Los 323 legionarios fusilados por falangistas en octubre de 1936
Cada uno será lo que quiera / nada importa su vida anterior, dice La canción del legionario y esos dos versos son importantes para explicar la historia de Los legionarios rojos. La rebelión del Tercio Sanjurjo (Aragón 1936). El libro publicado por el historiador soriano Fernando Ballano (editorial KDP) fija los hechos en uno de los episodios más escalofriantes de la Guerra Civil Española: el fusilamiento masivo de los milicianos legionarios de la Bandera Palafox en los primeros días de octubre de 1936, despachados en tandas de 20 por falangistas, combatientes de su propio bando, a unos metros de la Academia General Militar de Zaragoza.
Aquel fleco de la guerra es tan brutal que su historia ha circulado durante 80 años entre la leyenda y el silencio incómodo. Ballano ha encontrado 19 versiones de las ejecuciones del 2 de octubre, pero todas ellas aparecen en libros de historia local y en blogs aficionados, lejos de los grandes libros de divulgación. Algunos relatos de los hechos le parecen erráticos y otros, disparatados. Algunos cuentan 10 fusilados. Otros, 800. Su investigación, expediente a expediente, permite dar una cifra casi cierta: hay 323 asesinatos registrados en los archivos y tres casos más dudosos.
«Nada importa su vida anterior» Por ahí empieza la tragedia del Tercio Sanjurjo: el comandante José Peñarredonda, legionario retirado del servicio gracias a la Ley Azaña de 1931, estaba en Zaragoza en el verano del golpe de Estado. La ciudad cayó del lado de los rebeldes, pero gran parte de la provincia fue leal al Gobierno y las tropas de Cataluña lanzaron una ofensiva hacia Aragón. Peñarredonda se unió entonces a la rebelión como un condotiero italiano. Creó una milicia gobernada por los códigos de la Legión y convocó a los mozos de Zaragoza a ese pequeño ejército personal que habría de quedar a las órdenes de la dirección de milicias, el mando que coordinaba a los combatientes carlistas y falangistas.
Su pequeño ejército recibió el nombre de Tercio Legión General Sanjurjo y nació con la expectativa de sumar tres banderas (así se denomina a los batallones en la Legión) de 500 combatientes cada una. La primera, llamada Valenzuela, estuvo completada en agosto a través de llamamientos en la radio y prensa de Aragón, Soria, La Rioja y Navarra. En la convocatoria, Peñarredonda exponía la clásica invitación de la Legión: «Da igual lo que hayáis hecho hasta ahora, en La Legión podréis redimiros». Lo que no consideró Peñarredonda es que, en el verano de 1936, un mensaje así no iba a calar entre balas perdidas de la vida, como en otros tiempos, sino entre los izquierdistas de la zona a los que la guerra dejó en la España equivocada. La Legión era su manera de salvar el pellejo.
«Entrar en la Legión significaba, para empezar, estar a salvo de que un descontrolado les metiera un tiro», explica Fernando Ballano. «En los dos lados hubo muchísimos casos así, gente que se apuntó voluntaria para no ser represaliada por su ideología. También hubo amenazas: 'Al tercio o a la cuneta', se decía».
El problema en Zaragoza fue la escala: la Legión, como cualquier ejército en guerra, podía absorber a algunos sospechosos de deslealtad y podía prever algunas deserciones. Pero no podía basarse en batallones enteros de potenciales enemigos. «Fue una ocurrencia terrible», dice Ballano.
La segunda bandera de la Legión Sanjurjo recibió el nombre de Palafox y su recluta se llenó, casi exclusivamente, de militantes de UGT y CNT, muchos de ellos paisanos de los mismos pueblos. «La Ribera de Navarra era una comarca de latifundios y de braceros, muy politizada, muy de izquierdas», explica Ballano. Por eso, en lugares como Sartaguda no ocurría que hubiera algunos jóvenes perdidos en el lado equivocado. Ocurría que era el pueblo entero el que tenía un problema de lealtad imposible.
«De Sartaguda salieron 108 hombres para la bandera Palafox. 30 de ellos fueron considerados no aptos y 78 se convirtieron en legionarios», cuenta Ballano. Sus compañeros de armas eran aragoneses, alaveses, riojanos y sorianos, sobre todo, que, como ellos, combatían para su enemigo. Se conocían de antes y se reconocieron mientras recibían instrucción en septiembre, en las campas de San Gregorio, junto a la Academia General Militar. ¿Conspiraban?
En los últimos días de septiembre de 1936, los combates en Aragón cercaban las ciudades de Huesca y de Teruel y estaban cerca de Zaragoza. La situación era mala para el bando golpista y los mandos enviaron la bandera Palafox al pueblo de Almudévar, en Huesca, con el propósito de atacar al enemigo en Tardienta y Santa Quiteria. Esa noche, antes de entrar en combate, dos, quizá tres legionarios, desertaron. Al día siguiente, los partes de guerra del Gobierno de Madrid contaron que 400 compañeros suyos se habían rebelado y se habían unido al Ejército Popular Republicano y el diario ABC dio la noticia.
¿Fue esa noticia falsa la que condenó a los legionarios rojos de Almudévar? El 1 de octubre, antes de que los soldados entraran en combate, sus mandos los desarmaron y los enviaron de vuelta a Zaragoza. Los instalaron en la Academia General Militar y, al día siguiente, los mandaron fusilar. Las ejecuciones llevaron seis días, del dos al nueve de octubre y, entre las 19 versiones del caso de la Legión Sanjurjo que Ballano ha encontrado, hay explicaciones de todo tipo. Chivatazos, espionajes, malentendidos... Su investigación llega a dos conclusiones ciertas: uno, la rebelión de los legionarios rojos era un hecho cierto, según relataron los pocos supervivientes de la matanza. Y dos, la decisión no fue un brote paranoico en respuesta a las informaciones que llegaban desde el otro lado. Hubo una filtración que llegó a los oficiales y llevó al desastre.
Los fusilamientos, explica Ballano, entraban dentro de la legislación militar para traición. «Los juicios sumarísimos pueden durar cinco minutos», dice. Eso no significa que aquellas sacas no fueran una desgracia para sus autores. «Lo previsto en los códigos legales era que fuesen compañeros de armas los que fusilaran a los condenados. A los legionarios los debían fusilar otros legionarios. En el caso de la Bandera Sanjurjo no ocurrió así. Fueron falangistas los que dispararon. Peñarredonda se negó a que sus tropas hicieran esa tarea. Los dos capellanes también renunciaron a sus puestos».