Lo que Arde Bogotá hace mejor que Oasis: luchar contra la plaga zombi en los conciertos
Mientras pulso F5 compulsivamente a ver si llega un mail con un código para comprar entradas de Oasis en Barcelona, pienso en Arde Bogotá. Puede parecer un truco similar a pensar en tu suegro durante el sexo para rebajar tensión, pero no. Ni hago ni admito bromas sobre el grupo de Cartagena desde que les utilicé como recurso faltón en una columna y su batería, Jota Mercader, hizo algo impensable en estos tiempos: me lo afeó de manera civilizada, sin echarme encima a sus fans y mantuvo un intercambio de opiniones en un tono tan agradable que casi lloro de la emoción. Poco después, además, me enteré de que su cantante y su bajista son del Atleti. Conclusión, tal vez no sean mi rollo, pero ni un puto chiste sobre Arde Bogotá en mi presencia. Punto.
Y esta semana, aún menos. Convertida en una banda que puede poner las condiciones que le dé la gana en sus giras, para presentar su nuevo disco han optado por tocar en salas con precios razonables y, lo mejor, una venta de entradas exclusivamente presencial, en taquilla y con un tope de dos por persona. La reventa y los instagramers lloran. Me alegro. Son los grandes enemigos de la música actual, incluso más que Ed Sheeran.
Por eso me acuerdo de Arde Bogotá mientras asumo que no veré a los Gallagher y sí lo harán tropecientas personas con parkas compradas el día antes en Temu y que sólo acudirán para poder grabarse balbuceando ‘Wonderwall’, esa que les suena porque la cantaba Bellingham en el Mundial. Pueden llamarme snob, nazi y denunciar que reparto carnets de autenticidad. Con la plaga de farsantes en los conciertos lo soy y no los reparto, pero me gustaría.
Los únicos que pueden frenar esto son esos músicos que van a llenar aunque obliguen a los fans a ir a sus casas para pillar la entrada. Ya muchos han intentado modelos de venta más restrictivos, de los códigos de Oasis o Radiohead al bloqueo de los tickets hasta horas antes del bolo de Leiva. Ayuda algo con la reventa, pero no soluciona la invasión zombi. Lo de Arde Bogotá sí lo hace pues implica un esfuerzo y un interés real. Entiendo los peros, especialmente de quienes no tengan la suerte de que su grupo favorito toque y, por tanto, venda en su ciudad, pero antes era así y conseguíamos ir.
Es una solución imperfecta, pero ojalá se extendiera. Por desgracia, no va a pasar y seguiremos viendo engendros como el mercadillo que ha montado Shakira en Madrid para gente que, si no, estaría igual de feliz de tardeo en Jorge Juan. Es una deriva imparable, pero se agradece que cuatro chavales de Cartagena se opongan. Ya se les podría haber ocurrido a los dos hooligans de Manchester. Cabrones.