Sants: Victoria Luengo no es suficiente en una irregular y arriesgada mezcla de thriller y drama familiar (***)
La mezcla como concepto viene de lejos. Pese a lo que algunos creen, no la inventó la velocidad cuchara de la Thermomix. Empédocles y Anaxágoras, por irse al fundamento, ya hablaban de ella como uno de los factores, quizá el más importante de todos, que explican la realidad y los procesos naturales. Para el primero de los citados, los elementos de que se componen los cuerpos son elementos no mezclados, pero los cuerpos mismos no son más que una mezcla en diversas proporciones. Y así. Mikel Gurrea, director de cine que no filósofo pluralista, está convencido como los dos filósofos presocráticos que el cine, como la propia realidad, no puede ser otra cosa que mezcla. Ya lo demostró en su anterior trabajo, Suro, que era western a la vez que drama rural y, por momentos, hasta tragedia griega. Su nuevo trabajo, como el anterior en la competición de San Sebastián, reincide, pero aún más y de forma mucho más radical. Y hasta filosófica.
Sants (Santos en castellano) es drama familiar sin renunciar a una lectura crítica y social de lo que nos rodea y, lo más sorprendente de todo, película de atracos en la tradición más asentada del género clasificado como Heist. Por adelantar el diagnóstico, se agradece tanto atrevimiento y, a la vez, descorazona el hecho de que se vean los grumos. Digamos que la amalgama no está tan lograda como debiera y, por momentos, se cae a pedazos. Y todo ello, vaya por delante, pese al impecable trabajo de Victoria Luengo y Eulàlia Ramón en un dúo protagonista que se diría, por la rudeza implacable de ambas, propio de John Ford.
La película cuenta la historia de una mujer que, tras dar vueltas sin rumbo por el mundo, vuelve a casa donde su madre (Ariadna Gil) se enfrenta a una enfermedad terminal. En la turbamulta de la desesperación y de la ausencia de esos servicios que solo se reclaman cuando faltan (lo público), da con una red de atracadores de iglesias buenos que en vez de simplemente rezar a los santos para que atiendan sus plegarias, trafica con ellos. Es decir, roban arte sacro con la sana, pero poco santa, intención de ayudar a los necesitados.
Desde aquí, Gurrea se empeña en que su nueva película lo sea todo. Y todo a la vez. Sorprende y gusta la ambición en la misma medida que deslumbra la ligereza y tensión con que Sants plantea las escenas de asalto a las iglesias, hasta ahora un bastión casi inexpugnable para el cine. Pocas veces se ha visto a los ladrones interesados por la escultura polícroma del gótico. Pero desconcierta más, y esto no es bueno, los constantes cambios de registro de una película que parece rodada con corriente alterna sin acertar con la profundidad que piden los personajes. Todos ellos siempre a punto de hacer otra cosa distinta de la que se supone exige la mecánica de cada uno de los géneros por los que tropieza, más que transita, Sants. De hecho, nunca queda claro si la película habla de reconciliación, del perdón, de las familias elegidas, del abandono o de lo mal iluminadas que están las ermitas de España. Hay mezcla, sí, pero sin cuajar, sin Empédocles.
Milo: Marion Cotillard y las heridas de la revolución truncada (***)
A su lado, la francesa Nicole Garcia presentó Milo. Al contrario que Sants, la película protagonizada con autoridad, clase y misterio por Marion Cotillard sabe perfectamente lo que quiere ser y lo es con todas las consecuencias. Una madre busca a su hijo abandonado después de pasar casi dos décadas en prisión. Acabó allí por un desorden en las prioridades vitales. Eligió cambiar el mundo antes que ordenar su propia vida. Miembro de un grupo terrorista, la muerte de un policía en una de sus acciones dio con ella en la cárcel y con su hijo entregado en adopción. Milo, que es también el nombre del chaval ya crecido (el canadiense Théodore Pellerin), habla de los lazos familiares, de su resistencia a desaparecer y del cariño como fuerza irracional. De eso y de la posibilidad de perdón.
Dirigida con autoridad y elegancia, la película no pierde nunca el foco. Toda su trama persigue el hondo pesar de su protagonista incapaz de reclamar nada, pero necesitada de todo. El problema, que lo hay, es, por un lado, el exceso de claridad y, por otro, el ritmo declaradamente pausado, cuando no solo premioso, alejado de algo parecido a la emoción, la intensidad o siquiera el ritmo. La idea de Garcia de mantener un medio tono constante para que brille su estrella en su más pura esencia es buena, pero agotadora. En ocasiones, el exceso de rigor asfixia. Ésta es una de ellas.
Border: La película más radical de la competición es china (***)
Por último, la competición del jueves se cerró con un perfecto debutante, que es un debutante esférico. Se mire por donde se mire. Lo que presentó Ah Biao bajo el nombre de Border (Frontera) es, por orden: a) la película más radical, por hermética, de lo que llevamos de sección oficial; b) la más corta (apenas 78 minutos); c) la peor contada, y d) la más explícita en lo que al sexo se refiere (el resto es todo implícito). Biao cuenta, por decirlo de alguna manera, la existencia extraña de un extraño minero en una tierra esencialmente extraña. Por el día trabaja, por la tarde su padre (que es guardián de la mina o algo parecido) le consuela sexualmente y por la noche, el hombre que ni sonríe ni llora ni habla intenta una relación con una enigmática mujer venida de no se sabe dónde.
Lo que sigue es un drama anómalo hasta la desesperación y desesperado hasta la más brutal anomalía. Todo se antoja árido, ríspido, intrigante y tan repulsivo como, admitámoslo, seductor. Sin apenas diálogos, el cineasta alterna referencias al hieratismo expresivo de Robert Bresson con la misma facilidad que hace que cada plano beba del magisterio del mucho más cercano (a él, sobre todo) Jia Zhangke. El resultado es una película con el alma furiosa de un atrevimiento insólito. Y muy de aplaudir, aunque no quede claro exactamente a qué aplaudimos.
Es muy raro que en su vocación por lo heterogéneo, Zinemaldia ponga en el mismo contenedor un éxito tan cercano a Hollywood como El debut, de Jesse Eisenberg, y esta pieza (pieza más que película) más propia de otras programaciones, de otros espacios, de otros festivales. Pero lo cierto, por volver al principio y a Anaxágoras, es que en la mezcla está el secreto de la misma vida. Viva Empédocles.