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Para lo que me queda en el convento

· Culture

Le agradezco infinitamente a mis jefes que me permitan tomarme la libertad más dolorosa para el medio, no depender de los temas de actualidad para escribir mis columnas. Sé que dos tercios de los lectores sólo prestan atención a lo que les resulta reciente y familiar, como les pasa a los bebés, pero merece la pena que nos hayan abandonado a estas alturas del párrafo porque el regalo que os voy a dar a los que seguís conmigo, el Tercio Gourmet, el Club Diamante de La Penúltima de los Sábados, es espectacular.

Hace un puñado de Penúltimas me prometí prestar atención a la obra de Steven Conrad, el autor de DTF St. Louis, una serie de televisión en la que el minuto más insignificante está escrito y rodado con la misma ambición que otras reservan para la primera secuencia y la última.

La mayoría de promesas adultas de este tipo se las lleva el viento, pero he tenido la suerte de ver su obra anterior, Patriot (2015), una serie sobre un agente encubierto de la CIA que pierde un maletín. Al igual que su protagonista, esta serie pareció obligada a pasar desapercibida. Su título, su punto de partida y su plataforma, Prime Video, son el disfraz perfecto de una adaptación más de Tom Clancy. Pero el espía de Patriot tiene una doble vida como cantautor. De hecho, es su auténtica vocación, y cada vez pone más esfuerzo en la calidad de su música y la sinceridad de sus letras. Una buena noticia para la música folk, pero muy mala para la CIA.

Pero no se vayan todavía, aún hay más. En este punto pensaréis que Patriot es una comedia mezcla de géneros, como lo fue la espléndida Barry, de Alec Berg y Bill Hader. En realidad sí se parece a Barry, pero a su última temporada, en la que Hader se apoderó de la cámara y descubrimos que bajo su identidad de cómico de la cantera SNL se escondía un autor con mayúsculas más interesado en la gramática de David Lynch y Charlie Kaufman que en los cachivaches de la comedia convencional.

Patriot ya empieza volando así de alto, con un guion y una puesta en escena que parecen inspiradas por la coreografía de un toro mecánico. El protagonista echa a perder su identidad secreta en las primeras escenas y la escala de sus múltiples problemas crece al ritmo exponencial del cine catastrófico. Pero es en la segunda temporada donde la apuesta sube hasta rozar las cimas que conquistó la tercera temporada de Twin Peaks. Me pregunto si Steven Conrad era consciente de que la serie iba a ser cancelada y si esa es la razón por la que Patriot se permitió volar tan cerca del sol y zambullirse en un océano abarrotado de medusas asesinas. La última escena es la alegoría perfecta de lo que debería ser el arte por defecto, una aventura extrema y probablemente suicida.