Ormuz y 'Súper Niño', el cóctel explosivo que amenaza con desatar una crisis alimentaria: los cuatro posibles escenarios
La seguridad alimentaria mundial se enfrenta a una de sus pruebas más complejas en décadas. La coincidencia temporal de severas tensiones geopolíticas en Oriente Medio con la llegada de un fenómeno meteorológico extremo del Súper Niño sitúa al planeta al borde de una nueva crisis de suministros, según advierte un reciente análisis de prospectiva publicado por el centro de estudios estadounidense Atlantic Council.
El informe, elaborado por los analistas Peter Engelke y Ginger Matchett, plantea que dos fuerzas críticas están colisionando simultáneamente: por un lado, las interrupciones en el tránsito marítimo por el estrecho de Ormuz -vital para la exportación de gas natural y petróleo-, que han encarecido drásticamente la producción mundial de fertilizantes nitrogenados; por otro, una anomalía térmica en el océano Pacífico de más de dos grados centígrados por encima de lo habitual, antesala de un Súper Niño capaz de alterar los patrones de lluvias, sequías e inundaciones en los principales graneros del mundo.
"Esta combinación de medidas previene los peores desenlaces, evitando por muy poco que esta crisis alimentaria degenere en violencia, revolución y un colapso sistémico", avisan los expertos.
A través de una matriz de prospectiva que cruza la velocidad de normalización en el estrecho de Ormuz con el grado de severidad del fenómeno climático, los expertos del Atlantic Council trazan cuatro posibles escenarios para el periodo 2026-2027:
Salvación por la mínima
En el más optimista de los futuros, un acuerdo diplomático permite reabrir el tráfico en Ormuz, reduciendo los precios energéticos, mientras que los estragos climáticos se mantienen de forma desigual y contenida. Con medidas de cooperación internacional -por ejemplo, evitar prohibiciones a la exportación de granos básicos y recurrir a biofertilizantes-, el mundo lograría sortear un colapso sistémico pese a la persistencia de precios elevados.
Lo cierto es que hoy el conflicto EEUU-Israel-Irán está lejos de resolverse y, aparentemente rotos los contactos diplomáticos, lo que tenemos sobre la mesa es un plan de castigo económico de Washington a Teherán anunciado ayer mismo.
Revueltas políticas localizadas
En este escenario, el paso por Ormuz (ese por el que antes de la guerra cruzaba el 20% del crudo mundial) continúa restringido, manteniendo los precios de los fertilizantes por las nubes, aunque el impacto climático es moderado a escala global. Aun así, las regiones más castigadas por sequías extremas, como partes del sur de Asia, Centroamérica y África subsahariana, experimentan fuertes subidas de precios, desencadenando protestas sociales y tensiones gubernamentales.
Desastres ecológicos y malestar extendido
Pongamos que la navegación en el estrecho se restablece rápidamente, aliviando el coste de los fertilizantes; no obstante, El Niño, en versión XXL, golpea a nivel planetario con lluvias torrenciales, inundaciones y olas de calor que arruinan cosechas sin que existan regiones capaces de compensar las pérdidas. La carestía de alimentos básicos se generaliza, afectando tanto a países en desarrollo como a economías avanzadas.
El peor de los escenarios: colapso y crisis
La combinación de precios energéticos desorbitados y una devastación climática generalizada crea una situación insostenible. En este panorama, el comercio internacional se fragmenta con medidas proteccionistas, el hambre se dispara, sumándose a las estimaciones del Programa Mundial de Alimentos, que prevé decenas de millones de personas adicionales en situación de inseguridad alimentaria. Por todo ello, se desatan revueltas por alimentos, crisis migratorias masivas y el quiebre institucional de estados vulnerables.
"Los flujos migratorios procedentes de Estados fallidos desencadenan crisis políticas en otros países -pensemos en los resultados del colapso de Siria en 2011, pero multiplicados por varias veces-, con consecuencias impredecibles que repercutirán durante años", escriben.
El documento concluye subrayando que la diferencia entre el escenario más manejable y el colapso absoluto no dependerá únicamente de los factores naturales o de los costes energéticos, sino de la respuesta política de la comunidad internacional. "El desafío al que se enfrentan los gobiernos del mundo es mucho mayor que en 2022, porque el impacto acumulado del fracaso de múltiples graneros y el aumento vertiginoso de los costes de los insumos hacen que la cooperación sea mucho más difícil de lograr", reconocen.
Medidas como el mantenimiento de las cadenas de suministro abiertas, el apoyo focalizado a los agricultores vulnerables y el fomento de alternativas sostenibles a los fertilizantes tradicionales serán determinantes para evitar que el encarecimiento de la comida derive en una crisis humanitaria y geopolítica global.