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EEUU busca a su piloto abatido tras las líneas enemigas de Irán

Las fuerzas de rescate siguen buscando tras las líneas enemigas al piloto eyectado sobre Irán, mientras que su compañero, rescatado durante la tarde del viernes, ya descansa en una de las bases que EEUU tiene en la vecina Irak. Las operaciones se centran en la zona montañosa en la que su avión, un cazabombardero F15, fue derribado.

En esa operación de rescate, un helicóptero Blackhawk de las fuerzas aéreas de EEUU sufrió daños importantes por fuego enemigo, pero consiguió llegar a su base con su tripulación sana y salva. No corrió la misma suerte un segundo avión abatido, un A-10 de ataque a tierra que cayó en aguas del Golfo Pérsico y cuyo piloto también pudo ser rescatado. Hasta el momento son ya dos aviones derribados, muy pocos si se tienen en cuenta las 12.000 salidas de combate desde el 28 de febrero. En la anterior guerra de Irak fueron 28 aviones perdidos.

El miércoles por la noche, Donald Trump, en su esperado discurso, dijo que todas las baterías antiaéreas de Irán habían sido neutralizadas, pero se trata, de nuevo, de una exageración del rubio presidente. Irán sigue teniendo la capacidad de derribar aeronaves enemigas. Volar sobre territorio enemigo sigue constituyendo un peligro.

Mientras que la noche beneficia a las tropas de EEUU, que pueden usar gafas de visión nocturna y tienen la tecnología de su lado, el día es mucho más propicio para los militares enviados por Teherán para encontrarlo y apresarlo. En estos momentos, EEUU intenta mantener a la Guardia Revolucionaria de Irán fuera de un perímetro en el que creen que se esconde el militar derribado en territorio hostil. Su captura añadiría otra palanca negociadora y propagandística más a su cierre del Estrecho de Ormuz. El gobernador de la provincia de Kohgiluyeh y Boyer-Ahmad, en el sur de Irán, afirmó que la prioridad es «capturar con vida» a cualquier miembro de la tripulación estadounidense derribado. «Quienes logren capturar o eliminar a fuerzas enemigas hostiles recibirán un reconocimiento especial por parte de la oficina del Gobernador», añade, según un informe de la agencia de noticias semioficial ISNA. La recompensa equivale a unos 60.000 euros.

Cuando un piloto militar de Estados Unidos se eyecta en territorio hostil, comienza una carrera por la supervivencia que está pautada y entrenada. Su prioridad inmediata es alejarse del punto de caída, ya que es un foco de búsqueda enemiga, para ocultarse y ganar tiempo para que acuda el rescate. El piloto conoce las técnicas de supervivencia, evasión, resistencia y escape (SERE), utilizando el terreno, el silencio y la disciplina mental como primeras herramientas para evitar la captura. En la aviación, este tipo de cursos se realizan cada cierto tiempo para actualizar los conocimientos de las tripulaciones militares.

Comunicación cifrada

La comunicación con su propio ejército debe hacerse sólo cuando sea seguro y mediante sistemas cifrados para que el enemigo no detecte la emisión del mensaje. Para ello, el piloto dispone de equipos especializados integrados en su kit de supervivencia, como un GPS militar encriptado en su propio traje que permite balizar su posición sin ser localizado. Junto a este dispositivo, lleva recursos básicos, como una pistola, cuchillo, bengalas, botiquín o pastillas potabilizadoras. El objetivo es resistir más allá de las líneas enemigas el tiempo suficiente hasta un posible rescate.

Este tipo de operaciones, conocidas como CSAR (Búsqueda y Rescate en Combate), no es una misión improvisada de una unidad única, sino un entramado complejo de medios aéreos y terrestres que debe ponerse en marcha en un plazo de 15 minutos como máximo. Helicópteros de rescate, aviones de apoyo como el HC-130 y equipos de paracaidistas especializados (los llamados PJ) se coordinan bajo mando conjunto. A su alrededor, aviones de ataque como los A-10 proporcionan cobertura cercana, neutralizando amenazas mientras se ejecuta la extracción. Es lo que se ha desplegado en estos momentos alrededor del punto donde cayó el F15.

Sin embargo, llevar a cabo una misión CSAR en territorio de Irán multiplica todos los riesgos. La densa red de defensa aérea, con radares, misiles y artillería, convierte cada fase de la operación en un objetivo expuesto. A ello se suma la rapidez de reacción de la Guardia Revolucionaria Islámica, que se mueve en vehículos ligeros, su conocimiento del terreno y su fanatismo, que reduce al mínimo la ventana de rescate y aumenta la probabilidad de enfrentamientos en tierra. En ese sentido, todas esas regiones de Irán mezclan elementos del combate en Irak y Afganistán.

El peligro no es sólo táctico, sino también estratégico. Una operación concebida para rescatar a uno o dos pilotos puede escalar rápidamente si se producen nuevas bajas, un derribo de otra aeronave o si las fuerzas iraníes intentan capturar a la tripulación en tiempo real. La necesidad de coordinar cobertura aérea, guerra electrónica e inteligencia en directo añade capas de complejidad y eleva el margen de error en un entorno donde cada minuto cuenta.

Operaciones históricas

A lo largo de las últimas décadas, las misiones de búsqueda y rescate en combate (CSAR) han dejado episodios que reflejan tanto su valor como su enorme riesgo: desde el desastre de la Operation Red Wings en Afganistán, donde un helicóptero de rescate fue derribado causando 16 muertos, hasta la Batalla de Mogadiscio, en la que el intento de salvar a tripulaciones de helicópteros Blackhawk abatidos derivó en un combate urbano de gran intensidad.

En el lado opuesto, el rescate del piloto Scott O’Grady en Bosnia demostró que la supervivencia y la disciplina del derribado pueden marcar la diferencia, mientras que operaciones como el rescate de la soldado Jessica Lynch, prisionera en un hospital de Irak, evidenciaron que estas misiones pueden implicar incursiones profundas en territorio enemigo. En conjunto, todos estos casos subrayan una misma realidad: cada CSAR es una carrera contrarreloj en la que el éxito depende tanto de la capacidad de resistencia del piloto como de la rapidez y precisión de unas fuerzas de rescate que operan siempre al límite.

En ese contexto, el CSAR deja de ser una maniobra puntual para convertirse en una de las misiones más arriesgadas del arsenal militar estadounidense. Los pilotos saben que no hay garantías, pero también que existe un compromiso innegociable para intentar rescatarlos. Como resume el lema de estos equipos, heredado de la Fuerza Aérea: «Para que otros puedan vivir».

Los aviadores y rescatadores del CSAR combinan perfiles que rara vez coinciden en una misma unidad: son a la vez combatientes, sanitarios y especialistas en supervivencia. Su formación es una de las más exigentes del ámbito militar, con meses de selección y un largo entrenamiento. No sólo deben llegar al piloto derribado, sino mantenerlo con vida en condiciones extremas y sacarlo de allí bajo fuego enemigo.