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Mayores para encontrar trabajo, pero no para montar un negocio: “Desaprovechar el talento es una pérdida para la sociedad”

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Cuando Carmen Olmedo decidió dejar un empleo estable en la industria farmacéutica para crear Menoara tenía 51 años. No estaba en paro ni buscaba una salida desesperada. Había detectado un vacío: la escasez de soluciones específicas para la menopausia. “Si iba a dar el paso, mejor hacerlo desde una posición de fortaleza que esperar a que las circunstancias decidieran por mí”, recuerda.

Su caso rompe con el perfil más habitual del emprendimiento sénior en España. Porque, aunque el imaginario colectivo asocia al emprendedor con alguien joven, dispuesto a asumir riesgos y a crecer deprisa, la realidad es bastante distinta cuando se superan los 55 años. Ahí, emprender suele ser menos una aventura que una estrategia para seguir trabajando.

Así lo refleja el informe 'El emprendimiento sénior en España', elaborado por el Centro de Investigación Ageingnomics de Fundación Mapfre junto al Observatorio del Emprendimiento de España. El estudio concluye que el 9,9% de los españoles mayores de 55 años desarrolla alguna actividad emprendedora. Son menos que en otros grupos de edad, pero cuando crean una empresa la mantienen con más éxito: su tasa de abandono es del 1,2%, frente al 4,5% de quienes tienen entre 50 y 54 años y el 4,1% de los menores de 50.

La explicación, según Juan Fernández Palacios, director del Centro de Investigación Ageingnomics, está en algo menos llamativo que la innovación tecnológica pero igual de determinante: la experiencia. “Cuando un sénior se decide a emprender tiene mucho más claro el camino a seguir. La experiencia profesional, el conocimiento acumulado y una red de contactos consolidada ayudan a reducir errores”, explica.

El emprendimiento como alternativa al edadismo

Los datos del informe dibujan una paradoja. España envejece y el colectivo sénior representa ya más de un tercio de la población, pero el mercado laboral sigue expulsando a quienes superan cierta edad. Desde 2008 el paro entre mayores de 55 años prácticamente se ha duplicado y ya supera las 500.000 personas. Además, seis de cada diez desempleados sénior llevan más de un año buscando trabajo tal y como señala el documento.

Ese contexto explica por qué el 57% de los emprendedores entre 55 y 64 años reconoce que montó su negocio simplemente para “ganarse la vida”. Entre quienes ya han consolidado su empresa, el porcentaje alcanza el 65%.

“Lo que dicen estos datos es que las empresas no están contratando, en muchos casos por una mera cuestión de edad, a personas que todavía quieren seguir activas”, resume Fernández Palacios. Aunque matiza que no todo el emprendimiento sénior nace de la necesidad. “También hay un porcentaje importante que emprende para aprovechar oportunidades de negocio o continuar una tradición familiar. No todo el emprendimiento sénior es forzado”.

Olmedo pertenece precisamente a ese segundo grupo. “La chispa llegó cuando empecé a vivir en primera persona la perimenopausia y me di cuenta de lo poco atendida que estaba esta etapa. Vi que podía aportar desde mi conocimiento y experiencia”, explica.

El miedo no desaparece, pero cambia

Emprender a los 25 y hacerlo a los 55 implica riesgos diferentes. Mientras los más jóvenes suelen preocuparse por encontrar financiación o validar una idea, quienes se acercan a la jubilación añaden otra pregunta: ¿y si sale mal?

El informe revela que solo un tercio de los emprendedores sénior considera fácil poner en marcha un negocio y que el miedo al fracaso sigue presente, especialmente por el posible impacto económico sobre la jubilación.

“Claro que sentí miedo”, admite Olmedo. “Dejaba atrás una situación estable y no sabes si el mercado responderá. Pero contar con programas de acompañamiento, mentores y una red de apoyo ayuda muchísimo. Y cuando lo piensas con calma, todavía te quedan más de quince años de vida activa. Son demasiados para vivirlos desde el miedo”.

Paradójicamente, esa prudencia parece convertirse después en una ventaja. El estudio muestra que el 82% de los emprendedores sénior cree disponer de los conocimientos y habilidades necesarias para sacar adelante su proyecto, un porcentaje muy superior al de otros grupos.

