Trump va a por Irán o Venezuela, pero ¿por qué no se mete con Corea del Norte?
Donald Trump prometió ser un pacificador, pero en su segundo mandato como presidente de Estados Unidos ha acabado impulsando acciones militares inimaginadas. Depuso por la fuerza al presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, para dejar un Gobierno continuista pero títere. Luego, mató directamente al líder supremo de Irán, Ali Jamenei, en una guerra aún por cerrar. Ha amenazado con meterse también en Cuba o con quedarse con Groenlandia. Habla de reorganizar el mapa geopolítico global.
Sin embargo, todos esos movimientos llevan a preguntarse sobre sus planes para otras latitudes de las que, en cambio, ni habla, como la península de Corea, reavivando antiguos fantasmas de la política exterior estadounidense. ¿Por qué no se encara con Pyongyang? ¿Va a seguir siendo aliado del Sur? ¿Acaso el riesgo que viene de Kim Jong-un es menor al de los ayatolás?
Las preguntas se multiplican ahora que el magnate ha ordenado rebajar sustancialmente las maniobras militares que cada año organizan junto a Corea del Sur, alegando dos razones: que cuestan mucho dinero y que eso puede suponer un roce con Corea del Norte, con cuyo régimen tiene tiene "muy buena relación". Las alarmas han saltado en Seúl.
A Trump no le gusta dar explicaciones sobre el tema. La pasada noche, dijo ha mandado mensajes a Pyongyang para dialogar y que su mandatario le respondió. Los intercambios son "muy positivos", apuntó, sin más detalles. Cuando la CNN le insistió en el tema, acabó gritando a la reportera que se callara, que lanzaba noticias falsas. Un nuevo espectáculo en el Despacho Oval.
En ciertos sectores políticos de Occidente y en la oposición surcoreana, representados por figuras como Jang Dong-hyuk, líder del Partido del Poder Popular, la caída del liderazgo iraní fue proclamada casi de inmediato como un anticipo del futuro que le espera a Kim en Corea del Norte. Sin embargo, esta narrativa tropieza con una arquitectura de seguridad radicalmente distinta, según se va viendo con los días. El propio presidente de Corea del Sur, Lee Jae-myung, ha salido al paso de tales conjeturas calificándolas de infundadas y peligrosas. "Hay quienes por ahí están diciendo cosas extrañas sobre que 'Corea del Norte es la siguiente'. ¿Qué ganaríamos nosotros socavando la paz y la estabilidad en la península de Corea?".
La realidad que se impone en los pasillos de inteligencia de Washington, Seúl y también Pekín -nada es ajeno en Asia al enorme gigante- es contundente: de los tres países catalogados originalmente en 2002 por el expresidente George W. Bush como el "Eje del Mal" (Irak, Irán y Corea del Norte), Pyongyang es el único que no sólo ha conservado intacta su estructura de poder autocrático y su dinastía familiar, sino que ha construido un escudo estratégico invulnerable a las tácticas convencionales de "decapitación" o "cambio de régimen".
En el momento de los ataques del verano de 2025 y, luego, del pasado febrero, Irán no poseía armas nucleares operativas ni misiles balísticos intercontinentales (ICBM) capaces de golpear el territorio continental estadounidense, como no los tiene hoy, más debilitado. En cambio, Corea del Norte ha superado definitivamente la barrera de la disuasión elemental. Pyongyang se ha consolidado como una potencia nuclear de facto con una capacidad de respuesta destructiva que imposibilita cualquier cálculo de ataque quirúrgico sin arriesgar una conflagración atómica global.
Por qué Pyongyang no es Teherán
El renombrado analista y académico surcoreano Chung-in Moon, presidente del Instituto Sejong y coorganizador de la Red de Liderazgo Asia-Pacífico para la No Proliferación Nuclear y el Desarme, desglosa en un análisis para el Toda Peace Institute de Japón las cuatro razones fundamentales por las cuales la estrategia aplicada en Irán no es extrapolable a la península coreana.
