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Las crueles matemáticas de los recortes: la crisis mundial de la asistencia humanitaria

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Naciones Unidas conmemora este miércoles el Día Mundial de la Asistencia Humanitaria, una jornada para recordar a quienes pasan necesidad en el mundo y a quienes los ayudan desde la cooperación. Trabajadores como aquellos 22 asesinados en un atentado terrorista, un 19 de agosto de 2003, en el Hotel Canal de Bagdad (Irak). Cayó, entre ellos, Sergio Vieira de Mello, Alto Comisionado de la ONU para los Derechos Humanos.

La fecha remueve muchos sentimientos en la institución internacional, pues. Desde el dolor por los colegas perdidos a la rabia por los que siguen muriendo en ataques que son crímenes de guerra, pasando por lo esencial, la angustia por la necesidad de quien vive en mitad de una guerra o un desastre natural. Esos que cada vez son más y para los que cada vez hay menos dinero. 

"A pesar de los mayores esfuerzos de los trabajadores humanitarios, la falta de financiación en 2026 dejará a millones de personas sin asistencia esencial, mientras que los ataques que dañan al personal y los bienes de ayuda impiden que la población civil acceda a la asistencia y protección que necesita para sobrevivir. Estos recortes y ataques no son perturbaciones aisladas; representan la ruptura de un salvavidas vital para las personas en situación de crisis", reconoce la revisión de mitad de año del panorama humanitario mundial, publicada en junio por la Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios de las Naciones Unidas (OCHA).

Según informa, a finales de mayo de este año, más de 252 millones de personas necesitaban urgentemente asistencia humanitaria y protección, 13 millones más que cuando se presentó el Panorama Humanitario Mundial de 2026. A mediados de año, el personal humanitario tenía previsto prestar asistencia a 143,2 millones de personas, y se había dado prioridad a casi 89 millones de personas con las necesidades más graves para que recibieran ayuda vital. Sin embargo, a finales de abril sólo se había conseguido proporcionar al menos una forma de asistencia o protección a unos 45,2 millones de personas, aproximadamente una de cada seis personas necesitadas. 

El motivo hay que buscarlo en la falta de financiación: a 31 de mayo, los planes humanitarios requerían 33.660 millones de dólares americanos, pero los proyectos sólo recibieron 8.210 millones, es decir, el 24,4 % de la cantidad necesaria. El déficit se multiplica cada año. 

Sobre el otro gran mal de la asistencia humanitaria, el hecho de que las partes en conflicto pongan a los trabajadores en la diana deliberadamente o no los protejan como deben hacerlo, la OCHA informa de que al menos 326 fueron asesinados en 21 países en 2025, lo que elevó a más de 1.010 el número de trabajadores humanitarios asesinados durante los últimos tres años. Se calcula que en ese tiempo murieron 37.000 civiles en 20 conflictos armados.

Tom Fletcher, secretario general adjunto de Asuntos Humanitarios y coordinador del Socorro de Emergencia de la ONU, expone en este día especial la necesidad de que no se vean "los recortes como cifras", sino como los casos, uno a uno, a los que no se llega por ese tijeretazo mundial. La organización se ve forzada a recurrir a la "imparcialidad" y a la "necesidad" para ordenar dónde se pone primero el dinero. "Decisiones desgarradoras", dice Fletcher, por las crueles matemáticas de los recortes. ¿Va antes la comida, la educación, el agua, las medicinas, el techo? "Debemos ser honestos. No estamos haciendo más con menos. Estamos haciendo menos con menos. Y eso tiene consecuencias reales para las personas a las que servimos", denuncia al mundo.

Desoladoras previsiones

Lo decía el propio Fletcher ya en 2024: "el mundo está en llamas". Pero su aviso cayó en saco roto y la suma de recortes presupuestarios, fatiga de los donantes y decisiones políticas radicales -empezando por el desmantelamiento de la cooperación de Estados Unidos ordenada por su presidente, Donald Trump- nos han llegado a la gran recesión actual que vive el sector humanitario. 

De acuerdo con un análisis del centro de estudios Carnegie Endowment for International Peace, en 2024 cerca de 300 millones de personas requerían ayuda y protección internacional urgente. Si todas ellas formaran un país, constituirían la cuarta nación más poblada del planeta, solo por detrás de India, China y EEUU. Sin embargo, en 2025, el sistema internacional que debía protegerlas comenzó a resquebrajarse. "EEUU era realmente la columna vertebral del sistema humanitario global. Y esa columna vertebral básicamente ha sido arrancada del cuerpo", expone Jeremy Konyndyk, presidente de Refugees International, citado en el informe.

