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José Mercé: «Rosalía tiene un gran talento, pero mucho de lo que hace ella ahora ya lo hice yo antes»

José Mercé (Jerez, 1955) tiene tres problemas cuando nos sentamos a hablar de su nuevo álbum, cuyo título no admite interpretaciones: ‘José Mercé canta a Manuel Alejandro’. Por un lado, han puesto a su Real Madrid a las siete y no le va a dar tiempo a verlo; por otro, su nieto pequeño ha salido del Atleti, Miguel Ángel Gil se ha enterado y lo ha hecho socio para no perderlo («no hay vuelta atrás», se resigna) y, por último, le han hecho una modernidad en el café con leche que no le convence. «Qué manía con la espumita de los cojones», refunfuña mientras la quita con la cucharilla. En ese momento, calla y se parte de risa. El maestro es, por encima de todo, un tío simpático.

¿Se reconoce poco a Manuel Alejandro para lo que ha supuesto en la música española?
No se le ha homenajeado nada y se lo merece todo. Es paisano de Jerez, nacimos en la misma calle, la de la Merced, en el barrio de Santiago. Él mucho antes que yo, pero nos conocemos desde siempre. No hay mejor escribidor de letras de amor y desamor que Manuel. Ni en España ni en Europa ni en el mundo. Tiene la gran suerte, además, de haber nacido en ese barrio. Cuando él era un chaval, debajo de su casa había un tabanco donde los gitanos viejos bebían sus botellas, hablaban de sus cosas y hacían música con sus nudillos en los barriles de vino. Manuel los escuchaba cantar por martinetes, por seguiriyas, por soleás y por bulerías. Todo eso le ha servido para componer y para escribir. Siempre he querido hacer algo juntos y por él lo hubiéramos hecho antes, pero a mí me daba mucho respeto, incluso miedo.
¿Por qué?
Porque si en los años 80 se me ocurre cantar a Manuel Alejandro, los flamencólicos, que es como llamo cariñosamente a los flamencólogos, me quitan el carnet, me borran del flamenco y me meten cinco meses en prisión.
¿Sigue existiendo ese purismo exacerbado en el flamenco o al fin se ha aceptado la mezcla? El año que viene se cumplen ya 30 años del ‘Omega’, de Morente y Lagartija Nick.
Y hace 45 de ‘La leyenda del tiempo’ y aún tardó en superarse lo que esos dos discos maravillosos sufrieron. Afortunadamente, ya no pasa. El sota, caballo y rey se ha acabado y puedes hacer lo que te dé la real gana, cada uno con su dignidad y su talento. Hace tiempo que el flamenco ha asumido la mezcla y hemos avanzado muchísimo musicalmente. A veces, demasiado porque llamamos enseguida flamenco a cosas que no lo son. Una cosa es innovar y otra es pasarse.
Tú has contribuido un montón a ese proceso.
Afortunadamente, sí. En mi carrera ha habido un antes y un después del 98, cuando grabo ‘Del amanecer’ con Vicente Amigo y, dos años después, ‘Aire’, que es el disco más vendido de la historia del flamenco y lo es por una cosa. Porque las multinacionales nunca habían hecho promoción de un disco de flamenco como la que hacen de cualquiera de rock o de pop. Nuestra música, nuestra cultura, nuestra marca España, que es el flamenco, no se promocionaba porque lo consideraban una cosa que estaba ahí, de la que tenían que sacar discos obligatoriamente para cubrir el expediente, que se vendían 5.000 copias y ya estaba amortizado. Le hacían de menos. Cuando ‘Aire’ se promocionó como el resto de discos, fue doble platino y me dieron todos los premios habidos y por haber.
Habiendo sido clave en esa revolución del flamenco, ¿por qué dices que ahora a veces se innova demasiado?
