Ni gallos negros, ni tambores, ni candomblés brasileros. «Si me van a hablar de la muerte, prefiero que sea sin metáforas», dice Ana Mª Shua en su nuevo libro El cuerpo roto. Una obra donde la enfermedad fabrica amor del bueno: sin sensiblerías. Humor del bueno: profundo. Mucha medicina y cero esoterismo. «A un perro un candomblé no lo cura. A mí tampoco. ¿Debo sentirme orgullosas de que mi mente funcione de forma más parecida a la de un perro?» Guau. Así narra Ana Mª Shua (Buenos Aires, 1951), novelista, cuentista, la reina mundial microrrelato. Traducida a 16 idiomas, vuelve ahora a España con esa mirada lúcida y lúdica que siempre deja satisfecho a quien la lee, pero en la cuerda floja.
PREGUNTA. ¿La enfermedad, como el poder, no cambia a las personas sino que las desnuda?
RESPUESTA. Bueno, sí. Sin duda, la enfermedad desnuda a las personas y las muestra en aspectos que la salud oculta. Pero también las cambia.
P. Porque los enfermos no son santos.
R. No, no. A menudo se vuelven malvados y exigentes.
P. ¿Y dicen la verdad?
R. No. Mienten y engañan igual que cualquier otro ser humano.
P. ¿Y los escritores?
R. Yo he tratado de ser lo más franca posible. El primer cuento, Un canto a la vida, habla sobre mi cáncer. La primera parte la escribí en el momento mismo de la enfermedad. La quimio arrasó después con mi personalidad y no es fácil enfrentarse con la verdad en situaciones así. Ni en la realidad, ni en literatura. Es complejo encontrar la forma de relatar la enfermedad sin caer en la idealización.
P. O en el distanciamiento.
R. Sí. Lo que ni mi personaje ni yo podíamos aceptar era la pérdida de la inmortalidad. En casi todas las mitologías, el ser humano es creado inmortal y después sucede algo, un pecado, un castigo, una venganza, y aparece la muerte por un motivo, a menudo, relacionado con el sexo. Claro, si empezamos a reproducirnos hay que morir para dejar hueco. La sociedad occidental tiene un poco de complejo en cuanto a que no sabemos lidiar con la muerte y que hay otras sociedades que lo hacen mucho mejor, pero en realidad no es así. No existe una sociedad humana que pueda, de verdad, lidiar con la muerte.
P. ¿Y la literatura? ¿Y el arte? ¿Consuelan, al menos? «Cada persona que entra trae un pedazo de la vida del hombre, una época, una manera de mirarlo», describe a la gente que acude a un velatorio.
R. Yo creo que hay una verdad artística que no es la de la vida real. Una verdad más allá de las apariencias que es la que todos buscamos. Los seres humanos sabemos que vamos a morir, pero tratamos de olvidarlo todo el tiempo y el arte, de alguna manera, es lo que se ocupa de la muerte. La literatura está ahí para recordarnos que ninguna historia humana termina bien.
P. No diga eso. Sus cuentos suelen acabar bien.
R. Bueno, solo muere uno.
P. Usted es una gran escritora de fantasía, y aunque El cuerpo roto es profundamente realista, tengo la sensación de que la enfermedad actúa en sus historias como esa irrupción de lo insólito en lo cotidiano que articula las narraciones fantásticas. Genera suspense, intriga.
R. Es una reflexión muy interesante. Y es que la enfermedad, como la proximidad de la muerte, resulta inverosímil. No nos la creemos. Es inútil estar preparado. Nos toma siempre por sorpresa. Aparece como un monstruo, como un fantasma, algo que viene del mundo de lo irreal.
P. Creo que en su libro sí que hay un cuento metafórico. Uno cuyo protagonista repite la misma frase una y otra vez, una y otra vez. Como el mar se titula.
R. Puede ser, pero no es exactamente metafórico. Es lo que le pasó a este señor que está acá. —Vuelve la mirada a su izquierda.
