La Habitación Roja pertenece a esa generación de grupos noventeros que dieron forma al indie español cuando serlo no era guay del todo, cuando todavía no era una etiqueta cómoda. Compartieron escena y tiempo con Los Planetas, Australian Blonde o Mercromina, y ayudaron a levantar un espacio propio para la música independiente. Aquellos años –«Cuando el indie era indie», dice su vocalista, Jorge Martí– siguen funcionando como punto de partida. En 2025, La Habitación Roja cumple 30 años.
Ya lo auguraban en 2012: «Si pudiera elegir/ Mismos amigos, mismos sueños/ La música nos salvará», cantaban en La segunda oportunidad. Hay algo deliberadamente grande en ese lema y, al mismo tiempo, una voluntad clara de discreción. Los valencianos han aprendido a moverse en esa contradicción: aspirar alto sin hacer excesivo ruido. Desde ahí han construido su forma de estar en la música. Desde la pequeña localidad donde reside, en Molde (Noruega), Jorge Martí, el hombre de las vidas infinitas –músico, padre, esposo y en su momento enfermero y atleta– hace un repaso de lo que han significado estas tres décadas de una vida camaleónica.
El grupo nació en 1994. Un año después grabaron su primera maqueta, Play Pop Vol. 1. Desde entonces, Jorge Martí (voz y guitarra eléctrica), Pau Roca (guitarra), Marc Greenwood (bajo) y José Marco (batería) han sido La Habitación Roja. Catorce discos después, siguen ahí. Pop, rock, indie. Música bien hecha, sin prisa. Cada banda tiene una canción que funciona como señal interna. La suya fue Los mejores años de nuestra vida; durante años, una cara B que cerraba conciertos. A veces en escenarios principales. A veces durante 10 minutos. «Eso sí que era indie», ríe Martí.
El vocalista recuerda esos tiempos –los de la época dorada del indie, los que vieron a La Habitación Roja como un cuarteto de veinteañeros bisoños– con una mezcla de añoranza y orgullo. «Llegados a este punto, y ahora que se están muriendo ídolos del rock como Robe y Jorge Martínez, iconos de la música, quieres saborearlo todo de una forma mucho más intensa», dice. Y sigue: «Me hace ver que tengo más años por detrás que por delante. Es duro, pero también nos ha hecho ser conscientes de que las cosas hay que celebrarlas», reflexiona.
Por ello van a conmemorar estos 30 años con una gira de conciertos especiales que comienza en enero y con un disco en el que van a regrabar numerosas canciones de los 14 álbumes de su trayectoria. De ese disco, del que aún no se ha anunciado el título ni la fecha de publicación, ya han adelantado Los mejores años de nuestra vida. Como el resto del repertorio del disco, es un tema importante para ellos, aunque no necesariamente de los más reconocibles. «Elegimos temas que quizá solo identifican nuestros seguidores más fieles», explica Martí. No se trata de resumir una carrera, sino de mirarla de frente. Cambiar la voz. Aumentar la potencia. Volver a pasar por ahí.
En el caso de Los mejores años de nuestra vida, la elección fue sencilla. «Es simplemente una de nuestras favoritas». Una canción que acompañó al grupo durante años, que creció con ellos y que todavía sostiene el final de un concierto. Martí habla del pasado con la misma claridad con la que habla del presente. No hay ruptura. Revisar esas canciones le devuelve a la persona que fue y, al mismo tiempo, confirma cierta continuidad. «No he cambiado tanto. Sienta bien pensar que todavía puedo cantar esos versos sin ningún tipo de vergüenza; letras que siguen significando algo para nosotros», dice. Quien hace canciones, cuenta, lleva consigo una suerte de maldición con la que uno aprende a vivir. «Hay una sensibilidad que te arrasa y te jode la vida, pero por otro lado te permite vivir de forma mucho más profunda. Luego viene la gente que te dice: ‘Sois la banda sonora de mi vida’. Y ahí… ahí encuentro la conexión. Desde el principio me di cuenta de que era capaz de hacer melodías, de contar cosas que yo sentía cercanas, que me pasaban, y que luego conseguían conectar con la gente», explica.
Las canciones, cree, tienen la capacidad de sobrevivir a quien las escribe. «No compongo pensando en la posteridad, pero me gustaría que mis canciones me sobrevivieran. Que formen parte de la memoria colectiva». Tres décadas sobre el escenario, recorriendo mundo y dejando huella también han sido para ellos tres décadas en ciertos momentos duras, intensas [Martí habla de miembros del grupo sufriendo depresiones, alguna que otra enfermedad y problemas de dinero] y en ocasiones de autoodio, de no creerse merecedores de su propio éxito.
Con los años, ha ido aprendiendo a desligarse de las expectativas y a convivir con el desencanto. «Esto pasa siempre», confiesa. «Me sigo ilusionando con la música, pero soy consciente de que ya no es fácil que la gente joven te descubra, aunque hagas canciones de puta madre, o que los medios te presten la atención que mereces. Pero aquí seguimos». Cada semana piensan en abandonar, en dejarlo. Pero no lo hacen. «Como los maravillosos perdedores de Leonard Cohen, caemos y volvemos a empuñar nuestras guitarras», dice.
Martí se expresa con una crudeza casi intimidante, sin ningún tipo de tapujos ni medias tintas. Personifica esa sensibilidad, según él tan jodevidas, que desconcierta y aplasta. Se emociona cuando habla de su grupo –«Mis amigos»– y explica que pocas cosas le enorgullecen más que haber mantenido su esencia intacta «en un mundo tan corrupto, donde prima tanto el dinero». «Me emociona ver cómo nos consagramos a una idea de vida de grupo y de música». Como banda, La Habitación Roja se lleva su ración de frustraciones con la industria independiente: «Está llena de tiburones. La gente quiere exprimirte. A veces un abogado te leía el contrato y era más leonino el de una independiente que el de una multinacional». Martí se reconoce a veces como un cuerpo extraño, un «marciano» en el panorama que le envuelve: «Justo lo comentaba con Pau… Ahora que han muerto Jorge Martínez y Robe, decíamos: ‘Hostia, ya no hay relevo de gente así… gente que dice lo que piensa y que actúa en consecuencia, que tenga una personalidad honesta y la mantenga. Este mundo se ha vuelto supercorrecto por conveniencia’». Luego está la estrategia, lo que ve como «maquiavélico».
Eso de «querer hacer cualquier cosa por petarlo y andar por la vida con pasos milimetrados» no va con él. «Al final, creo que eso es lo que era la independencia en la música. Ser incorruptible. No sé, creo que ahí fuera hay gente sin escrúpulos. Me gusta pensar que no somos así», sentencia. En sus mil y una vidas, Martí tiene claro que «no es nadie para cambiar el mundo». Pero eso sí, dice: «Quiero que lo que canto tenga verdad. Un poco de humanidad».