La primera de ellas es el factor del arsenal termonuclear y la capacidad de respuesta del país asiático. Irán se encontraba en una fase de desarrollo atómico, enriqueciendo uranio al 60% (un umbral peligroso para lograr la base de un arma) sin haber ensamblado una cabeza bélica ni contar con vectores ICBM de alcance transcontinental. En contraste, Corea del Norte posee entre 50 y 100 ojivas nucleares ya ensambladas, sumadas a una reserva de material fisionable suficiente para producir decenas más, cita el especialista.
A esto se añade un arsenal diversificado de misiles balísticos capaces de alcanzar no sólo a Corea del Sur y Japón, sino también las bases estadounidenses en Guam y ciudades en el corazón del territorio continental de EEUU. Asimismo, a diferencia del convulso panorama político interno iraní, Kim Jong-un mantiene un control ferreo e indiscutido sobre la estructura del Partido de los Trabajadores de Corea y el aparato estatal, lo que invalida la teoría de que una campaña de bombardeos pudiera provocar un levantamiento popular o un colapso interno, que es una de las ideas que vendió Trump en la noche en que lanzó junto a Israel su ataque inicial contra Teherán.
Eso no ha ocurrido; es más, las protestas que estaban teniendo lugar en las calles por la crisis económica y en busca de más libertades se han cortado de raíz con los ataques externos.
La segunda de esas razones es la ausencia de un "socio coercitivo" en la región y el veto de Seúl. La campaña contra Irán ha estado impulsada en gran medida por la presión e incitación directa del gobierno israelí liderado por Benjamin Netanyahu y el cabildeo proisraelí en Washington. Como llegó a reconocer el secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, la acción militar de Washington se ejecutó con carácter preventivo ante el conocimiento de los planes unilaterales de ataque de Israel. Eso ha enfadado, además, a sectores conservadores que dudan de si ha sido buena idea hacer tanto seguidismo a Bibi, para quien la República Islámica es su mayor obsesión política.
En el Noreste de Asia, sostiene Chung-in Moon, no existe un "policía malo" equivalente a Israel. Ningún aliado regional desea la guerra. El presidente surcoreano Lee Jae-myung se opone de manera tajante a cualquier acción militar unilateral de Estados Unidos, de forma aún más vehemente que el expresidente Kim Young-sam en mayo de 1994, cuando el gobierno del demócrata Bill Clinton consideró seriamente bombardeos contra la central nuclear de Yongbyon. Sin el consentimiento y la cooperación operativa del ejército surcoreano, cualquier iniciativa bélica estadounidense en la península es operativamente irrealizable.
Vamos con la tercera: es el entorno geopolítico y las alianzas defensivas de grandes potencias, muy distintas. Teherán se encontraba militarmente aislado en su región, cercado por una coalición árabe sunita liderada por Arabia Saudita, con Turquía en posición de neutralidad y con Rusia y China imposibilitadas de intervenir militarmente de forma directa.
Corea del Norte, por el contrario, comparte fronteras directas con los dos enormes territorios de Rusia y China. Ambos colosos geopolíticos rechazan cualquier alteración del statu quo actual o el derrocamiento del régimen norcoreano. Pyongyang cuenta con un tratado de defensa mutua con Moscú -ratificado formalmente tras la cumbre de los BRICS en Kazán (Federación Rusa), en octubre de 2024- y mantiene su tratado de amistad y asistencia mutua con Pekín, también. Un ataque de EEUU contra Corea del Norte desencadenaría, casi con certeza, una intervención militar directa de China y Rusia, arrastrando a Washington -y al planeta- a una Tercera Guerra Mundial.
La cuarta y última razón que el experto señala en su informe para Toda -un tanque de pensamiento pacifista con sede en Tokio- a saturación militar y presupuestaria de EEUU. Es demasiado peso. Sostener operaciones bélicas de gran escala simultáneas o secuenciales en el Golfo Pérsico y en el Este de Asia sobrepasa las capacidades presupuestarias y logísticas del Pentágono. La guerra en Irán supone para las arcas estadounidenses un desembolso estimado en 890 millones de dólares diarios, lo que ha llevado al Pentágono a solicitar un incremento presupuestario de 200.000 millones de dólares. Ya ha gastado 37.500 millones, según datos del 22 de julio pasado.
Con un apoyo público a la guerra contra Irán que no alcanza el 30%, la apertura de un segundo frente en Corea resulta políticamente inviable para Trump, en un momento de inflación al alza y con las elecciones de mitad de mandato en noviembre, unas legislativas en las que el Partido Demócrata aspira a quitarle al Republicano la mayoría del Senado o de la Cámara de Representantes.
