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Las 'midterms', ¿un reproche a la guerra de Irán y la alianza con Israel? Trump y Vance tienen versiones contrapuestas

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Las elecciones de mitad de mandato en Estados Unidos han marcado un punto de inflexión en la política estadounidense, redefiniendo no sólo el equilibrio de poder en el Congreso, en casa, sino también el futuro de la política exterior de la principal superpotencia mundial. A diferencia de los comicios tradicionales, donde los debates suelen centrarse casi exclusivamente en la economía doméstica, la atención sanitaria o la inmigración, las midterms de este 2026 han estado muy ligadas a lo que pasa fuera, específicamente al desarrollo de la guerra con Irán y a la compleja y polarizante relación estratégica con el Estado de Israel. 

Todo eso ha podido influir en el voto y todo eso está sirviendo, ahora, para que los republicanos del presidente Donald Trump se tiren los trastos a la cabeza. La derrota del partido conservador -que se ha dejado en la gatera tanto el Senado como la Cámara de Respresentantes, o sea, todo el poder legislativo- ha desencadenado una tormenta interna, exponiendo fracturas ideológicas profundas respecto al papel de EEUU en el mundo. Ilustra a las claras cómo un conflicto internacional no te hace ganar elecciones... pero sí perderlas.

Vayamos a Irán. ¿Cómo se ha convertido este conflicto en el tema central del debate público estadounidense en el análisis postelectoral? Históricamente, las intervenciones militares prolongadas tienden a erosionar el capital político del partido en el poder, un fenómeno conocido como "fatiga de guerra". Eso se suma al esperado reproche a los gobernantes que son, por sí mismas, las elecciones de mitad de mandato. Sin embargo, la guerra en Oriente Medio presenta características únicas que han acelerado ese desgaste.

La intervención militar, inicialmente justificada bajo premisas de seguridad nacional, contención de la proliferación nuclear de los ayatolás, ayuda a los defensores de las libertades y defensa de aliados clave en la región, rápidamente se transformó en una operación con demasiados costes y frentes. A diferencia de operaciones de contraterrorismo más localizadas, un conflicto directo, asimétrico y de alta intensidad con una potencia regional como Irán implica el despliegue masivo de recursos, interrupciones severas en las cadenas de suministro global y un riesgo constante de escalada que involucra a otros actores internacionales. Sin ir más lejos, ahí está el detalle de cómo EEUU ha quemado su arsenal de misiles, descubierto por Reuters. 

El electorado, que durante la última década ha mostrado una creciente aversión a las guerras en el extranjero (un sentimiento que paradójicamente fue alimentado por la doctrina America First del propio movimiento republicano MAGA), reaccionó con escepticismo ante la prolongación del conflicto. Las encuestas a pie de urna reflejaron desde las primeras horas del 3N que la guerra inclinaba al otro lado a votantes independientes y moderados y desmovilizaba, a la par, a una parte de la base conservadora de clase trabajadora. Es gente que percibió una desconexión entre el gasto militar billonario en el extranjero y sus propias dificultades económicas en casa.

El dinero pesa

Uno de los factores más determinantes en la derrota republicana ha sido la correlación entre la guerra y la economía doméstica. Tal y como señaló ayer el vicepresidente J.D. Vance, la combinación de la guerra con Irán y la crisis del costo de vida creó una tormenta perfecta que castigó severamente a los candidatos conservadores. A los demócratas ya se los llevó de la Casa Blanca el precio de las cosas. Ahora, se añadía una guerra lejana, poco entendida y contraria a las promesas trumpistas pacifistas. 

Un conflicto en el Golfo Pérsico, o que involucre directa o indirectamente el Estrecho de Ormuz, tiene un impacto inmediato y devastador en los mercados energéticos globales. Este también. El aumento en los precios del petróleo se tradujo rápidamente en un alza en el precio de la gasolina en EEUU, lo que a su vez disparó los costos de transporte, logística y bienes de consumo básico. Esta ola inflacionaria golpeó directamente el bolsillo de los votantes, neutralizando cualquier argumento positivo que el partido en el poder pudiera presentar sobre otros indicadores económicos.

Y la inflación impulsada por la guerra ha generado un profundo resentimiento. La popularidad de Trump ha llegado a bajar al 31%, un mínimo histórico en este punto del mandato, cercano a los dos años. Los estadounidenses, cuando han tenido la oportunidad más allá de las encuestas, han dejado clara la disonancia de financiar un conflicto internacional masivo mientras el costo de los alimentos, la vivienda y la energía alcanza niveles sofocantes. 

Este fenómeno económico ha socavado el argumento central de la Administración republicana, que basaba su viabilidad electoral en la prosperidad de la clase popular.

