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El brillante escritor que dedica su nuevo libro al suicidio de su padre: «En un momento pensé que eres un héroe, luego un egoísta y al final me di cuenta de que eres mi padre»

Pol Guasch, el escritor de Tarragona, no está atormentado por el suicidio de su padre. La noche que descubrió el cadáver, en compañía de su madre y dos perras que no dejaban de ladrar, hubo un fulgor diferente. En la pantalla del ordenador aparece en calma. Tiene un discurso muy personal acerca de la decisión irreversible. Quitarse la vida es tabú en la conversación pública. Una excusa para tratar con condescendencia a quienes alcanzaron por su propio pie el otro lado. «Hay esta cosa como de pacto social de no reprochar nada a los muertos. Pero el hecho de no reprochar nada a los muertos oculta una sensación de culpa. Si alguien desaparece de una forma inexplicable parece que no puede decirse nada malo de esa persona. Quería poder hablar de la idea del suicidio y del abandono desde el reproche, aunque el libro no lo sea».

El libro es Reliquia (Anagrama), su tercera novela. Aunque aparece la autoficción, puede leerse como un ensayo mezclado con autobiografía y como una biografía del padre y a veces como un reportaje.

«No retrocediste ni un poco ante tu deseo», lanza Pol al hombre que no está. O «escribirte es como dirigirme a un amor que una vez tuve». O «te encontré muerto y fuiste el primer muerto que vi».

Es honesto a la hora de abordar los clichés de la salud mental. «Se habla de salud mental con un discurso unívoco, globalizado y reduccionista. No se hace cargo de la complejidad que implica el suicidio. El desarraigo. La melancolía. ¿Por qué hay gente a la que la vida le resulta imposible? La mirada sociológica no responde del todo. La mirada literaria, que es equívoca y compleja, puede adentrarse en cuestiones que tienen que ver con la desazón. Conecta más con lo que le ocurrió a mi padre», explica Guasch.

Reliquia no es una excusa para abordar el duelo. No aparece ni un poco de rabia. El enfado ya está encarrilado. El suicidio del padre fue acumulándose poco a poco hasta el hallazgo del cuerpo. «Yo ya había hecho un proceso personal. No exijo a la literatura que se ponga al servicio del duelo. El duelo es una herramienta literaria. Mi idea principal no es narrar el suicidio, sino narrar cómo se transforma una persona. Es imposible señalar el momento de la pérdida. El libro trata de capturar la transición. A veces leemos el suicidio como un cambio radical, como un antes y un después totalitario; a veces ocurre así, si no hay ninguna pista previa. Cuando hay una desaparición, con tristezas muy fuertes, ausencias o depresiones, el suicidio es una parte final de un camino largo. La familia se transforma lentamente. Esa presencia ausente o esa ausencia presente marcan», añade.

Es imposible aislarse del tono y el ritmo de Pol Guasch. Tendrá que ver con la cadencia de las historias familiares reunidas alrededor del suicidio. Tendrá que ver con la manera en que aborda la conversación. Tendrá que ver con su personalidad. Traslada esta pausa a la videollamada. «Con mi padre nos unía un gran parecido físico. La herencia es señalada por los demás. Me refiero a la herencia más física. El libro me lleva a entender la herencia que no señalan los demás. Me vinculo con mi padre por su relación con el mundo, con una mirada melancólica al pasado, esperanzadora en ciertos casos, una relación con la soledad en particular. Hay un traspaso de sensibilidad que no tiene que ver con los genes y sí con la vida compartida. El libro indaga en eso».

El autor abandona cualquier intención de trazar un nuevo mapa del padre. Los descubrimientos no son explícitos. En esa épica no se siente a gusto. A lo largo de la narración, Pol Guasch advierte algunas características, alumbra algunos esquinazos del pasado, transforma la realidad transformada por el suicidio. Pero no grita eureka. Por partes: «Quiero ir en contra de la épica del descubrimiento, o como si tuviera una verdad nueva que no conocía antes. Entiendo las cosas como elementos que me permiten dar vueltas y vueltas y rodear a una persona que piensa mucho en su vida y en sus movimientos, como su posición melancólica, su relación con la soledad, su mirada al pasado, la relación con sus duelos, el dolor de los silencios que él tuvo».

«¿Cobarde o valiente? Es una lectura absurda»

Y hay una transferencia. «Es un diálogo. Para mí era imposible hablar de mi padre sin hablar de mí mismo. Y cuando hablo de mí mismo es imposible no invocar a mi padre. Quiero narrar la imposibilidad de separar ambas cosas. Cuando hablo de mis amores, mis amistades y mis ritos, cuento el papel de la ausencia de mi padre».

Mientras desgrana a los dos Guasch, establece un nexo con otros suicidios. Habla de Plath, Marina Tsvietáieva o Anne Sexton, entre otros suicidas célebres, por llamarlos de algún modo. Su padre no dejó ninguna nota. «Los he narrado de la misma manera. No hay romantización. Si llega algún tipo de comprensión, si hay algunos momentos de comprensión, no es por descubrir argumentos y verdades de mi padre, si no del conocimiento que me da la vida de otros autores. De las notas que sí escribieron. La literatura permite la comprensión y la creación del relato de la propia vida. Las verdades que no tengo en mi vida las busco en estos autores».

Queda una pregunta por contestar. ¿Fue valiente o un cobarde? «Queda escrita la idea. En un momento pensé que eres un héroe, luego un egoísta y al final me di cuenta de que eres mi padre. Es un binomio del que intento huir rápido. Es una lectura absurda. No se hace cargo del dolor o la duda». Pol Guasch tiene un pie en cada mundo. Es una reliquia. «Cuando pierdes a alguien pierdes una parte de ti. La literatura hace de interfaz entre esos dos mundos. Me ubica», sentencia.