The Weeknd, la máquina imparable de hacer hits, se hace gigante durante su primer concierto en Madrid
Aquí estamos, empapándonos de los últimos días de agosto. El mes que remite a un fin de semana eteeeerno. Y para fines de semana perpetuos tenemos a Abel Tesfaye, alias The Weeknd, estrella del pop internacional. Rompedor de récords implacable. Showman, todólogo versado en cine, música y producción.
El último viernes de agosto, el Riyadh Air Metropolitano se prepara para acoger la primera de las tres fechas españolas de su gira After Hours Til Dawn. En el centro de un escenario que se extiende en forma de cruz, una escultura femenina de oro de unos doce metros recibe a las masas. Rota, sutilmente, sobre sí misma. Y ante unos 70.000 espectadores que, a sus pies, se convierten en meras motas de polvo, su presencia augura un espectáculo mayúsculo.
Para las noches madrileñas se han vendido más de 150.000 entradas. A sus tres conciertos en el Metropolitano le seguirá una cuarta fecha, el 1 de septiembre, en el Estadi Olímpic Lluís Companys de Barcelona. En total, más de 250.000 personas pasarán por los cuatro conciertos españoles de The Weeknd. No está mal para un fin de semana.
La gira reúne los tres álbumes que The Weeknd ha planteado como una trilogía: After Hours, Dawn FM y Hurry Up Tomorrow. Y ojo, que After Hours Til Dawn juega ya en otra liga. La gira, que arrancó en 2022 y que en 2025 sumó una nueva etapa de estadios, ha convertido a Tesfaye en el primer artista masculino en solitario en superar los mil millones de dólares de recaudación en una gira. Comparte club con dos nombres poco discretos: Taylor Swift y Coldplay.
Llega la hora. Llamaradas de fuego. Más de una decena de encapuchados vestidos de rojo salen al escenario. Cual rito de iniciación sectario. Al son de Baptized in Fear, las pulseritas del público empiezan a emitir luces mientras The Weeknd, ataviado con su ya icónica máscara negra que oculta su rostro, se une al clan de capas rojas.
Que comience el rito.
«Madrid, huh?», dice, socarrón.
La distopía, la estética enigmática, lo ceremonial... todo eso lleva acompañando a The Weeknd buena parte de su carrera. Aunque, para ser honestos, la imaginería luciferina lleva entre los grandes de la música demasiado tiempo como para destacar en exceso. Pero a su manera, funciona. Porque Tesfaye no se limita a cantar sus canciones: construye alrededor de ellas un universo. Uno oscuro, decadente y deliberadamente excesivo, donde el personaje y la música llevan años alimentándose mutuamente.
Con After Hours, apenas minutos después de arrancar el show, el canadiense deja ver su potentísimo potencial vocal. Abandonar los sobrecogedores efectos sonoros para lanzarse a un a cappella es atreverse. Y lo hace sin grandes muestras de esfuerzo. La voz sale limpia, alta, controlada. Como si detrás de todo aquel despliegue de fuego, luces y pantallas hubiera, en realidad, una única cosa que todavía necesitara demostrar.
Pasados los quince minutos, deja ver su rostro. Se quita, por fin, la máscara.
Con São Paulo, el concierto empieza a parecerse algo más a una rave. Y desde ahí la energía no cae, no. Sube y sube y sube y, cuando parece que ya no puede subir más, va y lo hace. Neón por aquí, por allá. Fuegos artificiales. Una ciudad distópica proyectada a escala de estadio. Que tiemble el suelo.
Take My Breath y Sacrifice son ejemplo claro de la facilidad que tiene para sostener la potencia. No hay tregua. Tampoco parece buscarla.
Sexo, excesos, fama, muerte, culpa y redención han sido algunos de los grandes temas que han atravesado la obra de The Weeknd desde sus primeros trabajos. Lo que empezó como un proyecto oscuro y casi clandestino terminó convertido en una de las maquinarias pop más sofisticadas de la última década. De House of Balloons a After Hours, pasando por Beauty Behind the Madness, Starboy y Dawn FM, Tesfaye ha ido construyendo un personaje que vive precisamente en esa contradicción: el hombre que quiere desaparecer detrás de una máscara y, al mismo tiempo, el artista que ha conseguido que decenas de miles de personas acudan a un estadio para verlo quitársela.
La noche ha estado salpicada de viajes al pasado, a sus proyectos más antiguos, a sus clásicos más aclamados, a sus hits indispensables. No han faltado Starboy, Can't feel my face o Blinding lights (la canción más escuchada de la historia de Spotify, con más de 5500 millones de reproducciones y con la que, por cierto, ha hecho volar el techo imaginario del estadio).
Muchas veces rompe el clímax a propósito. Todo un valiente. Porque cuando la música está a punto de romper, en varios momentos llega el silencio y ofrece un a cappella que acongoja. Es como si, entre lo gigante, el ruido, los destellos y los fuegos artificiales, se empeñara en recordarte que sí, que es una estrella del pop y sabe ofrecer un espectáculo a la altura de semejante título, pero que, además, el tipo CANTA.
A veces, si uno tiene suerte y sabe mirar, es capaz de intuir a la persona tras el personaje. Esta noche, entre falsetes de superhombre hecho mastodonte de la industria musical, destellos de neón y beats de electrónica, Abel Tesfaye se ha dejado entrever bajo la máscara -esta vez simbólica- de The Weeknd.
Sí, sería perfectamente justificable objetar que, para toda la grandilocuencia por la que apuesta el artista, su dominio del escenario no es el mejor.(¡Muévete un poco, Abel!). Ahora bien, The Weeknd tiene algo difícil de suplir y más difícil aún de fingir: carisma. Y una honestidad que habla por sí sola. Se lo pasa bien. Ves que se lo pasa bien. Lo disfruta. Ves que lo disfruta. Que transmite a raudales, vamos. Al son de Out of time, el artista salta del escenario para ofrecer el micrófono a una fan eufórica, para abrazar a unos cuantos suertudos y firmar alguna que otra pancarta.
Junto a Playboi Carti, junto a quien el artista ha mostrado su faceta más hiphopera, the Weeknd ha interpretado RATHER LIE, un paréntesis en su habitual RnB con tintes pop. Esta ha sido, quizás una de las partes más flojas de la noche.
Si el cameo de Playboi Carti se ha quedado corto, su rendición de, Die for you, el tema que habla sobre dependencia emocional, orgullo y vulnerabilidad, ha resultado ser, quizás, el momento en el que más han deslumbrado el rango y calidad vocal del artista. Eso sí nada, nada, comparable a la catarsis de Blinding lights.
Si toda la noche del viernes ha sido un ritual, Blinding Lights ha sido la libación. La respuesta a por qué The Weeknd es quien es, por qué protege su récord y por qué es la personificación de un fin de semana sin fin. Y que viva el Weeknd.