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Ye es puro Kanye West en Madrid: extraño, desigual y preso de la nostalgia, pero con algunas canciones realmente formidables

· Culture

Es Kanye West, ¿qué esperabais?

El primer concierto en Madrid de toda su carrera ha sido una experiencia extraña que ha discurrido de manera inestable, a veces desconcertante, otras autoindulgente, pero también con destellos fabulosos. Ahora se hace llamar Ye, pero el concierto de este jueves ha sido puro Kanye: cambió el nombre de la marca, pero la esencia es la misma que explica 20 años enloquecidos durante los que el icono estadounidense ha provocado el asombro artístico al mismo tiempo que eructaba comentarios y actitudes deplorables.

Kanye West no llegó a ser el artista más importante del siglo XXI pensando en el pasado. Su música deslumbrante, combinación de hip hop, electrónica, funk y pop, fue una promesa de futuro, pero hoy es en buena medida una celebración nostálgica. Mal asunto para un artista que ha definido toda su obra en términos de modernidad y que ahora trabaja en su rehabilitación artística.

La nostalgia ha sido el combustible que ha impulsado adelante sus 100 minutos frenéticos en el centro del estadio Metropolitano, prácticamente lleno con 65.000 personas (muchas de ellas extranjeras) que han pagado entre 190 y 600 euros por la entrada. El problema ha sido evidente cuando el cantante y productor ha encadenado canciones de su nuevo disco, 'Bully', y de los recientes 'Vultures', 'Ye' y 'Donda': tocaba fondo. Sin embargo, solo unos minutos antes ejecutaba como martillazos de Thor cuatro temazos de 'Yeezus' ('Black Skinhead', 'On Sight', 'Blood on the Leaves' y 'Bound 2') y cualquiera podía sentir una corriente eléctrica recorriendo la columna. Con el sonido alto y distorsionado, agresivo y desafiante, incluso la reciente 'Carnival' ha empezado transmitiendo esa potencia electrizante, aunque el entusiasmo se ha difuminado al rato como el humo que rodeaba a Kanye, perdón, Ye.

Otras veces ni la nostalgia ha funcionado. El arranque de 'megahits' como 'Power' y, un poco después, 'Heartless', ha desencadenado una descarga de adrenalina en el público, pero la emoción del impacto se ha diluido: ha abaratado ambos himnos hasta vaciarlos un poco por dentro, convertidos en tonos para el tiempo muerto de un partido entre los Wizards y los Pelicans.

La puesta en escena es original. Obsesionado por ser comprendido y admirado, Kanye West pasa todo el 'show' encima de media esfera, situada en el centro del estadio, sobre la que se proyecta una imagen del globo terráqueo orbitando, de la Luna o, la mejor solución, cuando ha funcionado como pantalla. Pretende transmitir la idea de ser un rey en la cima (la primera canción que interpreta es 'King'; nunca fue un hombre sutil), pero pronto el concepto escénico resulta monótono y falla en su objetivo. Se agranda la distancia entre lo que quiere parecer Kanye West y lo que es en realidad.

Con toda la música pregrabada, sin público en la pista (anticlímax), sin pantallas, distante entre tinieblas, el solito de principio a fin sin decir nada entre la sucesión de canciones, Kanye era una silueta diminuta cuya voz reverberaba distorsionada por el Autotune y la confusa sonoridad del estadio. A menudo se ha identificado con Jesucristo y con los genios incomprendidos, pero evocaba la imagen de un hombre solo en el mundo, alguien que se oculta a la vez que se expone. Incluso podía parecer un emperador desnudo, rapeando mecánicamente y camuflado en un simulacro de épica, con toda esa parafernalia de rayos láser, petardazos y fuegos artificiales. En conjunto, una figura realmente extraña para un espectáculo de estadio.

¿Cómo hemos llegado hasta aquí? En una espiral de autosabotaje irrepetible, uno de los artistas más audaces, influyentes y populares de este siglo ha pasado de mesías a villano tras propeler durante años un sinfín de comentarios en favor de Adolf Hitler, declarándose nazi, glorificando la esvástica, haciendo violentos comentarios antisemitas, machistas y homófobos y mofándose de las protestas antirracistas. En enero intentó borrar esa montaña de mierda con una disculpa pública en la que achacaba todo, caracoles, a un trastorno bipolar presuntamente provocado por un accidente de coche que sufrió en 2002. Esta gira ha sido cancelada en seis países y solo pasa por España, Países Bajos, Georgia, Albania, Portugal, Kazajstán, Indonesia y cinco ciudades de Estados Unidos.

Con 70 millones de oyentes mensuales en Spotify no puede decirse que haya perdido relevancia, pero carece por completo de autoridad y de estatus, también ha visto esfumarse su negocio milmillonario de ropa, y desde hace años no encuentra la forma de proyectar su talento creativo en canciones memorables. La cabra tiró al monte y solo le queda el legado de sus seis primeros discos, que explica por qué un concierto de Kanye West sigue siendo un acontecimiento.

Lo mejor de la noche ha sucedido cuando se han enlazado, en versiones cortas de dos minutos, 'Jesus Walks', 'All Falls Down', 'Gold Digger', 'Touch the Sky', 'Good Life', 'Homecoming' y 'All of the Lights', que ha repetido una segunda vez para el delirio colectivo. Ha sido un ciclo glorioso de música y prácticamente nadie en el público había visto nunca antes a Kanye West en directo: habíamos venido exactamente a vivir esto al menos una vez. Las interpretaciones vocales han sido correctas sin más, no tenían la precisión, la tensión y la fuerza de su célebre vehemencia, pero la materia prima es tan buena que la cosa ha fluido bien.

Las cuatro últimas canciones se han hecho más rutinarias, aunque entre ellas había tres piezas portentosas: 'Flashing Lights', 'Stronger' y 'Runaway'. Alargadas, han sonado simplemente correctas. Un espectáculo extraño y desigual no podía tener otro final. Su rehabilitación como artista se aleja más rápido de lo que él avanza.