El impacto de esta retirada de fondos no se mide sólo en balances financieros, sino en vidas humanas. Según un estudio publicado en la revista médica The Lancet por el Instituto de Salud Global de Barcelona (ISGlobal) en colaboración con la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA), se calcula que el desmantelamiento de la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID) podría provocar más de 14 millones de muertes adicionales y prevenibles para el año 2030. De esa cifra, más de 4,5 millones corresponderían a niños menores de cinco años, con un promedio de 700.000 muertes infantiles adicionales cada año.

Investigaciones ampliadas publicadas igualmente en The Lancet Global Health advierten de un panorama aún más desolador: si la reducción drástica de fondos se extiende a la totalidad de los países donantes de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), el número de muertes evitables podría alcanzar los 22,6 millones de personas para 2030 en 93 países de ingresos bajos y medios, incluyendo a 5,4 millones de niños. Y es posible, porque los recortes de Trump ya se están dejando notar en otras naciones de primer orden. 

Los autores del estudio científico señalan que las consecuencias de estos recortes masivos "tendrán una magnitud comparable a la de una pandemia global o un conflicto armado de gran escala", con la diferencia de que se trata de "una decisión política consciente y evitable" y de que afectará a los nadies, como diría Eduardo Galeano. "Su peso recaerá desproporcionadamente en los niños", advierten, además. 

El giro de Washington: del liderazgo al repliegue

Durante décadas, EEUU fue el pilar indiscutible del auxilio humanitario mundial. Según datos recopilados por el Carnegie, en 2024 Washington aportó 14.100 millones de dólares, esto es, el 38% de toda la asistencia de emergencia registrada por la ONU, una cifra récord que, no obstante, representaba apenas el 0,048% de su Producto Interior Bruto (PIB). La primera potencia mundial del planeta podía poner eso y más sobre el tapete. 

La llegada de la segunda administración de Donald Trump, en 2025, supuso un giro de 180 grados en esa apuesta de política exterior, anteponiendo la premisa de America First (Estados Unidos Primero). El republicano lo había dejado claro en su programa electoral y vaya si lo está cumpliendo: a los pocos días de la toma de posesión, se emitieron órdenes de paralización de actividades y se ordenó una revisión total de la ayuda exterior, para luego decretar finalmente el práctico cierre de USAID, cancelando el 83% de sus programas, según el tanque de pensamiento washingtoniano. De más de 1.000 expertos humanitarios de la agencia, apenas unos 100 fueron absorbidos por el Departamento de Estado, que comanda Marco Rubio.

Lógicamente, los fondos estadounidenses comprometidos en la materia cayeron, exactamente de 14.100 millones de dólares en 2024 a 6.400 millones en 2025, con propuestas presupuestarias para recortar hasta un 70% adicional en asistencia humanitaria internacional.

Trump, no conforme con eso, decidió meter tijera también en las partidas comprometidas para las dibersas agencias de la ONU: redujo su aporte al Programa Mundial de Alimentos (PMA) en más de un 90%, rebajó los fondos para UNICEF de 1.000 millones a 168 millones de dólares, y retiró en un 65% su contribución a la Organización Internacional para las Migraciones (OIM). 

Para ilustrar la magnitud del cambio de prioridades, hay otro informe del Council on Foreign Relations (CFR) que destaca un dato elocuente: el pasado, los ciudadanos estadounidenses gastaron más dinero en golosinas para la fiesta de Halloween (3.900 millones de dólares) que todo lo que su gobierno destinó a la ayuda humanitaria vital en el mundo (3.400 millones de dólares, según registros de la OCHA).

Desde la diplomacia estadounidense, Rubio defiende la nueva doctrina argumentando -como hizo ante el Congreso a preguntas del Partido Demócrata- que la ayuda exterior debía dejar atrás el modelo tradicional y orientarse estrictamente a los "intereses nacionales" de EEUU, calificando el esquema previo como ineficiente y burocrático. Es lo mismo que Trump ha aplicado a la diplomacia o a las relaciones comerciales, la transaccionalidad por bandera. Qué tienes, qué necesito, qué me puedes ofrecer, qué te doy. Lo que ocurre es que, habitualmente, los países sumidos en conflictos armados o en grandes desastres como un terremoto o una sequía bien poco le pueden ofrecer al inquilino de la Casa Blanca. 

