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Renée Richards, la tenista trans que ganó un juicio para jugar el US Open y hoy se arrepiente de haberlo ganado: "Era muy buena y está bien que lo fuera"

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En el verano de 1976, algunas tenistas estadounidenses se presentaban a sus partidos con camisetas que proclamaban «I am a real woman» («Soy una mujer de verdad»). El mensaje tenía destinataria: Renée Richards, una jugadora de 43 años, oftalmóloga de profesión, que quería participar en el US Open. Su historia había sido publicada en televisión por Richard Carlson -el padre del polémico TuckerCarlson- y tanto la WTA como la organización del Grand Slam le exigían una prueba cromosómica para acreditar su sexo. Richards se negó. Acudió a los tribunales y ganó. Al agosto siguiente se convirtió en la primera mujer trans que disputaba el torneo. Y hoy, casi medio siglo después, considera que no debió hacerlo.

La paradoja es el centro de ‘Finding Renée Richards: The Groundbreaking Story of Tennis’s Trans Pioneer’, el libro que la periodista Julie Kliegman acaba de publicar en Estados Unidos. No es la historia de una pionera que desafió a las autoridades del tenis; es el retrato de una mujer que ha cambiado de opinión sobre la batalla que la convirtió en símbolo. Richards tiene ahora 92 años y sostiene que las mujeres trans que han atravesado la pubertad masculina -como hizo ella- no deberían competir en las categorías femeninas.

"Me di cuenta enseguida de que esta contradicción era el corazón del libro, la tensión central", explica Kliegman en conversación con EL MUNDO sobre la polémica tenista. Richards nació en Nueva York en 1934 como Richard Raskind. Estudió Medicina en Yale, se especializó en oftalmología y al mismo fue un jugador notable. Antes de su transición llegó a ser el decimotercer mejor de Estados Unidos y participó hasta cinco veces en el US Open como hombre, con apenas un par de victorias. Se casó, tuvo un hijo, empezó a ejercer como doctor y durante años trató de encajar en aquella identidad. Pero, al final, en 1975, a los 41 años, se sometió a una cirugía de reasignación sexual y comenzó su vida como Renée. "Sabía que transicionar en los 60 y 70 era difícil, pero escribiendo el libro descubrí lo difícil que podía ser: los médicos le preguntaban a cada paso si sería una ‘buena’ mujer", cuenta.

El alcance de su juicio

Su nueva realidad no fue fácil, pero el tenis, su deporte, le ofreció una forma de empezar de nuevo. Sólo había un único inconveniente: también debía ser objeto de una controversia mundial. Cuando se conoció su pasado, los máximos estamentos del tenis le impidieron competir en el US Open de 1976 si no superaba un test y fue entonces cuando Richards recurrió a la justicia. Fue largo el proceso hasta que el juez Alfred Ascione, de un tribunal de Nueva York, falló a su favor. La prueba no podía utilizarse como único criterio para determinar el sexo de una persona, sentenció. La resolución abrió la puerta del torneo, aunque su alcance jurídico fue más limitado de lo que suele contarse.

¿Qué descubrió al investigar aquel juicio?
Mucha gente da por hecho que la demanda de Richards sentó un precedente histórico. Pero, después de hablar con expertos y con la hija del propio juez, descubrí que la sentencia se aplicaba de forma bastante específica a su caso y que influyeron factores como su edad, superior a la de la mayoría de las jugadoras profesionales. No fue un antes y un después.

En la pista, como mujer, Richards tuvo varios logros: perdió en primera ronda de aquel histórico US Open 1977, pero alcanzó la final de dobles y más tarde alcanzó el número 20 del ranking WTA, entrenó a Martina Navratilova y se hizo amiga deBillie Jean King o Gladys Heldman. "A veces tengo que recordarme a mí misma y a los demás que era muy buena tenista, y que está bien que lo fuera", asegura Kliegman.

El debate actual

Hoy, sin embargo, Richards atribuye su deseo de jugar entre mujeres a la «adolescencia» vivida después la transición. "Sabemos más que en los años 70, aunque aún no lo suficiente", matiza la autora del libro, a quien frustra que Richards no conecte hoy los ataques al deporte trans con los dirigidos a toda la comunidad.

Su historia, concluye Kliegman, permite comparar dos épocas, aunque recuerda que Richards no es "la única autoridad" sobre si las atletas trans deben o no competir. En todo caso la paradoja permanece: ganó el derecho a jugar cuando casi nadie estaba dispuesto a concedérselo y, décadas después, ya no cree que debiera haberlo reclamado.