Las fábricas de armas ucranianas se reparten en hasta 15 sedes para sobrevivir a los drones rusos: "Es muy difícil hasta dormir; no sabes cuándo va a llegar el ataque"
Durante décadas, la imagen de una fábrica de armamento evocaba enormes complejos industriales, gigantescas naves de producción y largas cadenas de montaje concentradas en un mismo lugar. La guerra de Ucrania ha cambiado también esa idea.
En un país sometido a bombardeos constantes, drones kamikaze y ataques con misiles de largo alcance, muchas empresas de defensa han llegado a una conclusión tan sencilla como brutal: una gran fábrica es también un gran objetivo.
Por eso, algunas de las principales compañías ucranianas del sector han optado por dividir sus operaciones entre múltiples emplazamientos repartidos por todo el país. En algunos casos, la producción se distribuye entre cinco, diez o incluso quince ubicaciones diferentes para evitar que un único ataque pueda paralizar toda la actividad.
La estrategia tiene un coste económico evidente. Es menos eficiente, más cara y mucho más compleja de gestionar. Pero para muchas empresas se ha convertido en una cuestión de supervivencia.
"Es muy difícil hasta dormir"
La amenaza rusa no es solo una cuestión empresarial. También afecta directamente a quienes trabajan cada día en estas instalaciones. Achi, director ejecutivo de la compañía tecnológico-militar Ark Robotics, explica que la preocupación constante por la seguridad de sus empleados forma parte de su rutina diaria.
"Es muy difícil hasta dormir. Sabes que tienes decenas de personas trabajando allí constantemente bajo peligro y no sabes cuándo va a llegar el ataque", reconoce.
Su empresa desarrolla drones, robots terrestres y sistemas de software para vehículos autónomos. Aunque mantiene parte de sus operaciones en Estonia, continúa trabajando también desde Ucrania, donde los riesgos son permanentes.
Precisamente por ello han descartado el modelo tradicional de gran factoría centralizada. "Intentamos ser inteligentes y no crear un objetivo lo suficientemente grande como para atraer demasiada atención", explica.
Cinco, diez o quince sedes distintas
La dispersión se ha convertido en una práctica habitual dentro de la industria militar ucraniana. Misha Rudominski, director ejecutivo de la empresa de comunicaciones militares Himera, asegura que muchas compañías han fragmentado toda su producción para reducir riesgos.
Algunas fabrican componentes en una ubicación, almacenan material en otra y realizan las pruebas en un tercer emplazamiento. En ocasiones, las operaciones llegan a repartirse entre diez o quince sedes distintas, cada una con apenas unas decenas de trabajadores.
La lógica es sencilla: si una instalación resulta destruida, la empresa puede seguir funcionando. Mykyta Rozhkov, directivo de Frontline Robotics, resume la filosofía con una frase contundente. "Hemos adaptado la compañía para poder soportar la pérdida de cualquiera de nuestras instalaciones".
Eso no significa que el golpe no sea doloroso. Pero sí evita que un único ataque pueda acabar con años de trabajo y con la capacidad productiva de toda una empresa.
Europa toma nota
Lo llamativo es que esta experiencia ya no interesa únicamente a Ucrania. Varios fabricantes europeos de armamento han comenzado a consultar a compañías ucranianas sobre cómo adaptar sus procesos productivos a un escenario de guerra moderna.
El temor no es tanto una amenaza inmediata como la posibilidad de que Europa tenga que enfrentarse en el futuro a conflictos en los que los drones, los misiles y los ataques de precisión conviertan las grandes instalaciones industriales en objetivos prioritarios.
Davyd Aloian, secretario adjunto del Consejo de Seguridad Nacional de Ucrania, considera que algunos países europeos deberían empezar a prepararse desde ahora. "Algunos países definitivamente deberían hacerlo", afirma.
Según explica, una de las grandes lecciones de la guerra es que la resiliencia ya no puede depender de una única fábrica, un único proveedor o una sola ubicación geográfica.
Una guerra que está cambiando las reglas
Las advertencias no se limitan a la industria armamentística. Militares de la OTAN y responsables ucranianos llevan meses insistiendo en que la guerra ha demostrado que muchos de los modelos tradicionales de organización militar han quedado obsoletos.
Centros de mando, bases aéreas, depósitos logísticos o fábricas deben ser cada vez más móviles, más dispersos o incluso estar ocultos bajo tierra. La razón es simple: la tecnología ha hecho que encontrar y atacar objetivos estratégicos sea mucho más fácil que hace apenas unos años.
En Ucrania lo han aprendido a golpe de misil. Y mientras la guerra continúa, sus empresas de defensa están desarrollando una nueva forma de fabricar armamento que, según advierten, podría acabar convirtiéndose en la norma para buena parte de Europa.
Porque en los conflictos del siglo XXI ya no basta con producir más. También hay que conseguir seguir produciendo después del próximo ataque.