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'Viva Carmen', la más brillante (y feminista) lectura de la ópera de Bizet desde la animación

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La idea es convertir un relato de amour fou, profundamente racial, desmadrado, cruel, kitsch, sangriento, sexista, clasista, racista y muy machista en una historia que hable de asuntos tales como la solidaridad, la comprensión, la justicia y, llegado el caso, de todo lo anterior que acaba en ista pero con la sana y hasta pedagógica intención de demostrar su falta de fundamento. Digamos que en el orden natural de los esfuerzos piadosos (y muy woke, que dirían los clasistas, racistas, sexistas...), la propuesta del director francés Sébastien Laudenbach en su nueva película tras la obra maestra ¡Linda quiere pollo! (2023) es el equivalente a un Everest encima de otro.

En efecto, Viva Carmen, que sirvió para dar por inaugurado de la más brillante de las maneras el Festival de Sevilla (como es lógico), es la ópera de Georges Bizet sobre la novela corta de Prosper Mérimée, pero del revés. O, mejor y sin ningún tipo de complejos, desde el lado correcto, el civilizado. En el colmo de los atrevimientos, ni siquiera la música juega el papel que cabría esperar. La partitura discurre ahora más que como protagonista necesario en un cuento forzadamente esquemático y plagado de clichés como eco, como el escenario de un sueño compartido. Y ya son tres los Everest.

Si se mira con un poco de distancia, Carmen siempre fue por encima de cualquier otra consideración, una excusa. Godard la convirtió en una terrorista en su particular metaversión en Nombre: Carmen, y Saura hizo de ella el centro de un laberinto de cine dentro de cine donde el deseo funcionaban como detonante de un proceloso y barroco estudio de la representación de la propia representación. El trabajo de Laudenbach responde a esa misma motivación de deconstruir los esquemas y actitudes que nos hemos dado, pero desde la propia superficie de la imagen. De repente, el sol de Sevilla rima con cada una de las pasiones más escondidas y graves para hacer que la pantalla explote en colores imposibles que van desde el magenta iridiscente de los celos hasta el encarnado bilioso de la pasión pasando por una paleta que se hace y deshace delante de los ojos del espectador como un sueño surgido desde lo más hondo del Guadalquivir. Suena poético, quizá melodramático, y lo es. Lo uno y lo otro.

La película da voz a alguien que en la historia ortodoxa nunca la tuvo: un niño. Él es el ayudante de un afilador ciego con la rara habilidad de ver el futuro en las chispas de las navajas a las que ahúsa. Ahí está el destino de Carmen asaeteada por su amante. Y ahí que corre el crío por una Sevilla decimonónica tan prodigiosa que se diría muy cerca del milagro para evitar lo peor, para detener el destino. «La ópera trata de una mujer fatal que enloquece a los hombres. Para mí el destino de Carmen es morir para que no la olvidemos», dice el director y, si entornan los ojos y se saca punta a la declaración, se entiende. Ciertamente, lo que la cinta busca y pretende no es tanto rebatir nada ni mucho menos corregir o leerle la cartilla a Bizet. Al revés, se trata de un acto de justicia, de devolver a la víctima de un mundo de hombres su derecho a la memoria, a la dignidad y a la felicidad incluso.

Viva Carmen no cambia el relato, simplemente lo prolonga en las voces de todas las mujeres que en una secuencia desde ahora mismo mítica se juntan para cantar y bailar las canciones que hicieron a Carmen (el personaje, la ópera, la novela y la mujer) lo que ahora mismo es y para siempre: un mito que nos señala y nos compromete. Y al fondo, Sevilla, la del Festival, como nunca antes.