La disuasión nuclear que todo lo puede
Para comprender la invulnerabilidad estratégica de Corea del Norte es necesario analizar la naturaleza de su desarrollo militar. Y ahí brilla, claro, su poder nuclear, el gran ecualizador de sus relaciones con el mundo, armas termonucleares o bombas de hidrógeno que pueden llegar a 1.000 veces el poder destructivo de las lanzadas por EEUU en Hiroshima y Nagasaki (Japón) en 1945 y ante las que cualquiera se piensa un ataque. La otra vía es, como poco, negociar.
Expertos en seguridad e inspección nuclear como el exdirector del Laboratorio Nacional de Los Álamos, Sig Hecker, y el exsecretario de Defensa de EEUU, William Perry. Ambos han desmitifica públicamente y de manera insistente la imagen de Kim Jong-un como un actor irracional o suicida. "No están locos. Saben que si lanzaran un ataque, el régimen sería destruido y su país quedaría devastado. En otras palabras, la disuasión sí funciona con Corea del Norte. No son irracionales", sostiene el segundo.
"A algunos les gusta retratar a Kim como un loco o un lunático, lo que hace creer al público que es impredecible e indisuadible. No está loco, no es suicida y ni siquiera es impredecible", enfatiza el primero.
A la disuasión nuclear se suma una doctrina defensiva única en el mundo, moldeada por la experiencia traumática de la Guerra de Corea (1950-1953). Durante aquel conflicto, los intensos bombardeos alfombra de la aviación estadounidense destruyeron la práctica totalidad de las infraestructuras superficiales, templos, ciudades y vegetación del país, obligando a la población y al ejército a estructurar la sociedad bajo tierra. Esta vivencia derivó en el desarrollo de una defensa diferente, reconocidas por militares de EEUU en intervenciones públicas ante el Congreso y el Senado en su país, y que incluyen bases y silos de armas subterráneos, bajo montañas, capaces de guardar hasta armamento pesado, además de maniobras nocturnas para evitar rastreos satelitales. No es un mito que, incluso, hay carreteras sin pavimentar a propósito, por si un día tienen que ser atravesadas por tanques.
Como señala a la agencia AFP la investigadora Ellen Kim, directora de Asuntos Académicos del Korea Economic Institute of America (KEI), la hipótesis de un "ataque limitado" o de "decapitación" en Corea del Norte es una quimera táctica por todo lo anterior. "Comparado con Oriente Medio, virtualmente no existe un escenario realista en la península de Corea en el que un 'ataque limitado' no conlleve riesgos masivos de derivar en un conflicto total. Si Estados Unidos tomara una acción militar, Seúl y su área metropolitana, las bases estadounidenses en Corea del Sur, el archipiélago japonés y las rutas marítimas de Asia Oriental se verían afectados de inmediato", explica.
A esto se añade que la estructura de poder de Corea del Norte es hipercentralizada. Un intento de eliminar a la cúpula dirigente no desencadenaría un proceso de transición política ni una democratización impulsada desde el exterior, sino la activación automática de planes de respuesta militar preprogramados y la toma del poder por parte de la línea militar más dura del régimen.
Por si acaso, moderación calculada
La respuesta diplomática de Corea del Norte tras la muerte de Jamenei el 28 de febrero de 2026 dejó en evidencia la extrema cautela y la madurez estratégica con la que Pyongyang gestiona su relación con Washington. Aunque el 1 de marzo un portavoz del Ministerio de Relaciones Exteriores norcoreano emitió un comunicado condenando con dureza los bombardeos conjunto de EEUU e Israel por "violar el derecho internacional y abusar del poder militar en aras de ambiciones hegemónicas", la declaración evitó cuidadosamente mencionar por su nombre al presidente Donald Trump.
Posteriormente, los medios estatales norcoreanos, incluido el diario oficial Rodong Sinmun, enfriaron la cobertura sobre el conflicto en Oriente Medio, rompiendo con su hábito tradicional de amplificar de forma prolongada las crisis internacionales, que aleja el foco de lo que pasa dentro. Incluso la nota de respuesta tras el nombramiento de Mojtaba Jamenei como nuevo líder supremo iraní, ya el 10 de marzo, se canalizó como una simple respuesta a preguntas de periodistas, manteniendo un tono contenido y omitiendo de nuevo cualquier ataque personal contra el inquilino de la Casa Blanca.
