Raúl Arévalo: "Está bien pasar baches. No está bien tenerlos, pero es sano saber pasarlos"
De repente, el director de Tarde para la ira. De repente, el protagonista de La isla mínima. De repente, el secundario excesivo e inolvidable de Gordos. Desde su debut en la serie Compañeros en 2001 a ahora mismo, pocos actores definen de forma tan precisa, para todo lo bueno y algo de lo malo, al cine español. Y siempre, de repente. Hace 20 años, su papel en AzulOscuroCasiNegro le cambió la vida justo en la misma medida que lo hizo conocer a Antonio Banderas en El camino de los ingleses. Ahora, vuelve con las ganas renovadas, el cuerpo entero y los ojos perfectamente abiertos. Lo hace después, dice, «de un bache». Y lo hace, y esto es lo que cuenta, sin pedir permiso. De repente. Tras su participación al lado de Javier Bardem en El ser querido, de Rodrigo Sorogoyen, suyo es el papel de gran putero -cabeza rapada, veinte kilos de más y un acento que desconcierta- en El castillo, la serie de Isabel Peña, Eduardo Villanueva, Elena Martín y Sandra Romero llamada a ser la producción para televisión del año. Suyo también es el personaje principal en el inminente próximo trabajo de Fernando León de Aranoa. Y suyo, el empeño de insistir en la irresistible carrera de director que dejó nada más empezar. De repente, un tipo de Móstoles de 46 años llamado Raúl Arévalo.
- ¿En qué momento de su carrera diría que se encuentra ahora mismo?
- Sin duda, en el mejor.
- Eso lo dirá siempre.
- Para nada. Jamás me he atrevido a contestar algo así. Si lo hago ahora es porque es la verdad. Y no es porque esté orgullosísimo de lo que he hecho últimamente, que también, sino porque me siento muy tranquilo conmigo mismo y con la gente con la que estoy. En lo que se refiere al trabajo, poder hacer el El castillo o rodar junto a Bardem en El ser querido o empezar a escribir el guion de mi próxima película de director... Todo coincide. Otras veces, me sentía en una vorágine de estrés y mucho trabajo. Miro todo aquello desde este momento y... me da mucha pereza.
- Tanto optimismo, ¿es la edad o un ataque de madurez repentino?
- De todo. Algo tiene que ver que te haces mayor y otro poco la terapia. Es un cúmulo de cosas. Me imagino que en algún momento me puede llegar otro bache, pero de momento estoy muy relajado.
- ¿Cómo es eso de los baches?
- Creo que está bien pasar baches. O sea, no está bien tenerlos, claro, no le deseo mal a nadie. Digo que es sano saber pasarlos. Te hace ver las cosas de otra manera. Más de verdad. Es más, como actor y como director te enriquece mucho. No soy masoquista, cuidado. Es decir, yo veo la cara de gente como Bardem y notas que tiene vida, que ha vivido. De joven admiraba a los actores mayores porque se notaba por su rostro que había algo, que habían sufrido, y eso se veía en los personajes que hacían. Supongo que yo ahora soy ese actor mayor.
- Desde 2022 que ha estado medio desaparecido, ¿Qué ha hecho?
- Básicamente, lo he dedicado a replantearme muchas cosas. Y me ha venido muy bien. Ahora mismo afronto las cosas con otra energía y, en general, contemplo el mundo desde una perspectiva nueva. Creo sinceramente que es importante saber parar a tiempo. Es muy fácil dejarse llevar por la locura que te rodea.
- ¿Se sintió sobrepasado por la profesión, por el éxito, por qué exactamente?
- Te vas cargando de cosas y al final no das más de sí. No es que me sintiera sobrepasado, sino más bien que, de repente, me veía todo el día viajando de un lado para otro... Me metí en una dinámica en la que hacía una película a la vez que rodaba una serie y todavía me apuntaba a unos bolos de teatro que me quedaban pendientes. Y eso ya no.
- Hace ya diez años de Tarde para la ira, una película que fue al Festival de Venecia, que ganó cuatro premios Goya, incluidos el de mejor película y dirección novel... ¿Qué ha pasado? ¿Por qué no continuó?
- El otro día fui a la Academia a celebrar precisamente estos diez años y, lo pienso y, joder, fue muy bonito. No sé cómo contestar, solo sé que he vuelto y que el nuevo proyecto me apetece mucho. Lo único que alcanzo a decir es que aquello no fue un capricho de actor. Yo siempre quise dirigir antes incluso que actuar. Lo que ocurre es que caí en la escuela de Cristina Rota y me encantó. Pero mi cabeza siempre piensa en planos, en escenas, en cómo sacar adelante una secuencia. Me considero una persona muy disciplinada en el trabajo. Soy caótico en la vida, pero muy disciplinado en el trabajo. Digamos que soy muy obediente y desde que dirigí, más. Cuando diriges, te das cuenta del coñazo que pueden ser a veces los actores.
"Soy caótico en la vida, pero muy disciplinado en el trabajo"
- ¿Cómo mira desde su hoy más relajado, el estruendo del éxito del pasado de Tarde parea la ira?
- En verdad, no me enteré mucho. Cuando tuve el reconocimiento y los premios por Tarde para la ira estaba muy saturado. Fue un proceso duro, muy arduo y muy obsesivo, sobre todo en el montaje. De hecho, esta última parte fue muy enfermiza. Entonces, cuando llegó el éxito y el ruido, yo estaba en un momento muy descreído. Ha sido con los años que me he reconciliado con todo lo vivido entonces.
- ¿Y no siente la presión de todos los pesados que le preguntamos constantemente por su próxima película como director?
