"La reina apoya el Brexit": las mentiras que alentaron el 'leave' y por las que nadie paga
En 2016, el mítico diccionario Oxford eligió "postverdad" como palabra del año. "Relativo o referido a circunstancias en las que los hechos objetivos son menos influyentes en la opinión pública que las emociones y las creencias personales", se lee. Fueron los meses de la primera victoria de Donald Trump en Estados Unidos, pero también de la destitución de Dilma Rousseff en Brasil y el acuerdo de paz con las FARC en Colombia, acontecimientos todos sobre los que corrieron ríos de tinta, no siempre limpia.
Pero los especialistas de Oxford tenían un ejemplo más claro para definir su apuesta: el Brexit. El 23 de junio de hace diez años se celebró un referéndum por el que los ciudadanos dijeron que querían irse de la Unión Europea (UE), 51,9% frente a 48,1%. En 3,8 puntos, un giro histórico que cuajó no sólo por voluntad popular, sino sustentado en mentiras, exageraciones, tergiversaciones, manipulaciones y medias verdades.
Una mezcla de ventajismo político, recelos viejos a Bruselas, datos inexactos, poca verificación y muchas redes sociales on fire acabaron generando un entorno hostil a Europa. Una losa difícil de levantar. Ahora, una década después, nadie asume responsabilidades por aquello, pese a que los llamados euromitos han quedado desnudos, a la luz. Ganó la visceralidad y la emoción. Perdieron la información y el contraste.
La integridad y la decencia yacen desde entonces en el suelo, entre la negación de responsabilidades y la falta de respuestas por un divorcio que no está siento tan bueno como se prometió. Que los británicos recelen de sus instituciones y cateen a todas las formaciones políticas tiene también que ver con esto.
Por qué triunfó la postverdad
Las investigadoras Hannah Marshall y Alena Drieschova publicaron un estudio en New Perspectives (Revista Interdisciplinaria de Política y Relaciones Internacionales de Europa Central y Oriental) un estudio titulado La política de la posverdad en el referéndum del Brexit en Reino Unido, en el que ponen el contexto a lo ocurrido. Destacan dos factores fundamentales para la llegada de este fenómeno al país y en medio de ese contexto de cambio.
La primera son "los cambios tecnológicos asociados a las redes sociales", que propician que "una parte significativa de la población se informe en línea, donde cualquiera puede publicar cualquier cosa sin verificar la veracidad de las afirmaciones". La segunda es "una creciente desconfianza en las instituciones democráticas, las élites políticas, la experiencia y los medios de comunicación tradicionales, lo que a su vez conlleva una pérdida de confianza en el conocimiento experto establecido, dejando a la población dispuesta a confiar en información procedente de fuentes dudosas".
La suma, el hambre y las ganas de comer, impulsó al público británico a tomar "decisiones basadas en valores y cargadas de emociones en mayor medida que antes", concluyen.
El tanque de pensamiento paneuropeo DemoTrust (con sede en Grecia) ha llegado a conclusiones similares. Como expone uno de sus especialistas, Ioannis Serefas, la mezcla de desinformación, manipulación y una sociedad polarizada, con las redes con un papel clave, lleva a una "influencia en el voto" que, en el caso de Reino Unido, llevó al adiós a la UE.
Destaca que no se partía de cero: ahí estaban ya los euromitos, esas ideas preconcebidas sobre la UE que tenían los votantes y que afianzaban pensamientos despectivos, despreciativos. "Una figura clave en este proceso fue Boris Johnson, quien, en su calidad de corresponsal en Bruselas del Daily Telegraph y haciendo uso de su sentido del humor, fabricó o exageró historias que crearon la impresión de que la UE estaba suprimiendo la soberanía nacional de Reino Unido. Esto fomentó un sentimiento de desconfianza entre los británicos hacia la UE", expone.
Sí, es el pasado periodístico del mismo Johnson que fue partidario de la separación, uno de los políticos que más dura campaña hizo al respecto contra el entonces ministro David Cameron, su propio compañero conservador, y que luego, a lomos del caballo del leave (irse), se convirtió él mismo en mandatario y con mayoría absoluta, en diciembre de 2019, tras enterrar, en el camino, a otra premier, Theresa May.
