Ponga un Merino en su vida: Mikel rescata a España de las garras de Croacia
Mikel Merino tiene algo. ¿Qué es? Vaya usted a saber. Pero Mikel Merino tiene algo. Y no es poco. Pero, ¿qué es? ¿Es rápido? No. ¿Va bien de cabeza? Bastante, pero vaya, que... ¿Tiene regate? No. ¿Tiene agilidad? No. Entonces, ¿qué tiene Mikel Merino? Pues vaya usted a saber. Pero el resumen es que España estaba pasando un mal trago contra Croacia, un mal trago de verdad, y fue salir él en el descanso y cambiar la noche para varias cosas: para salvar la racha de imbatibilidad (van 42 partidos), con otra victoria; para certificar la clasificación de España para los cuartos de final de esta Liga de Naciones (se jugará el primer puesto en los dos partidos de noviembre) y para dejar claro que hay que poner siempre en tu vida, y en tu equipo, a un Mikel Merino. ¿Por qué? ¿Qué tiene? Vaya usted a saber. [Narración y estadísticas].
Bueno, en realidad hay algo que sí tiene: el fútbol en la cabeza. Sabe estar siempre en el sitio del campo donde se le necesita, es capaz de detectar los espacios libres como nadie y luego, pues en fin, que el balón le quiere y la efectividad es suya. Dos remates, dos goles. Chimpún. Una Croacia corajuda, herida en su orgullo, miró a España a la cara, se lo hizo pasar mal y hasta se puso por delante. Pero con quien no pudo fue con Mikel Merino. Ponga uno en su vida. O en su equipo. Le vendrá bien. Y también, si puede, ponga un Unai Simón, que sostuvo a España en los peores momentos e hizo tres paradas antológicas.
Bilic se la jugó a todo o nada. Acaso no podía hacer otra cosa, pero puso en el campo toda la calidad que tiene. Perisic volvía a donde fue grande, como extremo izquierdo, aunque terminó siendo casi lateral, y Kovacic y Modric vivían agazapados. Especialmente dañino para España fue Kovacic en la primera parte. Pululando alrededor de Rodri, le buscó la espalda en los primeros 20 minutos y sus compañeros le encontraron dos veces. El futbolista del City condujo y fue el generador de las dos mejores ocasiones croatas. Una la salvó Unai, pero la siguiente no pudo. Su rechace, esta vez, encontró a Perisic, que no falló.
Era un escenario idílico para los de casa, obligados como estaban a lavar su imagen, más allá del resultado, después de la catástrofe de hace unos días contra Inglaterra. Envalentonados por el aliento del público, dispuesto a perdonar la afrenta, el equipo de Bilic se dispuso a defender ese gol con uñas, dientes y lo que hiciera falta. España, mientras, trataba de templar gaitas, sobre todo después de que un error grosero en la salida de balón de Laporte dejase a Matanovic mano a mano con Unai casi en el mismo balcón del área pequeña. El punta del Friburgo se la dio al portero.
La campeona del mundo, que había puesto todo lo que tenía sobre el campo (fue el once de la final del Mundial, excepto Pubill y Pedri), no se veía por detrás en el marcador desde hace casi un año, en un intrascendente partido contra Turquía. Si miramos partidos serios, el último precedente de verse abajo fue en marzo de 2025 contra Holanda. Ante semejante escenario, el equipo hizo lo que sabe hacer. Cogió el balón y fue, poco a poco, empotrando al rival, ahí ya sí, a la media hora, instalado en un 5-4-1 de manual, contra su portería. Unai les quedaba a 60-70 metros, y eso para jugadores tan veteranos como los del centro del campo croata son muchos metros. Aun así, como son veteranos pero buenos, el susto no desapareció. España tenía la pelota y dejó de pasar apuros obvios, pero tampoco fue capaz de generar mucho. Un remate de Oyarzabal y otro de Lamine ya casi al final de la primera parte fueron lo único que se le puede apuntar.
Pero lo dicho. Tras el descanso, De la Fuente metió a Merino en el lugar de Baena y tiró a Olmo a la izquierda. Y Merino, por si no se habían dado cuenta, tiene algo. No se sabe muy bien qué es. Resulta difícil definirle. Pero tiene algo. Con su movilidad, con su entusiasmo, con su lo que sea, España mejoró. Y mucho. Y empezó a generar ocasiones, ahora sí. Dos clarísimas. Una de Lamine (mala noche la suya), que cuando tenía todo a favor para marcar decidió incomprensiblemente tirarse a la piscina buscando un penalti que, por supuesto, no fue, y otra de Dani Olmo. El empate, cómo no, y el gol de la victoria, cómo no, fueron cosa de Mikel Merino. ¿Qué tendrá?
Por el camino, entre los dos goles españoles, curiosamente las dos mejores opciones fueron para Croacia, ambas de Perisic. La parada que le hizo Unai tras un error monumental de Zubimendi fue antológica. El portero del Athletic de Bilbao fue el otro gran héroe de la noche. Ahí salvó España el partido, porque inmediatamente después Cucurella, muy listo, le sacó a él, a Perisic, la segunda tarjeta amarilla. El resto, el segundo gol de Merino, era cuestión de tiempo. Porque algo tiene.