A su marido, el fotógrafo Silvio Fabrykant, que nos acompaña durante la entrevista silencioso y atento a las palabras de su esposa. Con una bota ortopédica, pues acaba de romperse un hueso del pie. «Silvi repetía todo el tiempo: ‘Qué pasó, qué pasó’», explica Shua, «pero no se quedó como el mar por fortuna».
P. Woody Allen afirmaba que las dos palabras más bonitas del mundo no son «te quiero» sino «es benigno». En su libro, quizá «amnesia transitoria».
R. Quizá. Unas palabras maravillosas.
P. ¿Y por qué cuentos y no una novela?
R. Porque así pude tomar la enfermedad desde todos los ángulos y ordenar los relatos desde la mirada del enfermo, de la institución, de la familia, hasta llegar a la mirada de los cuidadores.
P. ¿Las mujeres cuidamos mejor?
R. En general, sí. Todo el que necesite cuidado es de alguna manera nuestro bebé. Nos gusta cuidar. Qué le vamos a hacer. Y tiene su parte sádica, también. De pronto, la que cuida es la que manda, la que está a cargo. Y al otro no le queda más que obedecer. Así que, bueno, las cuidadoras también tenemos mucho poder.
P. El único protagonista médico acaba inmerso en un tiroteo durante una guardia hospitalaria.
R. Sí, sí. Esto sucede en Argentina. Los acompañantes se ponen violentos. Entran al hospital con el enfermo, agarran al médico y le dicen: «cúralo o te mato». Y de paso le dan un par de piñazos para que se vaya haciendo a la idea. Sucede sobre todo en el cono urbano. La combinación de droga y miseria genera violencia.
P. ¿Qué enfermedad le desearía a su peor enemigo?
R. No, no, no. Ninguna. Desearle una enfermedad al prójimo es algo que puede volverse contra uno en los vericuetos de la suerte y las locuras de la fortuna.
P. No hay niños enfermos en su libro.
R. No. No lo soporto.
P. Animales sí. Y uno de ellos funciona como una especie de elemento transicional de duelo.
R. Sí. Un gato. Se me cruzó aquí una historia real. Fuerte. La de un amigo con dos hijos desaparecidos durante la dictadura. Sólo quince años después, cuando murió el perro de uno de ellos que él había cuidado y lo enterró, pudo llorar por sus hijos desaparecidos.
P. La salud: esa perfecta simbiosis entre el cuerpo y la mente.
R. Así es. Es que uno no tiene cuerpo. Uno es su cuerpo cuando está sano. Después, con la enfermedad y los años, ya no ‘sos’ un cuerpo, ya ‘tenés’ un cuerpo, que es como un lastre con el que ‘tenés’ que cargar.
Marcha al baño.
Su esposo se inclina en la butaca y habla: «Hace 50 años que estoy escuchando a Ani y me sigue interesando. Estoy impresionado por eso. Por su inteligencia. De esto no le digas nada porque yo, en general, como te ‘imaginás’, la maltrato todo el tiempo».
Ani Shua vuelve. «Estábamos hablando mal de vos», le dice él. Ríen. Volvemos a la entrevista.
P. Usted no cree en rituales, pero algo pueden ayudar, ¿no?
R. Sí. La fe ayuda. Me da envidia la gente con fe en una religión o en el candomblé o en tragar gorgojos vivos.
P. Gorgojos.
R. Cuando mi hija estuvo mal, una amiga muy querida se le acercó con un envase de vidrio lleno de gorgojos vivos. Si se los tragaba, se curaría.
P. No lo hizo.
R. No, no, no. Lo de los gorgojos ya fue demasiado.
P. Hay momentos de desesperación. ¿Cómo sacarlos adelante?
R. No hay un mecanismo ideal. Todo depende de la situación, del tono que uno quiera darle al cuento escribiendo. En cuanto a la vida real, a mí el humor me ha ayudado muchísimo. Y yo uso mucho el humor y la ironía al escribir simplemente porque es una parte de mi personalidad.
La entrevista acaba, envío a Ana Mª Shua un mensaje de agradecimiento y por supuesto, le comento las palabras de su esposo. «Sí, bueno», contesta ella. «La verdad es que nos queremos mucho. A la vuelta de los años, ya no nos queda más remedio».