"Sin programas que conecten el socorro inmediato con el desarrollo a largo plazo, brindar ayuda humanitaria es como verter agua en un cubo lleno de agujeros", le recuerdan Allison Lombardo y Stewart Patrick, investigadores del Carnegie que han redactado el dossier. 

Un efecto dominó: la retirada de Europa y el vacío global

El problema no es sólo el repliegue de Washington, sino el efecto dominó que ha tenido sobre otros países y donantes. Los tiempos ya empezaban a ser crudos: en los cuatro años previos al retorno del neoyorquino al Despacho Oval, ya se estaban dejando sentir los efectos adversos de la invasión rusa de Ucrania o de la pandemia de coronavirus, que llevaron a las economías occidentales a una contracción financiera potente. Ya entonces, la cooperación, que suele verse como un gasto superfluo o prescindible en los Ejecutivos menos comprometidos, empezó a resentirse.  

Así que el poderío de las decisiones trumpistas ha agravado esa tendencia previa de austeridad en otras potencias igualmente valiosas para el sector humanitario. Según datos de la OCHA, entre 2022 y 2025 varios de los principales donantes mundiales redujeron drásticamente sus aportes. Ahí tenemos a Alemania, por ejemplo, el segundo mayor donante histórico, con un −76% de aportaciones, o los ricos saudíes, que han hecho de la cooperación una vía de soft power, con −41%.

El sector privado tampoco ha acudido al rescate. El Fondo Central de Respuesta a Emergencias de la ONU (CERF) recaudó en 2025 más de 380 millones de dólares procedentes de 62 gobiernos, pero las donaciones corporativas o privadas representaron apenas el 1% del total, según sus propios datos. 

Tampoco otras potencias emergentes han llenado el vacío occidental. El Carnegie subraya que China, a pesar de financiar el 22% del presupuesto ordinario de la ONU y ser hoy la segunda economía del planeta, canaliza sus recursos a través de la iniciativa de las Nuevas Rutas de la Seda y prácticamente no participa en llamamientos humanitarios multilaterales: en 2024 ocupó el puesto 39 entre los donantes del PMA, con una modesta aportación de 11,2 millones de dólares. Ya hace desde tiempo atrás lo que propone Trump: apostar por donde le conviene, con intereses por delante. 

La falta general de recursos se traduce en decisiones límite en el terreno. El año pasado, el déficit de la ONU alcanzó un récord sin precedentes: el 72% de las necesidades evaluadas no fueron cubiertas (frente al 51% de 2024), lo que obligó a reducir programas y provocó que 25 millones de personas dejaran de recibir auxilio, según el CFR.

Las consecuencias más severas se concentran en puntos críticos del planeta, ya muy tocados. Nos pide Naciones Unidas en este día que pensemos en Somalia, que se ha visto obligada a cerrar 25 instalaciones de salud debido a las brechas financieras, interrumpiendo servicios esenciales para 700.000 personas, o a Gaza (Palestina), donde el colapso de los sistemas de saneamiento, el desbordamiento de aguas residuales, el hacinamiento extremo y la proliferación de plagas de roedores e insectos exponen a la población civil a enfermedades, sufrimiento y condiciones de vida "insostenibles".

Por primera vez en lo que va de siglo, el año pasado se declararon dos estados de hambruna en un solo año y más de un millón de personas en la franja palestina, en Sudán, Sudán del Sur y Yemen se encuentran hoy en la Fase 5, de catástrofe o hambruna, en la Clasificación Integrada de la Seguridad Alimentaria (IPC).

Más: Chad, que acoge a más de 927.000 personas refugiadas sudanesas, enfrenta serias dificultades para reubicar a las familias en emplazamientos organizados donde los servicios de protección ya están sobrecargados. Y en Colombia, las organizaciones locales han tenido que reducir sus operaciones drásticamente: entre el 30 % y el 50 % de los programas de Educación en Emergencias han sido rebajados o suspendidos por completo; ahora se enfrentan, no saben cómo, a un terremoto formidable.