Johnson no estaba solo. El periodismo sensacionalista clásico es especialmente potente en Reino Unido y, desde hace décadas, generaba "un clima fuertemente chovinista y antieuropeo", con un público "de mayor edad y con menor nivel educativo". Estos lectores ya habían desarrollado tendencias euroescépticas antes del refrendo, que se vieron reforzadas por la inmigración, la inseguridad económica y el panorama político en constante cambio, insiste el informe.
"La campaña Vote Leave se centró en los sentimientos antieuropeos de estos grupos, promoviendo los valores británicos tradicionales y el nacionalismo británico en oposición a Europa, asegurando así sus votos", añade. La BBC publicó que gastó más de 2,7 millones de libras esterlinas en anuncios sólo en Facebook, dirigidos a grupos demográficos específicos por edad y condición social y con esas materias como eje. La mayoría de los bots detectados coincidían en ser de mala calidad y en dar información negativa, dando una impresión de apoyo general al Brexit. Sus ideas siempre estaban ligadas a emociones intensas, del miedo a la ira, pasando por el orgullo nacional, nunca nada complejo, nunca aportando ideas.
Habla Serefas de "mentiras estratégicas", de "dominio del discurso público y la agenda" y de que incluso cuando las informaciones se trataban de rebatir o de verificar, la mera repetición de los temas consolidaba los debates, los hacía "más creíbles". "Legitimación adversa", se llama el fenómeno. La Ethical Journalism Network lo detecta, pero va más allá y señala incluso a medios de los llamados serios. Sostiene que hay quien quiso hacer un esfuerzo de contraste, pero no tuvo el eco o la fuerza de los partidarios del sí, y que también se dejaron llevar por esa corriente crítica general.
En un análisis que firma Gareth Harding de lee, por ejemplo, que un estudio Media Tenor, con sede en Zúrich, concluyó en 2016 que apenas el 7 % de la cobertura de la BBC (la radiotelevisión pública) sobre la UE era positiva y el 45 % negativa. El tono de dicha cobertura era más negativo que el dedicado a los líderes rusos y chinos Vladimir Putin y Xi Jinping. "Incluso el dictador sirio Bashar al-Asad recibió más menciones positivas que la UE", se expone. Este botón es buena muestra del problema de base.
Frente a eso, se hablaba poco de los beneficios de estar en Europa. Cuando, visto el oleaje en contra, se intentó hacer ese esfuerzo desde los partidos, los medios o los internautas partidarios del stay, del quedarse, era ya tarde. "El público estaba acostumbrado a las críticas", expone Harding, mientras que los defensores del Brexit insistían, por su parte, en que sus contrarios sólo publicaban mentiras. El "Proyecto Miedo" o "Pánico Ciego" lo llamaban de forma despectiva.
La prensa no sabe bien parada de su análisis, precisamente, y se añaden ejemplos muy significativos de lo lejos que se llegó. Así, en 1990, el diario The Sun llamaba al presidente de la Comisión Europea, Jacques Delors, "el tonto francés", mientras en 2003, el Daily Mail describió un borrador de la Constitución de la UE como un "plan maestro para la tiranía". Y en 2011, el mismo tabloide advirtió que Alemania estaba convirtiendo a Europa en un "Cuarto Reich". Más de ese año: se malinformó de que "los burócratas de la UE han prohibido a los niños menores de ocho años inflar globos porque podrían hacerse daño". En esa década, en el Daily Telegraph se podía leer: "La UE lava el cerebro a nuestros hijos", "Ahora la UE quiere prohibir nuestros hervidores" y "Saquen a Reino Unido de la UE". Cosas de Boris.
En 2011 también se creó la comisión Leveson, tras un el escándalo de escuchas telefónicas ilegales del tabloide News of the World, y en sede parlamentaria se pudieron escuchar reflexiones sobre la cobertura comunitaria de la prensa del país. El exjefe de comunicaciones del Gobierno, Alastair Campbell, dijo: "En varias ocasiones, los lectores de periódicos británicos pueden haber leído que 'Europa', 'Bruselas' o el 'superestado de la UE' ha prohibido, o tiene la intención de prohibir, las faldas escocesas, los currys, los guisantes triturados, el reparto de periódicos, el queso Caerphilly, las tiendas benéficas, los bulldogs, las salchichas torcidas y los pepinos, el ejército británico, las auxiliares de tráfico, el pan británico, los inodoros de fabricación británica, el escudo del pasaporte, los camioneros que usan gafas y muchas cosas más".
