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Rufián, contra los fachas y la izquierda que no sabe combatirlos

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Si hay algo que se le da bien a Gabriel Rufián es lanzar frases contundentes. Cortas y cortantes. Sea en las redes, en la tribuna del Congreso, interpelando en una comisión parlamentaria o troleando a Vito Quiles. Ahora, con el orden que permite un libro, y con datos y citas, las resume y amplía. El título es fiel al estilo del candidato de ERC: , editado por Ara Llibres.

Rufián supera el método Loquillo, el de colocar un titular en cada respuesta. En este caso, en cada párrafo. Empezando por la dedicatoria, puesto que se dirige a todos los votantes, ya sea a los que denomina fachas, a los de izquierdas o a los que no saben qué son. A todos ellos no les ofrece pureza, sino respuestas (otra de sus sentencias a modo de eslogan).

El libro lo ha escrito él y se nota. No solo porque la editorial lo confirme, sino porque en algunos momentos casi se le puede escuchar. El arranque es uno de ellos: “Yo vengo de la mierda. A mí me dijeron muchas veces que adónde creía que iba y que yo no podía. A mí nadie me esperaba aquí”. Esta última frase está destacada en negrita. Hay más así, para lectores perezosos o por si no queda claro qué es lo que Rufián quiere subrayar.

De todos los enunciados-tuit del inicio hay uno en el que el portavoz de ERC reconoce que fue un “cabrón” con Joan Tardà, el dirigente republicano que más le enseñó en el Congreso y que mejor le ha defendido fuera y dentro del partido. “Fui egoísta y soberbio. Me aguantó cosas inaguantables. Porque yo no sabía nada y me creía que sí; él, en cambio, lo sabía todo y no lo decía”. Ese comportamiento lo circunscribe a sus inicios, aunque para varios de sus compañeros en el grupo parlamentario no sea un pasado tan lejano. A Tardà lo define como una de las tres mejores personas que ha conocido en su vida. Se podrían discutir algunas de las opiniones que incluye en el libro. Pero que Tardà es una buena persona es algo irrebatible.

En el decálogo de intenciones que formula, señala que “ni un político gana elecciones solo con talento ni un partido las gana sin él”. Aprovecha para arremeter contra los aparatos de los partidos como si lo analizase desde una columna, como si ser el hombre fuerte de ERC en Madrid y llevar una década de diputado fuese un papel secundario. Y prosigue, como quien no quiere la cosa, para llevar el agua al molino que le conviene: “Los aparatos de los partidos deben entender que el carisma y los activos electorales son algo que tenemos que cuidar y potenciar [...] Quien pone la cara debe tener medios y mando”.

A Rufián le iban detrás distintas editoriales porque sabían que este libro se vendería solo. Pero, además, ha tenido la suerte de que Pedro Sánchez adelantase las elecciones y que el debate sobre la estrategia de las izquierdas haya vuelto a dar titulares y titulares, aunque no tantas buenas noticias para sus votantes.

Rufián despliega el catálogo de reflexiones, que viste como propuestas, para ese frente entre las izquierdas soberanistas y la izquierda española que no ha fructificado. Incluye uno de sus , el de que la gente pasará por encima de los partidos, y un diagnóstico que se ha demostrado bastante atinado: las izquierdas españolas son el problema. Podría añadirse que presentar la alianza entre ERC y Podemos en plena negociación con el resto tampoco ayudó, pero eso daría para otro capítulo.

El jefe de filas de los republicanos en Madrid es de los políticos que más pronto entendió la importancia de las redes. Como elemento de promoción, la editorial destaca que tiene un millón de seguidores en X y “ya no se sabe ni cuántos en TikTok”. Por eso el capítulo que dedica al poder digital es especialmente interesante. Más allá de empezarlo con Ortega y Gasset (qué sería de los libros de políticos si no incluyesen como mínimo una cita orteguiana), en el diagnóstico la clava: “Antes se hacía política para los medios. Ahora se hace política para las redes”. No lo dice como queja, él es quien mejor ha sabido hacer esa transformación.

Su lamento es que la izquierda no lo tenga igual de claro. “La izquierda debe entender que sin poder digital es como una gacela herida en medio de la sabana: comida para las hienas. El fascismo vende en la red mucha de su mercadería impunemente gracias a dos de los mantras más tramposos de la izquierda: ‘No compremos su marco’ y ‘No les contestemos, que les hacemos grandes’”. Rufián defiende que esa actitud es un error y, además, oculta mucha cobardía. Su tesis es que el bucle de “la desinformación fascista” es infinito y, por tanto, hay que darles la batalla en su campo, en las redes, y disputarles ese poder digital.

Aunque es evidente que el libro no está escrito para el lector catalán, tiene un capítulo dedicado a Catalunya. Empieza diciendo que quiere hacer autocrítica, aunque no la hace a nivel personal por los errores que haya podido cometer, sino en nombre del independentismo. Por haber repartido carnets de pureza y de buen catalán durante muchos años. Insiste en que este movimiento necesita obtener más apoyos y alerta de que “con épica y con banderas no se le da una casa a nadie, no se lucha contra la precariedad o no se bajan los precios”. “Y tratando a la gente como si fueran niños en un parque de bolas a la espera del pastel de cumpleaños, tampoco”. Ha pasado tiempo, pero leyéndolo es imposible no asociar ese pastel a la declaración de independencia, que duró lo que tardan en apagarse unas velas de cumpleaños.

En una acusación genérica y que también es una de sus preferidas, el republicano insiste en que “el 90% de los medios de comunicación catalanes le compra toda la mercancía a Convergència”. Y que los medios lo hacen porque se vive mejor callando y comprando que criticando las votaciones de Junts con PP y Vox. En este capítulo la cita que le hubiese encajado mejor sería la de Campoamor, porque igual su visión se explica por la distancia y el cristal con que la mira.

A Junts le dedica unos cuantos dardos y le pide que deje de imitar a la líder de Aliança Catalana, Silvia Orriols, para volver a Jordi Pujol. Quién iba a decir que hasta Rufián se apuntaría a la moda de reivindicar al fundador de Convergència. De paso, acusa a ERC de tener una relación freudiana de amor/odio basada en el miedo hacia el mundo posconvergente.

El arranque y el epílogo son lo mejor del libro, un Rufián en estado puro. El final pretende ser una carta a un votante de barrio de Vox y/o de Aliança Catalana. Hay que reconocer que la contundencia de sus argumentos, una mezcla de emotividad y datos bien escogidos, podría lograr su objetivo, y es que algún lector que esté dispuesto a apoyar a la extrema derecha se lo repiense. De las muchas frases ingeniosas que le dedica al partido de Abascal, hay una definición que los retrata a la perfección: “Vox es el ectoplasma político del falangismo, franquismo, terraplanismo y cuñadismo social”. Aunque la más ocurrente es la de que Vox es el partido del cuarto cubata.

A los fans de Rufián, este libro no les defraudará. Al resto, no les sorprenderá.

** llega a las librerías el martes 20.