La experiencia también enseña a crecer más despacio

Sergi Rosés tenía ya más de cuarenta años cuando, junto a dos amigos de toda la vida, decidió convertir en empresa lo que había empezado casi como un pasatiempo: electrificar embarcaciones tradicionales. Hoy Electric Inside Boats desarrolla barcos eléctricos alimentados por energía solar y participa en la transformación de la náutica sostenible.

Rosés también identifica una diferencia clara entre emprender joven y hacerlo después de décadas de trayectoria. “Cuando eres joven quieres crecer muy deprisa. Con el tiempo aprendes a validar antes el producto, a no crear estructuras innecesarias y a equivocarte menos”, explica. “Ahora priorizamos hacer solo los proyectos que realmente tienen sentido. Eso también forma parte de la experiencia”.

Su empresa nació sin la presión de tener que generar ingresos inmediatos. Los tres socios mantuvieron sus trabajos mientras el mercado maduraba. “Si hubiéramos necesitado vivir de esto desde el primer día, la empresa ya no existiría”.

Esa ausencia de urgencia económica permite otra característica que el informe también detecta: los emprendedores sénior priorizan más el impacto social y ambiental que el crecimiento acelerado. Siete de cada diez empresas consolidadas lideradas por mayores de 55 años sitúan ese propósito entre sus prioridades.

Las mujeres siguen partiendo desde más atrás

La edad no afecta igual a hombres y mujeres. El estudio muestra que el 9,1% de los hombres mayores de 55 años dirige empresas consolidadas, frente al 5% de las mujeres.

Para Olmedo, la explicación empieza mucho antes de los cincuenta. “Muchas mujeres de mi generación seguimos gestionando casa, hijos y cuidados familiares. A eso se suma que socialmente no se percibe igual a un hombre maduro que a una mujer madura. A ellos la edad les aporta autoridad; a nosotras muchas veces nos resta credibilidad”, sostiene.

Fernández Palacios coincide en el diagnóstico. La brecha responde, dice, a décadas de menor participación femenina en el mercado laboral y a una distribución desigual de los cuidados, que sigue limitando las posibilidades de muchas mujeres para desarrollar una carrera profesional o emprender.

Las ideas también se jubilan

No todos los proyectos llegan a convertirse en empresa. Antonio García, piloto jubilado, lleva años imaginando soluciones para facilitar la movilidad de las personas mayores en los campos de golf. Diseñó un carrito eléctrico capaz de transportar al jugador en las cuestas y circular después como carro convencional.

Llegó a invertir dinero en prototipos y buscó fabricantes interesados. Nunca encontró el apoyo necesario. “No soy empresario; soy prescriptor. Yo quería crear algo útil, no montar un negocio”, resume. Reconoce que el desánimo de su entorno familiar también influyó. “Si hubiera encontrado un socio que supiera de marketing, de finanzas y hubiera tenido apoyo familiar, quizá habría sido distinto”.

Su historia ilustra otra realidad menos visible del emprendimiento sénior: muchas buenas ideas nunca llegan al mercado, no tanto por falta de creatividad como por ausencia de redes, acompañamiento o perfiles complementarios.

Un talento desaprovechado

El informe también detecta asignaturas pendientes. La innovación tecnológica disminuye con la edad y solo uno de cada diez proyectos recientes presenta un grado medio-alto de innovación. Sin embargo, la mayoría de emprendedores sénior reconoce el potencial de herramientas como la inteligencia artificial para mejorar la productividad, aunque reclama más formación.

Fernández Palacios cree que las administraciones todavía tienen margen para actuar. Entre las medidas prioritarias propone facilitar la compatibilidad entre pensión y trabajo mediante fórmulas como la jubilación activa, además de reforzar incentivos específicos para quienes emprenden en la última etapa de su vida laboral.

Porque, sostiene, el problema ya no es demográfico sino económico. “El talento sénior es un activo estratégico. Si vivimos más años, con mejor salud y capacidad para seguir trabajando, desaprovechar toda esa experiencia es una pérdida para toda la sociedad”.

Mientras tanto, Olmedo lanza un mensaje a quienes siguen dudando si ya es demasiado tarde. “Lo peor que puede pasar es descubrir que tu idea no funciona. Lo mejor es darte cuenta de que todo lo aprendido durante años tiene mucho más valor del que pensabas”.