Sobre ese sustrato, llegó 2016, un año en el que el Sun publicó en primera plana: "La reina apoya el Brexit", una noticia basada únicamente en fuentes anónimas que la Casa Real tuvo que desmentir y fue objeto de investigaciones parlamentarias. El Mail, llevó a portada una noticia que mostraba a inmigrantes bajando de un camión en suelo británico con el titular "Somos de Europa, déjennos entrar". Al final se supo que los migrantes eran de Irak y Kuwait. En ambos casos, el mensaje ya estaba lanzado. En ambos casos, las rectificaciones se publicaron en páginas interiores, a cuerpo menos 200.
Más aún: en el informe de DemoTrust se cita un sondeo en el que el 44 % de los votantes "creó un recuerdo basado en una historia que nunca ocurrió", con los votantes a favor del Brexit recordando historias falsas que difamaban a los votantes que querían permanecer en la UE, y viceversa. "El contenido de estas historias incluía temas como la corrupción institucional, las donaciones ilegales y el debilitamiento de la democracia. Los votantes que apoyaban la salida del Reino Unido de la Unión Europea eran más propensos a crear recuerdos falsos (...). Es evidente que la propagación de desinformación a través de diversos canales de comunicación puede moldear colectivamente una percepción distorsionada de la realidad", sostiene.
La Ethical Journalism Network añade que, aparte de los prejuicios, en Reino Unido había un fuerte desconocimiento de Europa cuando tocó votar el referéndum del 16. Afirma que el público británico sabía menos sobre la UE que los ciudadanos de cualquier otro país, salvo Letonia. Una encuesta preguntó si tres afirmaciones sencillas sobre la UE eran verdaderas o falsas y sólo el 28 % respondió correctamente. "De hecho, una de las señales más reveladoras de la ignorancia de los votantes británicos fue que la pregunta más buscada sobre la UE en Google el 24 de junio fue "¿Qué significa abandonar la UE?", seguida de "¿Qué es la UE?", se indica.
¿Hubo también alguna mano negra exterior empujando para que Reino Unido se alejara de la UE? Los expertos coinciden en señalar que eso nunca ha quedado demostrado, pero que la intervención de "actores externos" nunca se investigó formalmente. Se habló de injerencia rusa, que pudo presionar tanto con fake news como con inversiones económicas (sobre todo inmobiliarias) que se vieron por aquel entonces, pero no hay datos, negro sobre blanco.
Las mayores 'fake news'
La "nube de hipérbole y mentira nacionalista", como la llama el columnista Will Hutton, se alimentó de la división nacional, de la desconfianza europea y de las vísceras, "impermeables al razonamiento lógico". Esa suma explica que se pasaran por ciertas hasta mentiras gruesas.
El grupo Best for Britain, en el que investigadores locales tratan de buscar soluciones a los problemas postBrexit, destaca especialmente seis fake news que fueron imposibles de rebatir hace 10 años. Son las que siguen:
1) El dinero que se come la UE: "Dejen de entregar 350 millones de libras esterlinas semanales a Bruselas", fue uno de los eslóganes más repetidos por Boris Johnson o por Nigel Farage, el líder del partido llamado entonces UKIP (Partido de la Independencia del Reino Unido), hoy al frente de Reform UK, otro de los grandes artífices (por engaño) del divorcio. Se colocó sobre autobús, con el logotipo de Vote Leave, prometiendo que ese dinero se usatía para "financiar nuestro Servicio Nacional de Salud", el NHS.