Me refiero a que el flamenco puede ser un montón de cosas, pero hay unos mínimos para que lo sea. Siempre digo a los jóvenes que primero aprendan la raíz y la base del flamenco y, una vez la conozcan, que hagan lo que quieran en base a su personalidad y sus ideas. Yo ahí no me meto, pero lo primero e indispensable es aprender la base y la raíz. No puedes innovar si no conoces bien lo que estás cambiando, no puedes ser arquitecto si no has pasado por peón de albañil y oficial de primera. Cuando yo saqué esos dos discos, ‘Del amanecer ‘ y ‘Aire’, me dieron por todos los sitios, incluidos muchos de mis compañeros. Me llamaron loco, traidor y de todo, pero lo que no podían decir es que no conociera bien mi música. Y a los cuatro o cinco meses estaban todos en el escenario haciendo lo mismo que había hecho yo [risas].
¿Qué opinas del debate de la apropiación cultural que resurge cada cierto tiempo cuando un artista ajeno a la cultura gitana utiliza el flamenco? Le pasó a Rosalía, por ejemplo.
Eso me parece una gilipollez muy grande. El flamenco no es de nadie y está ahí para todo el que lo trate con respeto. De Rosalía tengo que decir que tiene muchísimo talento y hubo un tiempo que sí hizo flamenco, pero ya no le queda casi nada y, sin querer ser presuntuoso, muchas de las cosas que está haciendo ahora ya las había hecho yo antes en mi disco ‘Oripandó’, con Antonio Orozco.
¿Sientes que se valora todo lo que has hecho?
Mira, a mí ya me da igual. Haciendo las cosas que me gustan ya me quedo satisfecho. El mundo este de hacer historia y de quiénes son los mejores, no me interesa. En este momento trabajo para ser feliz y lo estoy logrando. Con que mi gente disfrute al verme la mitad que yo en el escenario, me siento pagado. No necesito homenajes ni premios.

¿Cómo recuerdas tu infancia en ese Jerez del que hablabas al principio?
La más bonita del mundo, no cambio mi infancia por esta época actual con todos sus éxitos ni muerto. Ese barrio de Santiago, esos colegios, esos juegos en la calle, esas casas de vecinos, esos olores de las comidas y los patios… Cuando no me gustaba la comida que había hecho mi madre, cualquier vecina me metía en su casa y comía lo suyo. Todo eso lo echo mucho de menos. Jugábamos como todos los niños a la lima, al bolindre y al fútbol, pero nuestro final de día siempre era, en cualquier esquina del barrio, cantar y bailar por bulerías. Ese era nuestro momento.
Lo que pasa es que tu infancia fue corta.
Sí, porque me tocaba empezar el Bachillerato y le dije a mi padre que yo no quería estudiar, que quería cantar. Aunque hice el primer curso, a los 13 años ya me fui al tablao a Cádiz, estuve unos meses y antes de cumplir los 14 ya grabé mi primer disco con Paco de Lucía y me vine a Madrid. Casi toda mi vida la he hecho aquí, pero Jerez seguirá en mí hasta que me muera. Yo soy de Heré, no de Jerez. Como decía Lola Flores, si tú quieres saber si alguien es de verdad andaluz, pídele que diga naranja. Si pronuncia la ene y la jota es un impostor [risas].
En Madrid te cambia la vida Antonio Gades.
Sí. Yo vengo a vivir en casa de mi tío, Manuel Soto, ‘Sordera’, y me coloco en el tablao Torres Bermejas. En esa época, de los años 70 a los 90, los mejores del flamenco, del baile, del cante y de la guitarra estaban en los tablaos madrileños. Había que venir a Madrid a confirmar la alternativa y te quedabas. Ahí, en Torres Bermejas, me conoce Antonio, me voy con él y estoy diez años en su compañía recorriendo el mundo.
En uno de esos viajes, acabas viviendo con Chiquito de la Calzada en Tokio, que es una escena que mataría por ver.
Me voy a Tokio con 19 años, recién casado y en el grupo que fuimos venía Chiquito de la Calzada, porque él siempre fue cantaor. Todos íbamos en pareja menos él, porque Pepita, su mujer, era la única que no estaba en el mundillo. Entonces, le dábamos de comer en nuestros apartamentos todos los días, porque no sabía cocinar y para que no estuviera solo. Todo lo que nos pagaban, él lo gastaba en regalos para Pepita y luego venía a comer de gorra, así que le gastamos la broma de que ya nadie iba a cocinar más para él. Lo mantuvimos tres días y ya una noche lo veo tocando las palmas y se caía, sólo sudaba. Me dijo: «José, dile a la Merce [la mujer de Mercé] que me haga un guiso de papas con carne, que me voy a morir por la gloria de mi madre» [risas] .
