Álex de la Iglesia: "La vida sana es un aburrimiento impresionante"
Vestidos de militares, un puñado de hombres pasea por los pasillos del palacio de Fernán Núñez en Madrid. La indumentaria es antigua, de otra época que no es ésta, pero tampoco puede concretarse. Son militares con uniformes de salón. De hecho, manejan una guerra por mediación de una maqueta a escala del campo de batalla. Allí han dejado un culillo de whisky sin beber. Sus pisadas hacen resonar las maderas y los sonidos de una mudanza rompen el hechizo. Hay gente vestida de negro, con ropa técnica, pantalones con bolsillos, moviendo máquinas, que descarga las órdenes de Álex de la Iglesia. De cerca, un rodaje se parece más a una mudanza que al cine. Ruedan El malentendido.
Basta de disimular. Todo es un poco confuso. Son varios los malentendidos que se acumulan en el rodaje de El malentendido. Primero, que no hay rodaje o no todavía. Los periodistas hemos visto un making of. Los crujidos del suelo salen de ahí. Algunos actores que no han rodado van a hablar, y Miguel Rellán, que sí acaba de rodar, se ha ido. Su trabajo acabó antes de tiempo. Hubo una hora muerta. Por las ventanas del palacio veía al equipo de Álex de la Iglesia en el bar. «Siento que suelo entender bien las cosas, pero no funciona. No lo hago mal. De verdad. Son los demás. Todo el rato hay malentendidos», confiesa Brays Efe.
Brays Efe lleva la voz cantante en el primer grupo de actores, el de los que no ruedan. No saben qué contar. «¿Tú qué sabes de la película?», contesta Hugo Silva. Pepón Nieto ha tenido otro malentendido hace poco difícil de resumir aquí. Antonio Resines, al otro lado del pasillo, es el portavoz de su corrillo. Levanta un poco el secreto. «De un malentendido se va a otro. Hay unas cartas...». Carlos Areces le corta. «Es la primera vez que hago una rueda de prensa sin haber acabado el rodaje», señala.
Aníbal Gómez dice lo primero que se le viene a la cabeza: «Acabamos de ver la película de Facebook [El poder de la red]». ¿Y qué tal? «Pues bien. Nos gustó más la otra [La red social]». El malentendido es una sátira. «Muy real. La estupidez y la crueldad están presentes en la guerra», dice Andrés Lima, tan rapado y con tanta barba. «Todo forma parte de un malentendido». Y trata de aclarar algunas cosas sobre la historia de El malentendido. «Las Naciones Unidas están reunidas. Un representante de un país llama 'fuerte' al representante de otro y la traducción juega una mala pasada: entiende 'gordo'. A partir de ahí se enreda todo».
Óscar Casas también tiene un malentendido habitual. «Suelo tener problemas con los nombres. Mi padre se aprendió el nombre de mi madre después de casarse. Es un problema ancestral en la familia. Tengo mis métodos para salir airoso. Una vez era el cumpleaños de la madre de mi novia, con la que llevaba varios años. Iba a felicitar a su madre, pero no me acordaba del nombre. Tuve que preguntarle cómo se llamaba su madre. Se quedó muy sorprendida. '¿Cómo no te acuerdas del nombre de mi madre?».
Álex de la Iglesia despacha en un aparte. Está sentado de manera contundente. Tiene un poco torcidas las gafas. «No sé qué Álex de la Iglesia soy ahora. No me observo desde fuera. Yo también participo del fenómeno. Soy el Álex de la Iglesia director, supongo. Que lleva tiempo intentando hacer esta película y por fin lo ha conseguido. Es una película complicada de rodar, de convencer y ha llevado tiempo, pero lo hemos conseguido. Pasa con todas. Lo normal es estar envuelto en cinco o seis proyectos y que salga uno».
Recoge un poco del polvorín que nos rodea. Lo traslada a una escalada del disparate que deriva en una guerra entre dos países inventados, Stalovaquia y Litovenia. «Vivimos un momento en que el dolor se nos queda en la garganta. La única manera de salir de ahí es con escudos, defensas. El humor es una de ellas», justifica la sátira. «Tenía ganas de hacerla porque tiene gente disfrazada. Es una comedia bélica que me recuerda a las películas antiguas que me han hecho feliz. No soy una persona que disfrute de las referencias o los guiños. Forman parte de mi educación. Es como si hablas de Historia y dices cuántos guiños hay a la Grecia Antigua. Pues todos. La manera de pensar y de hacer cine depende del cine que hayas visto. Aquí hay un poco de Sopa de ganso. El gran dictador. Senderos de gloria. Hay una sensación de comedia. De disfrutar con la estupidez ajena y la propia», comenta.
Álex de la Iglesia capta la temperatura ambiente: «La sensación es que vivimos en un momento donde es imposible comunicarse. Lo que dices se interpreta de otra manera. Es crónico. Dices una cosa con ánimo de halagar y es malinterpretada como un insulto. Todo es malinterpretable. En ese sentido, la comunicación es imposible. No hay manera de salir de ese agujero. Digo yo: ¿por qué no se une la izquierda? ¿Qué ha pasado?», se anticipa a la pregunta política en una entrevista que no iba a tratar la política.
La confusión avanza. El director de El día de la bestia (1995) mira fijamente. «Esta podría ser la primera o la segunda película de mi filmografía. En ese sentido no tengo una evolución. Soy una persona anclada en el personaje que quise ser a los 18. No tengo respeto a la madurez». ¿Ah no? «La reflexión, lo serio, la madurez están muy bien vistas. Desde luego, tengo mis objeciones. Porque visto lo visto los resultados no son buenos». Ser adulto es una máscara. «A mí siempre me habla el niño. No calla. Tampoco quiero hacer una vanagloria de la estulticia. Todo lo contrario. Precisamente los que son razonables en la película están en la guerra. Los únicos que son conscientes y entienden el mundo son los que sufren. Hay un paralelismo entre la maqueta del alto mando y la trinchera. Ves cómo se reproduce tristemente el movimiento del alto mando al campo de batalla. Tiene repercusiones en muertes. Ese es el punto de vista macabro de la guerra», dice el cineasta.
De la Iglesia instaló el primer día una consigna en los actores: «Esto no tiene gracia». Así que resulta una película satírica donde todo el mundo va muy serio. «Visto desde fuera, como en la vida, resulta ridículo. Los personajes están metidos en un drama. No tiene gracia. Lo gracioso, digo yo, es la situación. Lo importante es que la película tenga gracia en conjunto».
Y entonces garabatea De la Iglesia otra idea: «Ahora más que nunca hay que evitar la comedia. Digo en el mundo real. Hablar las cosas claras, que se me entienda y se nos entienda. La ficción tiene que estar para liberarnos. Necesitamos esos espacios para respirar un poco».
¿Qué le obsesiona? «Vivir es una obsesión. También tiene mucho de enfermedad», dice Álex de la Iglesia, un poco dolorido, en general. Habla como si le doliera. «Cuando la vida es sana me parece un aburrimiento impresionante. Los que reivindican lo saludable te empujan a una vida francamente aburrida. Me interesa la lucha, la confrontación. Dejar de comer porque te puede dar un ataque al corazón hace que comer tenga gracia. Es una especie de intento constante por generar una vida digamos moralmente aceptable», advierte.
Su malentendido es con la vida. «Vivir es exactamente lo contrario. Vivir es luchar. Enfrentarte a un deseo irrefrenable de hacer muchas cosas y superar los obstáculos. En esa aspereza es donde está la vida». Y ahí se queda, justo en el medio de la mudanza.