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Alfonso Fernández Mañueco, el barón tranquilo que puso techo a Vox

Alfonso Fernández Mañueco es un hombre tranquilo, pero astuto. Calmado de puertas para afuera y voraz en el ejercicio del poder. Gasta certezas y maneras de otra época. Cree firmemente que los hechos deben hablar de uno antes que las palabras. Y sigue confiando ahora y siempre en la fuerza determinante de los caladeros templados del electorado. Por eso ha planificado toda su campaña como quien esparce un reguero de miguitas de gestión, porque para él, la moderación no es sino la fuerza desinflamatoria de lo contante y sonante.

Una característica estructural -y quizá desconocida- del político Alfonso Fernández Mañueco es su pericia en el manejo de los hilos del poder. Toda la pausa y toda la flema que destila en sus discursos -«no hace falta gritar para ser firme», predica- se convierten en voracidad estratégica en la trastienda orgánica y gubernamental.

El presidente de Castilla y León en funciones se maneja con fluidez y finezza en las cuitas internas de su partido. Si frente a las cámaras se asemeja a otro salmantino como Vicente del Bosque -pausado, reflexivo y de oratoria poco sexy pero eficaz-, en las tripas de la gestión se desenvuelve con la letal profesionalidad de su adorado Mbappé, y con la solvencia sobria de su ídolo en los ruedos, Santiago Martín El Viti.
Los resultados de este domingo premiaron claramente este clasicismo.

Quienes lo conocen bien coinciden: «El partido y el Gobierno los controla con guante de seda y mano de hierro, y en lo orgánico es imbatible». Mañueco es un político más bien de puertas para adentro… para ofrecer resultados.
Hombre familiar y amante de la lectura, el cine, la música, la tauromaquia y el fútbol, es también un gran aficionado a la historia y el arte de su ciudad, Salamanca. No sólo se ha pateado cada rincón de su provincia y de su región, sino que en todos ellos escudriña un dato, una anécdota y una propuesta. De cada iglesia, cada fábrica, cada gran explotación agraria. De cada edificio histórico. De cada carretera…

Podría decirse que Mañueco es el alcalde de Castilla y León

Bien pensado, podría decirse que Alfonso Fernández Mañueco es el alcalde de Castilla y León. Así se desempeña y así le votaron sus conciudadanos. Prioriza las «nueces» al «ruido», intenta solucionar los problemas de uno en uno, antepone las soluciones específicas a los anuncios grandilocuentes y cree con fe ciega en la política de microcirugía sectorial. «La gente no quiere ocurrencias, sino trabajo, diálogo y mesura», es su mantra. Por eso le afectó tanto la mala gestión de los incendios de León, su peor borrón.

El 15-M lo sitúa como el barón que logra frenar la inercia de Vox

Mañueco, salmantino del 65, es licenciado en Derecho por la Universidad de Salamanca. Hijo del alcalde de la ciudad, a los 18 años se afilia a Nuevas Generaciones. A los 20 años funda la primera asociación de estudiantes independientes de Castilla y León.
Tras la mili y un breve periodo como pasante en el bufete familiar, entra en política como concejal de su ciudad en 1995. En 1996, ya preside la diputación provincial. En 2001 da el salto a la política regional como consejero de Juan Vicente Herrera. Desde 2002, es secretario general del PP de Castilla y León y de 2011 a 2018, alcalde de Salamanca.
En 2017 es elegido como presidente autonómico del PP. En 2019 pierde las elecciones, pero gobierna junto a Cs. En 2022 se desquita con una victoria que revalida ahora con más margen y con el milagro de refrenar la inercia alcista de Vox.
De hecho, el 15-M lo sitúa como el barón que le puso techo a Vox.