Hay mapas del tesoro y mapas que son un tesoro. Planos por los que se pagan fortunas y que pasan siglos viajando por el planeta, de coleccionista en coleccionista. Así hasta que, empujados por el viento del destino, completan su viaje circular y vuelven al lugar donde fueron creados.
Es lo que acaba de ocurrir con uno de ellos: la carta portulana de Pere Rosell, un valioso documento de 1449 que ha sido subastado en Londres por 600.000 libras esterlinas y adquirido por el Consell de Mallorca, el gobierno insular.
Empecemos por el principio. En primer lugar, no son exactamente mapas. Son cartas náuticas medievales, también llamadas portulanas. Las mejores de la Edad Media, confeccionadas en una red de pequeños talleres de Mallorca entre el siglo XIII y el siglo XV, cuando la isla era un crisol de culturas en el Mediterráneo, el mar de mares donde se condensaba el comercio -y la riqueza- global.
En aquel contexto, influenciados por los maestros genoveses, floreció en Mallorca la mejor escuela de cartógrafos de la época. Los grandes guías del mar: la Escuela Cartográfica Mallorquina, un grupo de talentosos artesanos de origen mayoritariamente judío que pusieron su conocimiento al servicio de la humanidad y vieron en ello una oportunidad de negocio.
Crearon un enjambre de pequeños talleres capaces de manufacturar una de estas reliquias a la semana, una producción única que abastecía a la gran comunidad de navegantes de todo el Mediterráneo. Poseer una carta náutica acuñada en Mallorca podía decantar la balanza de una expedición hacia el éxito o hacia la ruina.
«La escuela de cartógrafos mallorquines era importantísima», explica Ramón J. Pujades, jefe de Investigación del Museo de Historia de Barcelona. «Mallorca era el centro de producción más importante, sus cartas se usaban desde Alejandría hasta Flandes«. Eran documentos útiles, empleados por comerciantes y marinos, «incluso pescadores» locales. Objetos estéticamente valiosos pero, a diferencia de los mapamundis teológicos de la época, sin finalidad trascendental: eran ante todo instrumentos de navegación.
Las cartas viajaban a bordo y eran herramienta de marinos. «Por una carta ordinaria se pagaban dos libras mallorquinas, el equivalente a un mes y medio de salario de un oficial de barco«, detalla Pujades, doctor en la materia y el mayor especialista en este tipo de documentos.
No sólo eran un bien de consumo entre las gentes del mar. También eran productos de lujo para la élite. Servían de regalo cortesano, de tesoro eclesiástico, de ofrenda diplomática.
Precisamente porque no viajaban a bordo ni sufrían las inclemencias del mar, «esas cartas de lujo han sobrevivido mejor al tiempo» que las ordinarias al ser conservadas durante siglos en el confort palaciego, en museos, bibliotecas o catedrales. Son las más famosas. Es el caso de la más conocida de todas: el Atlas Català de Abraham Cresques, joya de incalculable valor que la Corona aragonesa regaló al Rey de Francia en 1375. Hoy se conserva en la Biblioteca Nacional en París.
Las cartas náuticas de lujo estaban ornamentadas con colores, grabados preciosos, puntadas de oro y dibujos sobre caros pergaminos de piel (vitelas). Desplegados, podían llegar a medir tres metros.
Sin embargo, detalla Pujades, «la inmensa mayoría de las que circulaban eran cartas ordinarias, sin decoración o con poco ornamento». De esas no han sobrevivido muchas y su historia se reconstruye solo en el rastro de los inventarios. Es lógico: como cualquier herramienta de trabajo se desgastaban y se perdían con el tiempo. En ellas primaba la exactitud, la fiel reproducción de la costa, la precisión toponímica y la fiabilidad de las rutas, dibujadas como telarañas de color sobre el mar.
Si una carta ordinaria estaba decorada, es porque su dueño había encargado un producto premium a uno de los prolíficos cartógrafos mallorquines. «También eran un símbolo de estatus», señala Pujades. Cuando los oficiales y navegantes se reunían a bordo para tomar una decisión ante un obstáculo en la singladura, cada uno llevaba su propia carta náutica. Era el sello personal de su pericia y su jerarquía. «En esos casos, para marcar estatus elegían un buen taller y pedían que su carta fuese decorada». Las personalizaban.
Esas cartas ideadas como guía y no como objeto de lujo tienen un valor especial. Han sobrevivido muy pocas y las que se conservan son una rareza. «Son la élite de las cartas ordinarias, representan fielmente la norma de la época y por eso tienen gran valor histórico«, enfatiza Pujades, que incluye en esta categoría el mapa de Rosell recién comprado por el Consell a cambio de 700.000 euros en Sotheby’s, decorada con viñetas de 9 ciudades. Probablemente fue encargada como carta para un capitán con afán de ser respetado.
«Los cartógrafos mallorquines tenían una importancia capital en su época y debemos alegrarnos de esta adquisición«, defiende Maria Barceló Crespí, catedrática emérita de Historia Medieval de la Universidad de las Islas Baleares, que remarca que es la primera de estas características que pasa a formar parte del patrimonio público.
Antonia Roca, consejera de Cultura de Mallorca, afirma que la intención es que la carta se exponga en el Museo de Mallorca a partir de mediados del próximo año. «Adquirimos una de las joyas más importantes de la navegación marítima y de nuestro patrimonio histórico y queremos compartirla con toda la ciudadanía», explica a este diario tras la puja.
El portulano de Rosell es el más antiguo de diez mapas elaborados por este maestro, que firmaba sus obras como Petrus Roselli. Los estudios indican que fue encargado por la familia Martelli, una poderosa saga florentina que rivalizó con los Medici hasta que ambas estirpes se emparentaron por un matrimonio de conveniencia.
La carta, en latín y catalán, es valiosa por su escala y detalla las zonas donde los Martelli y su poderosa red de mercaderes tenían más interés comercial: el Mediterráneo y el Mar Negro, con detalle de las islas griegas.
La familia conservó el mapa durante cinco siglos. Algo inusual, clave para su conservación. Cambió de manos en 1968, cuando fue comprada por Kenneth Nebenzahl, legendario coleccionista de Chicago. Ya en los 80 la adquirió el matrimonio Pritzker para su colección, última escala privada.
Ahora, 577 años después de salir del taller de Rosell en Mallorca, aquella carta diseñada para guiar a los viajeros del mundo antiguo volverá a su lugar de origen. Su propio viaje sigue trazando rutas.