¿Ya hablaba como cuando se hizo humorista?
Sí, claro. Siempre habló así. Todos esos dichos los cogió de un gitano de La Línea que se llamaba Brillantina. Por Tokio iba siempre con un abrigo de cuadros y los dólares que nos pagaban los llevaba siempre encima en el bolsillo interior y cada vez que se le acercaba un japonés, saltaba hacia atrás y decía: «¡Quietor!» [risas]. Se pasó el viaje pensando que aquellos pobres le iban a robar.
Tu carrera se divide en dos, antes y después de la muerte de tu hijo Curro a los 14 años, en 1994, que te llevó a apartarte de la música.
Fue Vicente Amigo quién permitió que saliera de ese hoyo. Compuso ‘Del amanecer’ y me dijo: «Tengo un disco para ti, pero para ti sólo; si no lo haces tú, no se lo digo a nadie». Me fue dando ánimos, me fue convenciendo, recuperé la fuerza y en mi carrera hay un antes y un después. Decidí volver y también que ya no iba a conformarme con lo de siempre, que del flamenco puro se podía salir. La música sana. Me ha sanado a mí y yo he sanado a otros. Una vez fui con Tomatito a cantar para los enfermos del hospital Doce de octubre y una señora que no andaba, de golpe se levantó a dar palmas.
Ahora que nos acercamos a los 50 años de democracia en este país…
Bueno, eso de democracia…
¿No lo es?
Sí lo es, pero tendríamos que aprender a vivir en democracia porque creo que todavía no nos hemos enterado de cómo funciona una.
¿En qué sentido?
España está cada día peor. No se respeta al que piensa diferente, no se debate sino que se insulta y cada vez somos más egoístas. No aprendemos pese a todas las cosas que han ocurrido en esta sociedad en los últimos años, empezando por la pandemia. Veo a la gente muy deshumanizada. Tú no puedes ver una persona en el suelo y pasar de largo, tío. Se ha normalizado la desgracia ajena. Por eso no cambio mi época por esta ni muerto. Cuando se murió el tío Paco [Franco] teníamos una ilusión y unas ganas de crear juntos un país abierto y lo hicimos muy requetebién. Teníamos un objetivo como país y luchamos juntos por él. Hoy ya nadie lucha por nada, todo el mundo va a lo suyo y pasa del prójimo.
¿Qué es lo que más te cabrea?
Me cabrea mucho cómo respondemos como sociedad al manejo de los políticos. Tendríamos que hacer algo más, exigir más y rebelarnos ante sus manejos, pero les seguimos como borregos. Siento que me están mandando con la vara otra vez como en la dictadura. No hicimos una democracia para esto.
¿No crees en la política?
Sí, pero no creo en las peleas de estos políticos, no me interesan porque sólo son para insultarse pensando en sus partidos y sus votos. A mí me interesa la pelea del pueblo, que no nos conformemos y luchemos para que la gente pueda vivir mejor. Hemos dejado de pelear, tío. Nosotros luchamos mucho en nuestro momento porque teníamos la ilusión de ver de una vez a España abierta y libre, pero ahora veo a muchos jóvenes que pasan de todo y van a lo suyo. Especialmente en la izquierda veo esa apatía.
¿España tiene normalizado el racismo hacia los gitanos?
Existe mucho racismo hacia los gitanos todavía en España. Siempre ha sido así y no ha cambiado demasiado. Yo entiendo que mi gente, los gitanos, también deberíamos hacer algo más por entrar en la sociedad, eso es cierto, pero es difícil entrar en un sitio cuando sientes que existe un rechazo. Habría que poner mucho más por ambas partes y no se ha hecho. Y hoy en día, va a peor con el auge de ciertos grupos políticos que están fomentando el racismo y la xenofobia. Ese auge de la extrema derecha en España yo no lo esperaba y es muy peligroso.