La crisis interna en Irán ha dado un salto de escala. El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, está valorando acciones directas en apoyo de los manifestantes iraníes, en un momento de protestas masivas contra el régimen y de fuerte represión policial. La posibilidad de una intervención —política, económica, cibernética o incluso militar— ha reavivado el temor a una escalada regional con consecuencias imprevisibles.
Según fuentes de la Casa Blanca, Trump ha pedido a su equipo de seguridad nacional que estudie distintas opciones ante lo que considera una oportunidad histórica para debilitar al régimen iraní. La decisión final aún no está tomada, pero el simple hecho de ponerla sobre la mesa ya ha tensado el tablero internacional.
Protestas, crisis económica y represión
Irán vive desde finales de 2025 una ola de protestas sostenidas, alimentadas por el colapso económico, la inflación desbocada y la depreciación de la moneda. Lo que empezó como movilizaciones por el coste de la vida ha derivado en consignas abiertamente contra el sistema político, algo poco habitual incluso para los estándares de protesta iraníes.
La respuesta del régimen ha sido dura. Organizaciones de derechos humanos hablan de centenares de muertos (500 según las últimas estimaciones de ONGs) y miles de detenidos, además de cortes de internet y restricciones a la información. Ese contexto es el que Trump utiliza para justificar que Estados Unidos “no puede mirar hacia otro lado”.
Qué opciones baraja Washington
El presidente participará el martes en una sesión informativa con su equipo de seguridad nacional en la que sus asesores le propondrán posibles respuestas, según el periódico The Wall Street Journal.
En el entorno del presidente se manejan varios escenarios. El más suave pasa por nuevas sanciones económicas selectivas y una ofensiva diplomática para aislar aún más a Teherán. También se estudian acciones cibernéticas, como facilitar el acceso a internet o debilitar infraestructuras digitales del régimen para que los manifestantes puedan organizarse.
El escenario más delicado es el militar. No se habla de una invasión, pero sí de ataques limitados o demostrativos contra objetivos estratégicos, una opción que preocupa incluso dentro de la propia Administración por el riesgo de represalias.
De cualquier forma, Trump escribió en la red social Truth: “Irán pone la vista en la LIBERTAD, quizás como nunca antes. ¡Estados Unidos está dispuesto a ayudar!”.
La advertencia de Irán
Desde Irán, la reacción ha sido inmediata. Altos cargos han advertido de que cualquier intervención estadounidense tendrá respuesta, directa o indirecta, contra intereses de Estados Unidos y de sus aliados en la región. La amenaza no es retórica: Irán cuenta con capacidad para actuar a través de milicias aliadas en Oriente Próximo.
El régimen insiste en que las protestas son fruto de una “injerencia extranjera”, un argumento que podría verse reforzado si Washington da un paso más allá del apoyo retórico.
Un equilibrio peligroso
Dentro de Estados Unidos no hay consenso. Algunos asesores creen que apoyar ahora a los manifestantes puede acelerar un cambio político. Otros advierten de que una intervención explícita podría deslegitimar las protestas y unir a parte de la población en torno al régimen frente a un enemigo exterior.
Además, el movimiento de Trump llega en un contexto global especialmente sensible, con varios focos abiertos y una comunidad internacional que teme un nuevo conflicto de gran escala en Oriente Próximo.
Qué está en juego
Más allá de Irán, lo que se decida tendrá impacto regional y global. Una intervención podría desestabilizar mercados energéticos, tensar aún más las relaciones entre potencias y poner a prueba la capacidad de respuesta de organismos internacionales como la ONU.
Por ahora, Trump mantiene la ambigüedad. Habla de apoyar a los manifestantes, pero sin concretar cómo ni cuándo. Esa indefinición mantiene en vilo a aliados y adversarios, mientras en las calles iraníes la protesta continúa y el desenlace sigue abierto.