El factor Israel

El conflicto con Irán nace de la relación histórica y estratégica entre EEUU e Israel. Ambos atacaron a la República Islámica ya en 2025, ambos lo hicieron el pasado febrero. Desde el primer momento, hubo voces republicanas que pusieron en tela de juicio la necesidad de la guerra (empezando por Vance) y que incluso indicaron que el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, había inflado las amenazas para arrastrar a Trump a una guerra que llevaba buscando muchos años pero nunca encontró abrigo en el Despacho Oval. 

Ese alineamiento con Tel Aviv también parece haber jugado un papel determinante en estas elecciones. El apoyo incondicional militar y diplomático hacia las políticas de seguridad israelíes se convirtió en campaña en un tema de intenso debate, en múltiples frentes. Por un lado, una facción significativa del electorado, particularmente las bases más jóvenes, los votantes progresistas y las importantes comunidades árabe-estadounidenses en estados pendulares, expresaron un profundo rechazo a lo que percibían como un cheque en blanco a las acciones militares en la región. Aunque este bloque tradicionalmente presiona al Partido Demócrata, su movilización en contra de esta guerra cronificada afectó el clima electoral general, elevando el costo político de cualquier candidato que apoyara la escalada.

Por otro lado, dentro del propio espectro conservador, la doctrina aislacionista comenzó a chocar con la ortodoxia republicana del apoyo irrestricto a Israel. Seamos claros: la defensa de Tel Aviv y su Gobierno sigue siendo un pilar fundamental para los votantes evangélicos y los sectores tradicionales del partido, pero el ala populista del movimiento comenzó a cuestionar los compromisos financieros y militares de EEUU en el extranjero. Esta tensión interna hizo que la articulación de una política exterior coherente durante la campaña fuera sumamente difícil para los candidatos republicanos, quienes se vieron atrapados entre mantener la lealtad a un aliado histórico y responder a una base que exige priorizar las fronteras y los problemas internos.

Las encuestas que se han ido haciendo desde el 7 de octubre de 2023, cuando Hamás lanzó sus ataques contra Israel e Israel replicó con un genocidio, evidencian que la sociedad normeamericana ya no es tan proisraelí como antes: el pasado septiembre, la Universidad de Quinnipiac demostró que por primera vez la simpatía hacia los palestinos es mayor. 

El análisis post-mortem

El día después de las elecciones mostró un Partido Republicano en estado de shock y buscando chivos expiatorios. La pérdida de escaños cruciales, incluso en zonas tradicionalmente muy fieles, obligó a los líderes del partido a realizar un diagnóstico público de la derrota, lo que sacó a la luz profundas divisiones ideológicas en la cúpula conservadora.

Trump fue rápido en señalar la guerra como el motivo central del rechazo de los votantes, en una primera valoración en la que dijo que los demócratas habían hecho bien sus cosas y que él, por su parte, no tenía culpa de nada. El presidente atribuyó explícitamente la debacle al impopular conflicto. Esta narrativa es fundamental para entender la política republicana de hoy: al culpar a la guerra, el líder intenta desviar la responsabilidad de su propia influencia política, sus selecciones de candidatos y sus políticas domésticas. Todas ellas, claves esenciales también para entender lo que ha pasado. 

Sin embargo, esta postura ha geneado una paradoja institucional que se ha materializado en la figura del secretario de Guerra (defensa), Pete Hegseth. Tras el revés electoral, se han desatado intensos rumores y filtraciones a la prensa sobre la posible destitución del expresentador de la Fox, visto por muchos como el rostro del esfuerzo bélico y, por ende, del fracaso en las urnas. La presión de donantes, legisladores y estrategas para rodar cabezas está encontrando, por ahora, resistencia en el propio Trump.

La defensa pública que el mandatario ha hecho en estas horas de su secretario ilustra la complejidad de su estilo de liderazgo. A pesar de reconocer que la guerra fue tóxica en términos electorales, Trump ha decidido proteger a Hegseth, valorando la lealtad personal sobre la conveniencia política del momento. Defenderlo le permite proyectar fortaleza y control sobre su gabinete, evitando dar una imagen de capitulación ante las críticas de los medios de comunicación y del establishment de Washington. No obstante, esta decisión aún mantiene latente la tensión interna, puesto que obliga a los republicanos a defender a una Administración que se niega a purgar a los arquitectos de una política exterior que los votantes acaban de rechazar de manera contundente.

El factor JD

El reposicionamiento radical de J.D. Vance, el número dos de Trump, es lo más destacado de esta resaca, debate sobre Hegseth aparte. Como figura ascendente, potencial candidato presidencial para 2028 y voz principal del populismo conservador del MAGA, su reacción ante la derrota es de campanillas. 