Se convirtió en la promesa central y más famosa de la campaña, aunque fue considerado engañoso por la Autoridad de Estadísticas de Reino Unido. La cifra ignoraba el reembolso que el país recibía de Bruselas y las inversiones europeas en territorio británico. Poco después del referéndum, figuras clave de la campaña admitieron que no era real. El Tesoro, oficialmente, dijo que el país pagó a la UE 8.100 millones de libras, unos 156 millones a la semana. La mitad de lo dicho. Las advertencias fueron ignoradas "los tiempos de espera para las ambulancias son los más largos registrados, el tratamiento para el cáncer en Inglaterra es el más prolongado registrado", por ejemplo.
2) "Recuperemos el control de nuestras fronteras": Posiblemente la mentira "más vil" que contaron los brexiters fue que tendrían el poder de deportar y rechazar a quienes quisieran prosperar en Reino Unido, ya fuera por elección o por necesidad. "Su mentira sobre fronteras cerradas, una isla pequeña y un Reino Unido aislado ha tenido consecuencias duraderas y profundamente dañinas. El número de delitos de odio se duplicó en los días posteriores al referéndum y aumentó un 41 % en el mes siguiente. Sus promesas no solo eran vacías, sino también sumamente peligrosas", denuncia el grupo de analistas.
Farage también alentó el miedo a que Turquía entrase como socio en la UE. "Por tanto, pagaremos más a la semana a la UE y la inmigración seguirá fuera de control", decía. Peri no, Turquía es desde hace años un aspirante a entrar en la Unión, pero sus diferencias con el resto de países miembro y su situación geográfica le han alejado en los últimos tiempos de esa posibilidad. Hoy se ve muy lejos, dadas sus violaciones sistemáticas al estado de derecho, para empezar.
Además, una cosa que se ha visto con el tiempo es que abandonar la UE no significa abandonar todos los acuerdos internacionales que hemos firmado. El Tribunal Europeo de Derechos Humanos logró detener un vuelo de deportación con destino a Ruanda en el último momento. "Nunca estuvimos sujetos únicamente a las leyes de la UE. Estamos sujetos al derecho internacional y a la comunidad global", exponen.
3) "Liberen a nuestras empresas de las leyes y regulaciones perjudiciales de la UE": "Esto sería gracioso si no fuera por los miles de empresas británicas que no han sido "liberadas", sino más bien arrojadas bajo el autobús (del Brexit) por una hoguera de burocracia y controles aduaneros como resultado del endeble acuerdo del Brexit del Gobierno", denuncia el grupo Best for Britain.
Las empresas exportadoras, tras estos años, tienen que superar un sinfín de obstáculos para enviar sus productos a Europa, mientras que el gobierno ha aplazado durante años los controles de importación. La Oficina de Responsabilidad Presupuestaria ha afirmado, año a año, que la del país se había convertido en una "economía con menor intensidad comercial", comparando su pérdida de comercio con la de otras economías importantes tras la pandemia.
Hoy, Reino Unido ocupa la quinta posición entre las economías más grandes del mundo por volumen de Producto Interior Bruto (PIB) nominal. La economía británica representa aproximadamente el 3,38% de la riqueza mundial, apenas superada por Estados Unidos, China, Japón y Alemania. Todo eso es innegable, pero arrastra, por el Brexit, una reducción del PIB estructural (estimada entre un 6% y un 8%), una caída de la inversión empresarial de hasta un 18% y una fuerte disminución en la productividad y el comercio de bienes debido a las citadas barreras burocráticas. Se calcula que el Brexit ha frenado el crecimiento del tejido productivo y cuesta a la economía británica entre 100.000 y 200.000 millones de libras anuales.
También ha provocado una reducción estructural del empleo y la productividad en el Reino Unido de entre un 3% y un 4%. Aunque la tasa de desempleo nacional ronda actualmente el 5,0%, el mercado laboral sufre de salarios estancados, menor inversión empresarial y una fuerte dependencia de la inmigración extracomunitaria.
Al menos, ha acabado firmando con la UE el Acuerdo de Comercio y Cooperación (ACC), que entró en vigor en 2021, un pacto garantiza el libre comercio de bienes sin aranceles ni cuotas, pero pone fin a la libre circulación y aplica controles aduaneros.
