otros aspectos en las revistas y periódicos que le requieran.
La sonrisa del escritor británico ha tornado, sin embargo, en pesar al abordar la cuestión del Brexit después de que el primer ministro británico, Andy Burnham, haya abierto en las últimas semanas la puerta a un regreso británico a la Unión Europa. Barnes fue uno de los detractores públicos, al igual que su compañero de generación Ian McEwan, de esa salida pese a estar convencido de que esta se ejecutaría. "Fue triste, pero no me sorprendió. El Brexit ha sido un desastre económico, político y moral, los últimos diez años han sido deprimentes. Y me temo que no llegaré a ver a Reino Unido de nuevo en Europa", ha ahondado antes de incidir en que los primeros ministros británicos de la última década "no se han atrevido" a proponer el regreso "porque tienen miedo de la extrema derecha de Nigel Farage y su ridículo partido". "Soy más optimista ahora que hace diez años, pero depende de ustedes también [los europeos] y en qué términos nos quieran de vuelta. Es como cuando te divorcias y pides volver a casarte otra vez. El instinto te lleva a decir que no. Espero que no sea una buena analogía". De nuevo, el humor.
Barnes pausa cada una de las palabras que tiene pensado decir, con una inflexión casi teatral, como alimentando el personaje que todos esperan tras el autor de El loro de Flaubert o Hablando del asunto: el escritor británico de aura aristocrática entregado a la fina ironía. Pero, en el fondo, deja ver algo del niño introvertido y absolutamente silente que encontró precisamente en la escritura una voz. Ese niño recorría el Metro de Londres, de la periferia hacia el centro, a finales de los años 50 vestido de militar para participar en unas prácticas militares en su escuela tras la Segunda Guerra Mundial y acaba sentado, con su bocadillo, leyendo Crimen y castigo. Tenía 14 años. "Recuerdo cómo leía sobre un estudiante ruso que por una razón desconocida asesina a una señora mayor en una tienda. Todo eso sucedía en Rusia en el siglo XIX y yo nunca había estado allí, pero yo encontraba que esto era la realidad y la verdad de la vida. Esta broma pesada de parecer un soldado y pensar que iba a defender a mi país era una tontería. Aún sigo pensando en mi corazón que la literatura es lo que cuenta la verdad humana, del corazón y del espíritu", ha detallado.
El legado de Julian Barnes son 15 novelas bajo su nombre real, una decena de ensayos, tres colecciones de relatos y algunas historias de detectives firmadas con el seudónimo Dan Kavanagh, tomando el apellido de su primera mujer, la agente literaria Pat Kavanagh. Esa es la producción que dejará uno de los máximos referentes de la Generación Granta junto a Martin Amis, Ian McEwan, Kazuo Ishiguro o William Boyd que ya ha dado por finalizada su producción con un libro elocuente desde su título, Despedida. En ese tono entre la novela y el ensayo que siempreha manejado a la perfección, Barnes relata algunos de los episodios a los que le ha llevado el cáncer de sangre que le afecta. Como primero había explorado las biografías de Gustave Flaubert o Dimitri Shostakóvich en El loro de Flaubert y El ruido del tiempo; el amor desdichado en Antes de conocernos, Hablando del asunto o Amor, etcétera, y la identidad británica en Inglaterra, Inglaterra.
"Cuando empecé a escribir no sabía que existían los lectores, sabía que mis libros vendían unos cientos copias y ya", ha detallado el británico antes de relatar cómo fue durante un viaje a China en la década de los 80 cuando descubrió la influencia que su obra tenía en los lectores. Lo hizo gracias a una mujer, nacida en la Selva Negra alemana, que le aseguró que su primera novela Metrolandia, sobre sus experiencias en los suburbios londinenses en los que se crió, era lo mismo que ella había experimentado en su vida. "Qué raro y qué magnífico al mismo tiempo, que la experiencia de un joven británico pueda tener influencia en una mujer alemana. Ese fue el primer momento en que me di cuenta de que hay lectores ahí fuera". En Asturias, el martes, le recibieron unos 2.000 "Comenté que era como estar en el Comité Federal del Partido Comunista Chino, pero mucho más amable", ha bromeado.
Barnes, firmante del manifiesto en su defensa, ha abordado también el caso de la escritora irlandesa Sally Rooney, cuyas novelas -Normal People o Intermezzo- han dejado de venderse en el Reino Unido tras anunciar que destinaría sus ganancias a la organización propalestina, Palestina Action. La ley antiterrorista británica contempla que esta es una organización terrorista y que, por tanto, entregar esas ganancias supone financiar a una entidad terrorista. "Cuando el Gobierno está asustado, hace leyes para que sean amplias y se expandan. Te arrestan si llevas un cartel que pone 'Apoyo a Palestina'. La ironía es que la mayoría de personas arrestadas son mujeres mayores de unos 70 años con carteles por la calle. [...] No creo que Sally Rooney apoye el terrorismo, apoya la acción palestina. Es un gran lío del Gobierno, que cuando entre en razón, verá que es ridículo arrestar a señoras mayores. Esa ley no ha reducido en absoluto el terrorismo".
En El ruido del tiempo, Barnes ya había explorado la relación entre el arte y el poder autoritario. Y, en su encuentro con la prensa en Oviedo, ha vuelto a sumergirse en ello en un momento donde esos autoritarismos ganan peso en las grandes democracias occidentales. "Es difícil no preocuparse del retorno del autoritarismo. En 1984 [la novela de Orwell] había tres bloques de poder autoritarios y parecidos. Ahora tenemos Rusia, China y Estados Unidos y todos están gobernados por autócratas que no respetan las normas. Es una situación aterradora y, por supuesto, la salida de Estados Unidos de tratados o antiguas amistades bajo la era Trump es terrible y preocupante. Y también es la razón que vayamos a tener más gobierno autoritarios. Parece que hemos perdido uno en Europa, el de Orbán, pero otro está de vuelta en Rumanía. A la extrema derecha parece que ahora le va muy bien en Francia y, hasta cierto punto, en otros países. No soy optimista".
Y, para cerrar, tras el pesar, de nuevo el humor británico. "Tendría que acabar acabado con una broma. Lo siento".