Aún así, el pasado 14 de marzo, Kim Jong-un supervisó el ensayo de lanzacohetes múltiples de 600 mm junto a su hija Kim Ju-ae, proyectando fortaleza militar interna y capacidad de respuesta.
El profesor Eul-chul Lim, de la Universidad Kyungnam de Corea del Sur, defiende en Think China que "la precisión de inteligencia y la capacidad operativa mostradas por EEUU en Irán representan para Kim Jong-un una advertencia y una amenaza directa a su supervivencia". Sin embargo, "la estrategia de dar una respuesta rápida de principios para de inmediato rebajar la tensión demuestra el esfuerzo deliberado de Pyongyang por conservar margen de maniobra en sus relaciones con Washington, evitando quedar atrapado prematuramente en una postura de confrontación irrestricta", afina.
Por su parte, Cho Han-bum, analista sénior del Instituto Coreano para la Unificación Nacional (KINU), subraya al mismo medio especializado que la lección que Pyongyang ha extraído del destino de Irán es tremendamente clara: "Kim Jong-un interpretará la suerte de Jamenei como la consecuencia directa de no poseer armas nucleares operativas. En consecuencia, la probabilidad de que Corea del Norte acepte la denuclearización en el futuro se ha reducido a cero, e intensificará su apego al arsenal atómico como su talismán de supervivencia".
La diplomacia ya tal
El debate estratégico en Washington no gira únicamente en torno a la imposibilidad de la vía militar, sino sobre el estrepitoso fracaso de las políticas diplomáticas aplicadas por las últimas seis administraciones estadounidenses. Y eso que hasta Trump, en su primer mandato, logró el hito de darle la mano a Kim y abrir lo que parecía que iba a ser un nuevo canal de interlocución. Quedó en poco más que en la foto.
En su reciente obra Fallout, Joel Wit -distinguido miembro del Stimson Center y exdiplomático del Departamento de Estado con más de dos décadas de experiencia en negociaciones directas con Pyongyang- detalla cómo la mayor superpotencia del planeta fue incapaz de impedir que un Estado empobrecido desarrollara un arsenal termonuclear intercontinental. A través de más de 300 entrevistas con tomadores de decisiones en Washington, Pekín, Seúl y contactos en Pyongyang, Wit concluye que, si bien las administraciones de Bill Clinton (demócrata) y George W. Bush (republicano) dejaron escapar oportunidades cruciales para acotar el programa nuclear norcoreano, la responsabilidad principal del fracaso recae en Barack Obama (demócrata y Donald Trump (republicano).
Contra Obama (en el mando entre 2009 y 2017) carga porque adoptó una política de "paciencia estratégica", asumiendo de forma irreal que las sanciones internacionales bastarían para asfixiar al régimen. Mientras Washington ignoraba la amenaza, Pyongyang realizó en 2013 su prueba nuclear miniaturizada y completó una planta masiva de enriquecimiento de uranio, expone.
Trump (cuyo primer mandato duró de 2017 a 2021 y quien retornó al cargo en enero de 2025) pasó de las amenazas destructivas, con aquel "fuego y furia" que se convirtió en su expresión diaria, al intento de negociación directa en las cumbres de Singapur (2018) y Hanói (2019). El colapso de esta última cumbre se debió a la falta de preparación técnica previa, a las pugnas internas en el equipo de Trump -especialmente entre el secretario de Estado Mike Pompeo y el asesor de Seguridad Nacional John Bolton- y a la escasa atención del mandatario estadounidense, que "no pudo sentarse el tiempo suficiente para cerrar un acuerdo complejo sobre el alcance de las sanciones y la denuclearización".
Este diagnóstico sobre el fracaso histórico ha impulsado una profunda reevaluación doctrinal en la capital estadounidense. En sus audiencias de confirmación en el Senado, el secretario de Estado actual, Marco Rubio, sugirió de forma abierta la necesidad de adoptar un nuevo enfoque. "Es necesario considerar un nuevo enfoque centrado en reducir el riesgo de una guerra nuclear inadvertida como la vía más pragmática hacia el objetivo final de la denuclearización de la península de Corea", dijo.