- Los actores, al contrario que los directores, estamos muy acostumbrados a estar arriba y luego abajo. Un director lo tiene muy mal si falla. Da lo mismo que sea la primera o la tercera película, un fracaso le hace mucho daño. En nuestro caso, la crítica te pone muy bien una vez, luego ni te menciona por algo en lo que has puesto mucha ilusión o directamente te ponen verde. Vas haciendo callo.
- Sea como sea, ¿cuesta encontrar algo parecido a un fracaso en su carrera?
- Hombre, hay cuadros flamencos que no vamos a mencionar aquí. Pero yo me los he tomado como parte del oficio y con mucho sentido del humor. Confesaré que tengo mi TOP 3 de películas terribles. Y en cuanto la grabadora esté apagada, las comentamos. Me río mucho con eso. Tengo la suerte de que un fracaso de verdad, de esos de sentirse mal, no he tenido jamás.
- ¿Cuál diría que es el secreto de su no-fracaso?
- Imagino que algo me ha ayudado mi cara. Tener este careto tan raro hace que te ofrezcan cosas muy variadas. Puedo hacer de cura o de perroflauta o me cortas el pelo y me convierto en un villano.
- Hábleme de ese careto tan raro.
- Me refiero a que una cara como la mía es más versátil que una cara bonita. Algunos compañeros guapos se me acercan y me confiesan cuánto les gustaría que les ofrecieran papeles distintos. Pues esa es mi ventaja. Cuando alguien no es especialmente guapo o no tiene un tipo de belleza estándar, pues es más fácil que te puedan ver en diferentes registros.
"Cuando alguien no es especialmente guapo o no tiene un tipo de belleza estándar, pues es más fácil que te puedan ver en diferentes registros"
- Por eso dicen quizá que el mal es más fotogénico.
- Eso es cierto. Tú ves, por ejemplo, a Bardem y da lo mismo desde donde le mires: siempre es interesante. Ese perfil, esa barbilla, esa mirada, esa mandíbula... Es un prodigio para el cine.
- Echemos la vista atrás del todo. Cómo se pasa de trabajar en un bar a actuar...
- La vida. Mis padres tenían un bar en Arapiles, aunque viven en Móstoles y son de Segovia. Y yo, de hecho, trabajaba mucho con mi padre. Era ilegal porque tendría 14 o 15 años. Lo que ocurre es que muy pronto empecé a trabajar en Compañeros. Gané mi primer sueldo y yo pensaba que ya estaba todo encaminado, que me iban a llamar sin parar. Me independicé, me fui con unos amigos a vivir y así hasta que se agotó la pasta, que tampoco era tanta. Entonces, aparte del bar de mi padre, empecé a hacer mucho trabajo temporal, de 5 o 6 meses, porque quería seguir haciendo teatro con amigos. Estuve en El Corte Inglés, en el Ikea y trabajé en un catering de bodas, unos bodorrios de la leche. Trabajabas 24 horas seguidas, era una paliza brutal, pero te llevabas 300 euros del tirón. Llegué a trabajar en la boda de El Litri y Carolina Herrera.
- ¿Se aprende algo para la profesión de todo eso?
- De los trabajos temporales, no, pero de tratar con la gente en el bar, un montón. Fue en el bar donde se me ocurrió Tarde para la ira. Criarte en un bar es una fuente de inspiración inagotable. Para mi papel de putero en El castillo, he tirado mucho de bar.
- Ya son dos veces, con Gordos y con El castillo que transforma su cuerpo para un papel. ¿Hasta dónde está dispuesto a llegar por la profesión?
- La verdad es que ya me he quitado esa cosa romántica de Robert de Niro y todo eso. Esta vez lo hice porque adoro a Isabel Peña (la directora). Cometí el error de engordar a base de bollos y hamburguesas y la nutricionista me dijo que no lo volviera a hacer. La analítica salió bien por los pelos y podría haber dañado el hígado o provocarme una diabetes.
- Es decir, ¿ya no es tan ambicioso como lo fue antes?
- Soy ambicioso, pero de otra manera. Mi única ambición ahora es colaborar con gente joven que empieza. Lo que valoro cada vez más es algo tan sencillo como trabajar con equipos en los que me encuentre bien. Eso ha cambiado con respecto a cuando empecé, que lo quería todo. Pero la verdad es que mi mayor ambición fue siempre dirigir una película y ya lo he hecho.
- No eres un actor que se haya significado nunca mucho políticamente. ¿Hay algún motivo?
- Siempre que me han preguntado he respondido, pero es cierto que no he sido ni soy tan activista como Juan Diego Botto o Alberto San Juan. Es decir, yo apoyo a Palestina y puedo ir a Sol a dar mi respaldo a los acampados por la vivienda, pero no cojo un micrófono. Admiro mucho a los que lo hacen, pero no me sale.
- Imagino que ser conocido, conlleva la responsabilidad de tener ser un altavoz gratis...
- Lo que sí creo es que en la vida en general hay que tomar partido. Y lo hago. En el trabajo, por ejemplo, siempre que he sentido la necesidad de hablar claro, así lo he hecho y me da igual lo que diga o haga el productor o quien sea. Esa cosa de no querer mojarse no va conmigo. Esta gente que nunca se quiere mojar en nada, me da un poco de pereza.
- ¿Qué es lo que más le preocupa ahora mismo al ciudadano Arévalo?
- No quisiera caer en lugares comunes. Obviamente me preocupa la vivienda. Vivo de alquiler y tengo que reconocer que me lo he montado muy mal. Pero el otro día leía que, según una encuesta, a los votantes jóvenes de derecha lo que más les preocupaba era la inmigración. Creo que era el 80%. Es decir, está la vida como está, con todo tipo de problemas no solo de vivienda, y lo que más te preocupa son los inmigrantes. Algo así de surrealista no me preocupa, me perturba.