Vance no se ha limitado a ofrecer excusas superficiales, sino que ha repudiado directamente la guerra con Irán. Al culpar explícitamente al conflicto y al consiguiente aumento del costo de vida por las pérdidas republicanas, Vance articula el sentir de cierta base del partido. Sus declaraciones, en las que pareció cuestionar la viabilidad e incluso la justificación continua del esfuerzo bélico, representan una ruptura con los halcones tradicionales de la política exterior estadounidense.

Este movimiento de Vance es una lectura directa del estado de ánimo del electorado. Al distanciarse de la maquinaria de guerra, está cimentando sus credenciales como el verdadero heredero del movimiento lanzado por el propio Trump, que ya no se puede presentar a más elecciones por limitación constitucional. Su discurso repudia la intervención extranjera no sólo por motivos morales o estratégicos, sino también económicos, argumentando que el país no puede permitirse el lujo de financiar guerras intercontinentales mientras sus ciudadanos no pueden afrontar los gastos de la canasta básica.

Saca la cabeza de cara a los comicios de dentro de dos años, apostando a que los votantes recompensarán a los líderes que prometan poner fin a las aventuras militares en el extranjero. Es un principio que él ya defendió a capa y espada en las últimas presidenciales y que le hicieron mostrarse molesto, también, cuando Trump lanzó su Operación Furia Épica. Fue sonada incluso su ausencia de días de la Casa Blanca en pleno inicio de la guerra. 

Las prioridades del votante

Lo emitido en las urnas ayer revela una profunda desalineación entre las prioridades de la clase política y las urgencias cotidianas del electorado. Los estrategas republicanos que diseñaron las campañas de mitad de mandato intentaron proyectar fuerza en la escena internacional, argumentando que una postura dura contra Irán y un apoyo férreo a Israel eran sinónimos de liderazgo global y seguridad nacional, como indica el Washington Post. 

Sin embargo, subestimaron drásticamente la capacidad de absorción del votante promedio frente a las narrativas de seguridad nacional cuando sus condiciones materiales se están deteriorando. La historia de las elecciones en USA enseña que, en tiempos de estrés económico severo, la política exterior rara vez rescata a un partido en problemas; por el contrario, suele actuar como un lastre.

Irán se convirtió en la lente a través de la que los votantes interpretaron todos los demás fallos de la Administración federal. Las interrupciones en la cadena de suministro no se vieron simplemente como problemas logísticos globales, sino como consecuencias directas de una política exterior beligerante. Igualmente, el apoyo incondicional a Israel, tradicionalmente un tema bipartidista seguro que movilizaba bases leales, enfrentó el escrutinio de un electorado que empezó a exigir condicionamientos y a cuestionar la asignación de ayuda extranjera masiva en tiempos de austeridad doméstica.

Ahora el resultado de las midterms altera sustancialmente el panorama político de los próximos dos años y establece el campo de batalla para las elecciones presidenciales de 2028... y, antes, para la política exterior por venir. La capacidad del Ejecutivo para financiar y expandir el esfuerzo bélico contra Irán se verá severamente limitada. Un Congreso recalibrado por el mandato de los votantes tendrá pocos incentivos para aprobar presupuestos de defensa expansivos o autorizaciones para el uso de la fuerza militar adicionales, lo que obligará a la administración a buscar salidas diplomáticas o a reducir la huella militar en la región.

En paralelo, el Partido Republicano se enfrenta a una batalla por su alma ante esto de los foreign affairs. El choque entre la vieja guardia de neoconservadores (que aún abogan por la proyección de poder militar y la defensa implacable de aliados como Israel) y la nueva ola de populistas aislacionistas liderada por figuras como Vance influirá las primarias del partido por venir. El aval de Hegseth por parte de Trump puede ser visto como un intento de mantener un equilibrio precario, pero las bases del partido están exigiendo un giro hacia adentro.

También la relación estratégica entre EEUU e Israel entrará en una fase de recalibración, obligatoria. La alianza de seguridad básica permanece intacta, Tel Aviv tendrá que navegar por un Washington donde el apoyo irrestricto ya no puede darse por sentado, independientemente de qué partido controle los pasillos del poder. Quién, no lo sabemos, porque tampoco hay alianzas claras tras las elecciones nacionales de la semana pasada. El escrutinio sobre la asistencia militar aumentará, se vigilarán los motivos para arrastrar el país a nuevas guerras en la zona y, quizá, el nuevo impulso demócrata llevará a exigir una mayor rendición de cuentas por los crímenes contra Palestina. 

Sumado al desencanto interno, el electorado estadounidense ha demostrado que posee un límite en cuanto a su tolerancia para las guerras de elección, ilegales, especialmente cuando los costos económicos se sienten de manera aguda en las mesas de las familias menos pudientes. Irán, en lugar de unificar al país bajo la bandera de la seguridad nacional, ha fracturado al electorado y ha castigado a sus arquitectos políticos.