En Cox's Bazar (Bangladesh), donde viven 1,26 millones de refugiados rohinyás, el Programa Mundial de Alimentos se ha visto obligado en marzo de 2025 a reducir las raciones alimentarias mensuales de 12,50 dólares a apenas seis dólares por persona. Y podemos sumarle el drama de Siria donde, pese al retorno de más de 2,5 millones de desplazados y refugiados sirios tras la caída del régimen de Bashar al Assad a finales de 2024, la ayuda estadounidense al país se desplomó un 63% en 2025, sumando apenas 139 millones de dólares. Con eso no se levanta un país que necesita muletas. 

Ante la magnitud del colapso, los organismos internacionales se han visto obligados a recortar entre el 20% y el 25% de su propio personal e iniciar procesos de reestructuración interna bajo la iniciativa impulsada por António Guterres, el secretario general de la ONU, casi de salida. Sin embargo, los expertos advierten que la eficiencia interna no sustituye los miles de millones de dólares necesarios para evitar la desnutrición aguda, combatir epidemias de malaria y VIH, o abastecer de agua potable a zonas en conflicto.

El análisis del Council on Foreign Relations concluye que la ayuda humanitaria entra en una profunda recesión estructural sin un camino claro de recuperación a corto plazo. A menos que surja un compromiso financiero imprevisto o una renovación profunda del pacto de solidaridad global, la brecha entre quienes necesitan auxilio urgente para sobrevivir y los recursos disponibles continuará cobrándose millones de vidas en los rincones más desfavorecidos del planeta. "El mundo genera anualmente un PIB conjunto de 115 billones de dólares: los recursos claramente existen. Lo que falta es solidaridad y voluntad política para actuar", concluyen los analistas Patrick y Lombardo.

"No será tan fácil" 

Todo este páramo se complica si quienes, en situaciones tan precarias, tratan de ayudar, se ve convertidos en objetivo de las partes en litigio. Sí, se han disparado las agresiones a cooperantes, a veces mortales, siempre intimidantes y limitantes, en conflictos cambiantes y en los que la tecnología multiplica los riesgos, como pasa con los drones. 

Lo canta Fito Páez en ese himno humanitario que es Yo vengo a ofrecer mi corazón: "No será tan fácil, ya sé que pasa. / No será tan simple como pensaba / como abrir el pecho y sacar el alma / una cuchillada del amor". No es sencillo. Cada vez lo es menos. Hoy, el mundo presenta una mortalidad récord de cooperantes. 

Un análisis de Save the Children de los datos de la Aid Worker Security Database (AWSD) revela que, entre el 1 de agosto de 2021 y finales de julio de 2026, unos 3.496 trabajadores humanitarios nacionales fueron víctimas de ataques, incluidos asesinatos, detenciones, secuestros y ataques que provocaron lesiones graves, frente a 134 trabajadores internacionales, "cuyos casos suelen recibir una mayor atención". En total, el año pasado, más de 1.180 trabajadores humanitarios en todo el mundo fueron víctimas de ataques graves, "impulsados en gran medida por la guerra en los territorios palestinos ocupados, donde 187 trabajadores humanitarios fueron asesinados, 80 resultaron heridos, 23 fueron detenidos y dos fueron secuestrados", indica la ONG.

Este año, las cifras están bajando, llegando "a su nivel más bajo de los últimos 10 años", pero el personal nacional representa una proporción "aún mayor de las víctimas", con un 98% de todos los ataques, la proporción más alta desde que comenzaron los registros en 1997. "La mayoría de los ataques de este año han tenido lugar en Líbano, Sudán del Sur y Sudán, lo que los convierte en algunos de los lugares más peligrosos del mundo para trabajar en labores humanitarias en la actualidad", detalla. 

"Los riesgos para los trabajadores humanitarios están aumentando a pesar de que el derecho internacional prohíbe los ataques contra el personal humanitario. Sin embargo, los ataques contra el personal nacional con demasiada frecuencia no se denuncian y pasan desapercibidos", denuncia, además. La ONU expone que los gobiernos y grupos enfrentados "trabajan para destruir" precisamente esa red asistencial y alerta de que está cambiando la "naturaleza" de los peligros que afrontan, que "ya no se limita a la línea del frente". "Es constante, difuso y cada vez más impredecible", reconoce Tom Fletcher. 

Menos dinero, más riesgo. La suma sale negativa para quien trata de ayudar y para quien necesita la ayuda. Un mundo feliz.