Esta transición desde la exigencia intransigente de una "denuclearización completa, verificable e irreversible" hacia la gestión del riesgo de conflicto accidental y el control de armamentos es respaldada por figuras históricas de la inteligencia y la investigación estratégica. Por ejemplo, John V. Parachini, investigador sénior en defensa e asuntos internacionales de la corporación RAND, destaca en sus análisis sobre la prevención de un conflicto atómico inadvertido. "Es momento de considerar algo distinto a exigir simplemente que Kim renuncie a un arsenal nuclear que considera esencial para su supervivencia. Kim declaró que Corea del Norte 'nunca renunciará a sus armas nucleares', lo que describió como 'equivalente a exigir la rendición de nuestra soberanía'. Dado que la posesión es 'irreversible', reorientar la diplomacia hacia medidas que reduzcan el riesgo de una guerra accidental es un enfoque pragmático que sirve como camino realista para reiniciar las negociaciones congeladas", escribe en el laboratorio de ideas de Santa Monica (EEUU).
En esta misma línea se sitúan las propuestas del exdirector de Inteligencia Nacional de EEUU, James Clapper, quien en sus memorias Facts and Fears señala que "un primer paso razonable sería reunirse con Corea del Norte para firmar un tratado de paz definitivo, ya que todo lo que tenemos ahora es un simple armisticio desde 1953". "Sólo el socio más grande puede cambiar la narrativa", recuerda.
Joel Wit plantea medidas pragmáticas inmediatas, como acordar una congelación de las pruebas nucleares norcoreanas a cambio de un alto en los ensayos de misiles por parte de Seúl y Washington, complementado con fórmulas de cooperación económica innovadoras. Entre ellas, propone adaptar el modelo del fondo de inversión para la reconstrucción acordado entre EEUU y Ucrania para aplicarlo al sector de la minería de tierras raras en Corea del Norte.
Teniendo en cuenta que compañías mineras australianas estiman que el suelo norcoreano alberga vastos depósitos de minerales críticos para la economía digital global, una iniciativa de esta índole -que requeriría el levantamiento parcial de sanciones- ofrecería a Kim Jong-un el alivio económico que largo tiempo ha buscado sin exigirle la entrega previa de sus ojivas.
Los movimientos en el tablero
El contexto geopolítico de hoy complica aún más cualquier intento de presión aislada contra Corea del Norte. Pyongyang ha aprovechado la fractura de la arquitectura de seguridad global para estrechar lazos estratégicos sin precedentes con Moscú y revitalizar su relación con Pekín. Valga un botón: las estimaciones de los servicios de inteligencia de Corea del Sur publicadas por medios como Reuters indican que el régimen de Kim Jong-un ha ingresado entre 7.000 y 14.000 millones de dólares en concepto de suministros de armamento, municiones, tecnología militar, combustible y alimentos enviados a Rusia para apoyar su esfuerzo bélico en Ucrania.
A nivel de cooperación sobre el terreno, se ha desmentido la presencia de brigadas norcoreanas de combate en la primera línea del frente ucraniano, pero su presencia en posiciones más lejanas es denunciada constantemente por el Gobierno de Kiev. Según el servicio de inteligencia militar ucraniano HUR, los primeros soldados norcoreanos llegaron a la región rusa de Kursk el 25 de octubre de 2024. Anteriormente habían sido entrenados en varios lugares del este de Rusia.
Esta misma semana, el presidente de Ucrania, Volodimir Zelenski, afirmó que Rusia ha pedido a Corea del Norte el envío de 30.000 soldados adicionales para apoyar la invasión, iniciada en 2022. Los preparativos para recibir este contingente se encuentran en marcha desde junio en la región rusa de Vorónezh, fronteriza con Ucrania, señala. Cuenta con información de Seúl que corrobora estos movimientos.
La colaboración militar más valiosa se manifiesta en áreas de altísima especialización, como las unidades de reconstrucción militar e ingeniería, altamente disciplinadas y capaces de erigir estructuras complejas en tiempos récord, que han sido desplegadas para la reconstrucción de infraestructuras en la región del Donbás, según AP. La misma agencia norteamericana sostiene que se han desplazado a suelo europeo especialistas en fortificación subterránea para la construcción de redes de túneles y posiciones defensivas subterráneas.
