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Júpiter besa un ‘fake’: la pintura gay más bella de la antigüedad que humilló al padre de la Historia del Arte

El alemán Johann Joachim Winckelmann (1717-1768) está considerado como el fundador de la Historia del Arte y de la Arqueología como disciplinas modernas. Su homosexualidad era un secreto a voces en su época, algo que se refleja en su obra y en su visión de la cultura clásica, pero también en su ceguera de la cultura clásica. Ante una pintura al fresco, Júpiter besa a Ganímedes, Winckelmann certificó estar ante la más bella pintura antigua de entre todas las conocidas. Sin embargo, era un timo. El cuadro había sido pintado Antonio Raphael Mengs (1728-1779) con intención de engañarle, y estos días se expone en el Museo del Prado, préstamo de la Galleria Nazionale d’Arte Antica, Palazzo Barberini, de Roma

El mito cuenta que Ganímedes, hijo del rey Tros, fue llevado al monte Olimpo para ser el copero de los dioses. Una alegoría del amor homosexual que Mengs sabía que seduciría a Winckelmann, en el momento en el que, precisamente, estaba sentando las bases de la arqueología científica. Mengs no desveló la verdad hasta su lecho de muerte, lo que a la vez le convertiría en el autor de una de las falsificaciones más sonadas y bellas de la antigüedad.

Los hechos sedujeron al mismísimo Goethe en su Viaje a Italia: «18 de noviembre de 1786. Mas ahora debo ocuparme de un maravilloso y problemático cuadro que asimismo resulta agradable ver después de aquellos excelentes objetos. Hace ya muchos años se instaló aquí (sc. en Roma) un francés, conocido por ser un coleccionista amante de las artes. Sin que se sepa cómo, entró en posesión de un cuadro «antiguo» sobre yeso, que mandó restaurar por Mengs y ocupa un lugar de honor en su colección. Winckelmann habla entusiasmado de este cuadro en algún pasaje de su obra. Representa a Ganímedes ofreciendo a Júpiter una copa de vino y recibiendo a cambio un beso. Al morir el francés lega la «antigüedad» a su hostelera, pero en su lecho de muerte Mengs asegura que no es antiguo, que lo ha pintado él. Y aquí es cuando se desencadenan las disputas. Unos pretenden que Mengs lo hizo de cualquier manera, como simple diversión; otros afirman que él jamás habría sido capaz de ejecutar una obra semejante, casi demasiado bella incluso para Rafael. Lo vi ayer y debo decir que yo tampoco conozco nada más bello que la figura de Ganímedes: la cabeza y la espalda, porque todo lo demás está muy restaurado. Desde entonces, el cuadro ha caído en descrédito y nadie quiere librar a la pobre mujer de su tesoro».

Que el cuadro es un fake y no una antichità, tesoro buscado incesantemente por los ingenuos turistas de Italia de la época, es un hecho. Como también la salida del armario del método científico de Winckelmann: «En septiembre del año 1760, cuando hacía ya mucho tiempo que no se descubrían en Roma y sus alrededores pinturas antiguas bien conservadas y había pocas esperanzas de hacer nuevos descubrimientos, apareció una pintura como nunca se había visto y que incluso hacía palidecer las pinturas de Herculano hasta entonteces conocidas».

En noviembre de 1755 Winckelmann llegó a Roma. El contacto con Mengs fue inmediato y se mantuvo durante diez años. Sobre su relación escribe en sus memorias el aventurero, libertino, historiador, escritor, diplomático, jurista, violinista, filósofo, matemático, bibliotecario, agente secreto y cómplice del engaño del cuadro, Giacomo Casanova: «Al día siguiente Mengs vino a Roma, y cené con él en familia. Tenía una hermana fea, pero bondadosa y llena de talento; había estado enamorada de mi hermano […] La mujer de Mengs era bella, honesta y bastante puntillosa en sus deberes de esposa y de madre, y muy sumisa con su marido, al que no podía amar porque Mengs era poco digno de ser amado. Era testarudo y cruel, y siempre estaba borracho cuando se levantaba de la mesa; pero si comía fuera de casa, sólo bebía agua por prudencia […]. Después de cenar todo el mundo estaba algo borracho. Winckelmann hizo cabriolas por el suelo con los hijos y las hijas de Mengs, que lo adoraban. A este sabio le gustaba retozar con la infancia».

El propio Mengs describía con indisimulado entusiasmo su relación con Winckleman: «Me alegro de gozar de su amistad, y juntos pasamos muchas horas agradables. Él me alimenta con sus conocimientos, y cuando se cansa, empiezo yo a hablarle del arte, de bellezas delicadas, de pensamientos sublimes y del conocimiento bien fundado de los antiguos maestros, lo cual le produce tanta satisfacción como la que me da a mí el escucharle». Por su parte, Winckelmann se manifestaba en términos muy parecidos, reconociendo que sin el pintor sarei stato a Roma come in un deserto.

Las razones de su ruptura continúan siendo tema de debate entre los especialistas. Y son numerosas las causas que se esgrimen para justificar lo que hizo. «Resulta interesante poner de manifiesto que, a la mirada de la crítica moderna, el fresco no es más que un evidente pastiche dieciochesco, más próximo a los modos del siglo XVI que a la Antigüedad romana y, al mismo tiempo, se advierten en él elementos formales y conceptuales que podrían hacer pensar que fue creado con la única voluntad de engañar a Winckelmann», apunta Andrés Úbeda, comisario de la exposición y jefe de Colección de Pintura del siglo XVIII y Goya del Museo del Prado.

Úbeda apunta que Mengs se atribuía una «superioridad moral y profesional» frente a Winckelmann. El clásico debate entre si sabe más el pintor o el erudito. Y también culpaba a Winckelmann de falta de reconocimiento en sus escritos al débito contraído por sus enseñanzas.

Los estudiosos de esta falsificación justifican la ceguera de Winckelmann frente a la obra con «la coincidencia entre la pintura y las ideas sobre la belleza clásica que defendía». Pero también que «la belleza dorsal del joven Ganimedes y el beso, con el que reconforta a Júpiter, pudieron intensificar su interés«. Sus palabras posteriores tras conocer el engaño transpiran amargura y rabia: «Baste decir que él [Casanova] y Mengs se han aliado, no me cabe duda, para ponerme en ridículo a los ojos del mundo y la sospecha que recae sobre este último [Mengs] es motivo de ruptura eterna».

«Parece claro que su objetivo fue colocar en una situación difícil al que había sido su amigo hasta entonces, poniendo en evidencia los límites de su conocimiento y, lo que es más interesante, los límites de su método de análisis del arte griego», apunta Úbeda. «Lo que no queda claro (y puede que nunca lo esté) es si Mengs pretendió ridiculizar y humillar a Winckelmann ante el mundo culto provocando un daño irreparable a su reputación. Quizás sus objetivos fueron mucho más limitados y, simplemente, llegó un momento en que perdió el control sobre la maniobra de dudoso gusto que había emprendido».