Mario Draghi, el presidente del Banco Central Europeo que, en junio de 2012, en lo peor de la crisis financiera, dijo «lo que haga falta para salvar el euro» y anunció que la recuperación europea sería una misión solidaria, dio el discurso más importante de la ceremonia de los Premios Princesa de Asturias 2025. El más político, el más duro pero también el más concreto en su contenido. «Hoy, las perspectivas para Europa son las más difíciles que yo recuerde. Casi todos los principios sobre los que se fundó la Unión están tensionados. Construimos nuestra prosperidad sobre la apertura y el multilateralismo, pero ahora nos enfrentamos con el proteccionismo y la acción unilateral. Creíamos que la diplomacia podía ser la base de nuestra seguridad, sin embargo ahora asistimos al regreso del poder militar duro. Prometimos liderazgo en materia de responsabilidad climática, pero ahora vemos cómo algunos se retiran mientras nosotros asumimos los costos crecientes. El mundo que nos rodea ha cambiado fundamentalmente y Europa se afana por responder».
El antiguo presidente del Consejo de Ministros de Italia, ganador del Premio Princesa de Asturias de Cooperación Internacional, convirtió su discurso de aceptación en una lección sobre el problema de la UE, en singular: «No se ha cambiado nuestra gobernanza desde 2007. Hoy somos una confederación europea que simplemente no puede hacer frente a semejantes exigencias». La crisis de las democracias liberales no va a permitir avanzar en esa gobernanza compartida. ¿No hay nada que hacer, entonces? Sí, y por eso fue importante el discurso de Draghi, que propuso un «federalismo pragmático», «basado en cuestiones concretas, flexible y capaz de actuar al margen de los mecanismos más lentos de la toma de decisiones de la UE».
El contrapunto a las palabras de Draghi estuvo en las de Byung-Chul Han, el Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades. El filósofo alemán dio un discurso desgarrado, personal y retador. Dijo que es filósofo para criticar, irritar y recriminar a los ciudadanos, según el consejo de Platón. Y en ello se puso.
Algunas de las frases del discurso de Han: «La ilimitada libertad individual que nos propone el neoliberalismo no es más que una ilusión». «Uno se imagina que es libre pero, en realidad, lo que hace es explotarse a sí mismo voluntariamente«. «Es el teléfono inteligente el que nos utiliza a nosotros y no al revés». «Todo está disponible al instante. El mundo se asemeja a un gigantesco almacen donde todo se vuelve consumible. […] Lo social se está erosionando. Perdemos toda empatía, toda atención hacia el prójimo». «El legado del liberalismo ha sido el vacío». Y, después, dio «muchísimas gracias».
Han y Draghi dieron los discursos más largos aunque los premiados más populares en la semana ovetense de los Premios Princesa de Asturias fueron Eduardo Mendoza y Graciela Iturbide. Mendoza, abrumado después de una semana de atención constante del público, leyó un texto corto, mendozianamente gracioso a base de pequeñas paradojas y autoironías. «Lo último que se pierde en la vida no es la esperanza sino la vanidad», dijo el escritor.
Y continuó: «En el colegio recibí una educación estricta, tediosa y opresiva. Tenazmente me inculcaron las virtudes del trabajo, el ahorro y el decoro, gracias a lo cual salí vago, malgastador y un poco golfo, tres cosas malas en sí, pero buenas para escribir novelas. Crecí en Barcelona, una ciudad de tamaño medio, cálida y soleada, tranquila laboriosa y conservadora, cuna de santos infantiles y abuelos entrañables. También un ciudad portuaria, viciosa y canalla. Yendo de la una a la otra y buceando en bibliotecas y hemerotecas descubrí que Barcelona tenía además un interesante pasado turbulento y criminal, del que me apropié para escribir mis novelas. Las ciudades, como las novelas, son de todos y no son de nadie«.
A Mendoza lo acompañó en la ceremonia Salvador Illa, presidente de la Generalitat de Catalunya. El escritor de La ciudad de los prodigios fue el único premiado español de la noche. A su lado, en el palmarés, estaban un alemán-coreano (Han), un italiano (Mario Draghi), tres mexicanos (Graciela Iturbide y los representantes del Museo de Antropología de México) y tres estadounidenses (Douglas Massey, Serena Williams y Mary-Claire King, que no asistió al Teatro Campoamor, indispuesta).
Hubo un discurso más, el de Graciela Iturbide, Premio Princesa de Asturias de las Artes. Sus palabras fueron las más líricas de la tarde. «Como casi todos los mexicanos, soy el resultado de la fusión entre dos culturas, dos visiones del mundo casi siempre encontradas. La historia de México es la del sincretismo que me habita y no podría sacrificar una de sus vertientes sin mutilarme a mí misma. A raíz de la Guerra Civil española, llegaron a México intelectuales y artistas que enriquecieron nuestra vida cultural y nos inspiraron con sus talentos y sus conocimientos. No puedo olvidarlos en un momento como éste».
Iturbide terminó con unas palabras de poesía y otras de política: «No me gusta que digan que mi fotografía es mágica. Más me interesa, y no sé si lo logro siempre, que haya una dosis de poesía en ella. La fotografía juega con una ambigüedad: devela un fragmento de realidad que yo procuro volver a velar, con el objeto de no dilapidar el misterio que recoge. […] Ante todo me considero una ciudadana del mundo. Por fortuna, el arte fotográfico no conoce fronteras, ni tiene pasaporte, ni necesita visas, por más que algunos hombres poderosos pretendan limitar el libre tránsito entre los países y coartar la libertad de pensar y de crear«.
