En junio de 2023, el Primavera Sound de Barcelona presentó en su Boiler Room a DJ Babatr por primera vez. Como uno más de los centenares de DJ que año tras año pisan ese escenario. Pero, sin saberlo, en ese momento, algo estaba naciendo. O volviendo a hacerlo. El chaval venezolano al que el Pump Up the Jam había sacado de la calle y las adicciones, al que las autoridades de su ciudad habían prohibido desarrollar una carrera con su raptor house y al que trabajar en un almacén de pinturas había permitido alimentar a su familia, estaba empezando a andar un camino que en dos años le iba a llevar por los mejores clubes del mundo.
Pero esta historia empieza tres décadas antes, en el humilde barrio caraqueño de Propatria, en la habitación de Pedro Elías Corro (Caracas, 1976). Es ahí donde un chaval que ya coqueteaba con la marginalidad y las drogas queda fascinado por la música de Technotronic que suena en la emisora La Mega, que le lleva a comprar en 1993 su primer mezclador. Entre esas cuatro paredes, con su abuela escuchando el pum, pum, pum por toda la casa, empiezan las infinitas mezclas de géneros musicales –techno, house tribal, ritmos afrovenezolanos, sonidos urbanos- que acabarán dando vida al raptor house, un género electrónico que desde esas cuatro paredes se irá extendiendo por todos los barrios populares de Caracas por efecto contagio.
«Yo nunca voy a decir que hice un género, eso es algo magnánimo», apunta DJ Babatr, pero la realidad se ha empeñado en desmentirle como muestra el documental Esto es raptor house, producido por Morning Coffee. Él creó el raptor house y también fue su gran exponente en una Venezuela que empezaba a entrar en el chavismo. «Nosotros fumábamos mucha marihuana y la primera idea era hacer una canción que canté yo mismo que decía «fuma marihuana pa que lo bailes/ pa que los goces» y ya fue una locura. Empezamos a hacer cosas más grandes, una fiesta de 1.500 personas en la azotea de un edificio del barrio y la primera canción, Las Lomas, a un barrio popular de Caracas».
Esas fiestas vespertinas, las matinés, no paraban de crecer por la capital venezolana. Los más jóvenes de los barrios ya no querían solo salsa y ritmos latinos, ahora querían bailar hasta reventar con el raptor house. Y lo hicieron durante años hasta que la espiral de violencia, con peleas entre bandas de cada rincón de la ciudad y muertos en buena parte de ellas, acabaron pesando más. «Nosotros no nos habíamos fijado en que nuestro público era muy juvenil y muy salvaje, pasaron cosas muy salvajes, pero es que nosotros también éramos el enemigo, teníamos algo único y era de barrios populares», repasa ahora este DJ. En 2007, la prensa acuña el término tuki para referirse a esos jóvenes conflictivos, la presión se estrecha sobre el género musical al que se rebautiza como changa tuki -changa es la palabra que en Venezuela designa a la música electrónica- y el Ayuntamiento de Caracas decreta el cierre de los matinés después de que en una se produzca un tiroteo y en otra se caiga la pared de una casa porque estaba llena de gente. «Yo en aquel momento tenía una vida muy loca de popularidad, tenía una o dos novias, un montón de supuestos amigos… y cuando me volteo a ver todo teníamos ya a la policía en contra, pero también a toda la sociedad. Me puse a llorar y ahí fue cuando decidí que se había acabado».
Aunque el país iba a vivir una erupción cultural hasta que la hiperinflación barrió con todo a partir de 2014, DJ Babatr ya no existía. Pedro Elías Corro pidió trabajo en un almacén, se hizo mezclador -esta vez de pinturas- para sacar adelante a su familia y se apartó de la música hasta 2016. «Yo ahí era feliz, la pintura la trataba con la misma sutileza con que trataba la música y los sonidos. Quería olvidarme de ser DJ, pero cuando vives desde niño con las mezclas y con la música nunca te despegas al 100% de esto. Pero era solo un hobby la música que hacía. Lo peor que pasé fue sentirme estigmatizado, que me consideraran el padre de todos aquellos chavales. Yo no les pedía que robaran ni que bailaran, no quería que nadie se maltratara. Solo querían que bailaran».