Consciente del riesgo de perder influencia frente a Moscú, Pekín también ha reactivado su relación de alto nivel con Pyongyang. Tras la cumbre bilateral celebrada en Pekín, el presidente chino Xi Jinping viajó a Pyongyang el pasado junio, sellando una relación diplomática que los medios oficiales calificaron como "tan cercana como los labios y los dientes". No pueden ser más gráficos con la metáfora. Posteriormente, en la conmemoración del 80º aniversario del fin de la Segunda Guerra Mundial en Pekín, Kim Jong-un ocupó un lugar de honor flanqueado por Xi Jinping y Vladimir Putin, proyectando la imagen de un líder plenamente integrado en el bloque de las potencias euroasiáticas.
La visita del ministro de Asuntos Exteriores chino, Wang Yi, a Pyongyang en abril de 2026 para reunirse con Kim Jong-un y la canciller Choe Son-hui reafirmó la aceptación tácita por parte de China del estatus nuclear norcoreano, omitiendo cualquier demanda de denuclearización en las declaraciones conjuntas.
¿Una nueva cumbre Trump-Kim?
En este nuevo tablero, las señales emitidas desde la Casa Blanca y el Gran Palacio de Estudios del Pueblo en Pyongyang insinúan la posibilidad de un histórico acercamiento diplomático. En junio, durante la cena de la Cumbre del G7 en Évian-les-Bains (Francia), Trump informó al presidente surcoreano Lee Jae-myung que "había llegado el momento de prestar atención al asunto de Corea del Norte", una vez alcanzado el acuerdo marco con Irán. Días después, Trump publicó en sus redes sociales una fotografía sin texto de su primer encuentro con Kim Jong-un en Singapur, allá por 2018.
Esta apertura coincide con las declaraciones realizadas por el propio Kim Jong-un en septiembre de 2025. "Si Estados Unidos abandona su vana obsesión con la denuclearización y desea perseguir la coexistencia pacífica con Corea del Norte basada en el reconocimiento de la realidad, no hay razón para que no nos sentemos a negociar. Personalmente, conservo buenos recuerdos del presidente estadounidense Trump". Quedó dicho, aunque no lo ha repetido más.
El investigador sénior Andrew Yeo, titular de la Cátedra SK-Korea Foundation en la Brookings Institution, sostiene en su análisis Rethinking North Korea Diplomacy que una eventual cumbre entre Trump y Kim ofrece la mejor oportunidad realista para frenar la expansión sin control del programa atómico norcoreano, siempre que se aplique el principio de "no dañar". En dicha cita, abunda, deberían quedar claras unas cuantas cosas. A saber: que el paraguas nuclear norteamericano a Corea del Sur y Japón no se mueve, para evitar contagios en la carrera armamentística en la zona; que no se van a retirar tropas de la península coreana sin hablar con los aliados antes (como amenaza Trump con hacer en Europa); que hay que trabajar en la "contención inmediata" porque la desnuclearización es un horizonte deseable pero lejano y que, sí, se puede hablar de levantar sanciones, pero siempre a cambio de una congelación verificable del desarrollo de misiles.
Lo triste es que en todos los análisis diplomáticos, defensivos o geoestratégicos citados cuesta encontrar referencias a otra exigencia clave que se le podría hacer a Corea del Norte: que deje de violar los derechos humanos. "La tercera generación del dictador Kim Jong Un dirige el país con ferocidad totalitaria. Niega todas las libertades básicas. El gobierno impone una obediencia extrema mediante torturas, ejecuciones, encarcelamientos brutales, desapariciones forzadas y trabajos forzados. Respaldados por una represión brutal, los trabajos forzados se utilizan para apoyar programas militares cruciales para la producción de armas. Esto incluye el desarrollo y la producción de misiles y armas nucleares. Es más, el Gobierno desvía miles de millones a programas de armamento a expensas de las necesidades básicas. De este modo se pisotean otros derechos, como el derecho a la alimentación y a la salud". Lo recuerda la organización internacional Human Rights Watch.