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Mi nueva obsesión

· Culture

Lleva tiempo trotando por internet una queja pseudocinéfila sobre cómo se encuadran las películas de un tiempo a esta parte. Parece ser que ahora lo que se lleva es dirigir nuestra atención al centro del plano. Se arrejuntan en el medio las caras parlantes, las explosiones, los besos y las zancadillas y se vacían los laterales con el mezquino propósito de facilitar el recorte de cachitos verticales que van para TikTok.

Es una teoría a la que no le doy mucha validez, pero me acordé de ella de golpe viendo las primeras secuencias de Obsesión. Me sorprende que los tiquismiquis de turno no hayan acusado a Curry Baker de jovenzuelo tiktokero centrista porque el 97% de los planos de su ópera prima están compuestos como si la cámara fuese el punto de mira de un francotirador. Lo asombroso es que el atrevimiento, en vez de resultar en otra imitación de los retablos simétricos de Wes Anderson, trampea por lo bajini. Por momentos podría parecer que Baker es un director normal, pero no hay nada en Obsesión que no sea extraordinario.

El cine de terror con ambiciones lleva demasiados años exprimiendo la teta de Ari Aster y Jordan Peele, recurriendo por sistema a las historias de lazos familiares, fetichizando los traumas de los protagonistas y, lo que es peor, asegurándose de que el subtexto esté tan claro y tan a la vista como la fecha de estreno.

Mis prejuicios me habían llevado a sospechar que Obsesión iba a ser la enésima metáfora feminista subrayada, en negrita y cursiva contra un telón de padres ausentes y madres desquiciadas, con múltiples citas a la Generación Z y demás tics marca A24. Para mi sorpresa, Curry Baker parece querer devolver al terror a su patria original, donde campan a sus anchas la ambigüedad, el deseo, la culpa, el tormento, la magia sin explicaciones y los pecados sin excusa psicoanalítica. Sí, Obsesión es puro terror gótico.

No tenía pensado citar otra vez a Sam Raimi, pero Obsesión es hermana gemela de una película a la que no se parece en nada, Posesión infernal (1981). Coinciden en lo superficial, un novio tontolaba con mucha mandíbula, una novia endemoniada y un sortilegio. Pero también en lo más importante: las dos son el primer largometraje de dos cineastas que tuvieron que inventarse una nueva manera de hacer una película barata sin sacrificar ni un gramo de sus ambiciones creativas. El debut de Raimi proyectó el cine de terror al futuro. El de Curry Baker, como mínimo, le devuelve lo mejor de su pasado.

Sin más, procedo a descorchar el champán. Y si para que esto sea una crítica es necesario poner estrellas, ponedlas vosotros, poned las que queráis.