Y, de repente, volvió la música a su vida. Con la pandemia empezó a subir nueva música a las plataformas digitales y en todo el mundo querían tener a DJ Babatr en sus clubes. Primero fueron una fiesta en México D. F. y el Primavera Sound. Después le siguieron festivales de Bélgica y Países Bajos, los clubes de Berlín, Madrid, Barcelona, Burdeos… y ahora vendrá un parón después de infinitos viajes para pasar la Navidad junto a su abuela, de 95 años, en su casa de Caracas. «Para la diáspora venezolana él es un héroe, conectan con él porque es una persona de origen humilde que ha conseguido su sueño», explica Augusto Alvarado, productor del documental sobre su vida, aficando en Madrid. Y sigue: «Para mí esto ha sido también muy sanador, me vine aquí muy traumatizado de muchas cosas de la sociedad venezolana, bastante reacio a a conectar de nuevo con eso. Tenía muchos conflictos con mi identidad y a raíz de este proceso he conocido a tanta gente que está creando cosas que me da mucha esperanza saber que hay toda esta gente todavía haciendo cosas culturales y creativas en Venezuela».
Porque al ritmo del raptor house bailan los europeos, pero, sobre todo, los bolos de DJ Babatr se han convertido en punto de encuentro para la diáspora venezolana -la más cuantiosa de América Latina- que ha salido huyendo del régimen chavista en algunos puntos de Europa. «La primera vez que yo salí de Caracas, al llegar al aeropuerto a España le di un beso al piso porque la música me había traído hasta aquí. Allí no mucha gente tiene la oportunidad de salir del país, viven en una burbuja donde creen que la suya es toda la realidad y yo estoy ahora aquí. Tengo un recuerdo imborrable de Panorama Bar -una de las salas de la discoteca Berghain- con la primera fila llena de venezolanos. Empezó a sonar Baila, un tema muy marginal en Venezuela, y se pusieron a llorar. Y ahí fue que me di cuenta de que estaba representando a mucha gente de mi país donde no todo el mundo tiene acceso».
Sin embargo, en su propio país, donde aún vive cuando no tiene bolos, ese respaldo no existe. El estigma sigue pesando sobre este músico. Y a él se suma el evidente problema de gobernabilidad por el que pasa el país desde hace más de una década bajo el régimen de Nicolás Maduro. «Ese es un tema bien dificultoso, siento que la gente no me acepta. Cuando actúo allí es cuando vuelvo a sentir miedo. Miedo del estigma y del comentario. Pero soy un orgulloso venezolano, amo mi país y Venezuela no tiene la culpa de que las personas piensen como lo hacen», concluye.
-¿Por qué sigue viviendo en ese caso en Caracas? ¿Arrastra una deuda sentimental con su país?
-Económicamente hablando puedo afrontar vivir en Europa, pero mis hijos son adolescentes y tengo que traerles con mi mujer al menos un mes para que prueben. Y tengo a mi abuela, que es la base de todo lo que ha sucedido, la que aguantó muchos años mi tun, tun, tun desde las nueve de la mañana hasta las seis o siete de la tarde con tal de que estuviera en mi cuarto y no en una esquina. Mi abuela todavía está viva, va a cumplir 96 años. Esas cosas me atan a mí, sobre todo mi abuela. Porque si ella no está, ya no tengo el deber de volverme.
-Pero está también el sufrir el estigma del que hablaba antes.
-Pero es que yo amo Venezuela, no hablo mal de mi país. Yo en 2010 o 2012 llegúe a pensar que todo era culpa de cómo era el país. Y luego uno va madurando y va viendo que la culpa es de nosotros mismos como sociedad. Mientras tengamos estigmas, clasificaciones… Cada quien tiene que ocupar un papel en la vida, pero en mi país estamos catalogados por blancos y negros, ricos y pobres.
DJ Babatr siempre representó más a los negros y a los pobres, pero ahora, fuera de las fronteras del su país, él es la Venezuela de algunos que son ricos y blancos cuando está en la cabina de festivales y clubes europeos. Eso se siente bien bonito. Y creo que he concienciado a muchos de que Venezuela es lo máximo, que el problema es la sociedad. Mucha gente me dice que no va a volver nunca más, pero es que nuestro país no tiene la culpa. Tenemos un problema sociopolítico y cultural, pero yo nunca voy a maltratar a mi país. Creo que la gente se identifica con mi rebeldía, yo soy un rebelde incomprendido».
-¿Qué es, en ese caso, lo próximo para este rebelde incomprendido? ¿Qué le falta? ¿Qué más quiere?
-Seguir en la música, vivir de la música. Quiero ser feliz. Y para mí, ser feliz es tener mi familia y seguir haciendo música. Yo siento que pertenezco a donde pongo música, sin duda alguna. Yo pongo música simplemente en círculos donde me entienden.