4) "Recuperemos el poder de negociar nuestros propios acuerdos comerciales": Vote Leave también prometió que Londres tendría el poder de negociar sus propios acuerdos comerciales, lo cual es cierto, pero el problema es que el daño del proceso a su economía ha acabado alejando a socios potenciales. Se han firmado acuerdos comerciales con Japón o Australia criticados internamente porque incluyen más importaciones que exportaciones, tratando de suplir lo que llegaba de la UE. "El acuerdo con Nueva Zelanda podría cambiar nuestro PIB en un 0,01% positivo o negativo. ¡Qué bien!", lamenta el grupo. También se ha reducido la calidad de los controles, ya sin filtro UE, por ejemplo en seguridad alimentaria. "Es una economía mediana entre gigantes", como la definió el New York Times.
En mayo de 2025 se logró, al fin, firmar un acuerdo económico con EEUU, que no se había logrado desde el referéndum y que, al final, tuvo que ser negociado con la espada de Damocles de los aranceles trumpistas sobre la cabeza.
5) "Tener mejores relaciones con nuestros amigos europeos": Pues no. Especialmente en tiempos de May y de Johnson, los choques fueron constantes, no sólo por el hecho de que la separación nunca es fácil, sino por los obstáculos que fueron poniendo en el camino -sobre todo él- a la hora de aplicar los protocolos formales de su marcha, un proceso nunca abordado en la UE. "Seamos claros: esto es ilegal", declaró por ejemplo el comisario Maros Sefcovic sobre la decisión del Reino Unido de dejar sin efecto partes del Protocolo de Irlanda del Norte, que negociaron, firmaron y defendieron durante la campaña electoral. Todo un dolor de cabeza, lo de esa frontera.
Starmer, quien ha dimitido este lunes, ha mejorado las relaciones con Bruselas (hasta ha logrado este año el acuerdo definitivo sobre Gibraltar), con una visión más prágmática, aunque tampoco terminó de inclinarse por votar un nuevo refrendo para reincorporarse a Europa. Sabía que, de hacerlo, tendría que ser con todas las consecuencias, renunciando a derechos que tenía Londres antes de 2016, como la moneda propia o el espacio Schengen.
6) "Recuperar nuestra influencia en el resto del mundo y convertirnos de nuevo en una nación verdaderamente global": El Gupo Británico de Política Exterior constata en sus encuestas anuales más de una cuarta parte de los británicos todavía no han oído el término "Reino Unido global" y apenas el 12% entiende su significado, cuando se buscaba que fuera una marca de la nueva etapa. Se ha recortado el presupuesto de Ayuda Exterior del 0,7% al 0,5%, se han retirado de programa Erasmus y el Brexit, con su lastre económico, ha restado peso a la voz de los primeros ministros en los foros internacionales.
Sin una voz directa en la elaboración de normas de la Unión Europea, Londres ha visto reducida su capacidad para proyectar poder regulatorio e influencia directa en el escenario internacional. La influencia histórica como "puente" entre EEUU y la UE se ha erosionado, relegando al país a un segundo plano en las grandes decisiones geopolíticas entre bloques, y todo ello en un momento clave, con la guerra de Ucrania abierta y las relaciones transatlánticas en juego.
Aparte de estos seis bloques de mentiras, estos días en la prensa de Reino Unido se pasa revista a otros populares chascarrillos en redes sociales que sacan los colores a sus autores por su pura irrealidad. Por ejemplo, en julio de 2017, el ministro conservador Jacob Rees-Mogg, encargado de las "oportunidades" del Brexit, declaró que el proceso reduciría los precios de la ropa, la comida y el vino en un 20%. La inflación hoy en el país sube un 2,8%, pero es que en alimentos es de un 2,99%, los precios del alcohol han subido justo un 20% por nuevas tasas y en el caso de la ropa, se mantienen en esa media de subida. Los partidarios del divorcio lo achacan todo a las crisis de Irán o Ucrania, pero la subida empezó antes.
Otra perla: una de las tácticas alarmistas que se emplearon entonces fue el supuesto coste extraordinario del llamado turismo de salud, personas que viajan al Reino Unido únicamente para beneficiarse de su generoso sistema. "Es una completa invención", ha tenido que reconocer el Parlamento. La verdad es que los ciudadanos británicos en la UE recibían cinco veces más atención médica que la que les brindaban a los ciudadanos de la UE allí.