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Las personas sordas encuentran su voz ante la cámara y en el escenario: «No podemos ser una moda, somos personas con sentimientos y necesidades»

En el quirófano, mientras se intensifican las contracciones, Héctor le explica a Ángela, lengua de signos mediante, todas las indicaciones que los médicos dan de viva voz para llevar el parto a buen puerto. Y la escena, que es ficción, también es honda realidad. Porque lo que Eva Libertad filma y Miriam Garlo interpreta en Sorda sucede en hospitales españoles. Y en comercios, en salas de cine, en transportes, en el arte… Un muro comunicativo para las personas sordas que, a pico y pala, algunos llevan años intentando demoler.

La cinta, estrenada el pasado abril y una de las que aspira a triunfar en los Goya, es una bola de demolición para ese muro. Por lo que muestra sobre afrontar la maternidad con sordera y sobre las barreras del colectivo, por su repercusión internacional tras estrenarse con gran acogida en el Festival de Berlín y por ser ejemplo para otros proyectos al contar con la primera actriz sorda, Miriam Garlo, en ser protagonista de una película en España.

Ese efecto parece haber empezado a calar. Hace apenas unas semanas, María Valverde estrenó su primer documental, El canto de las manos, sobre el proceso para montar un Fidelio de Beethoven con el Coro de Manos Blancas, compuesto por personas sordas en Venezuela. Desde el viernes, el Teatre Lliure de Barcelona acoge Treballs forçats, una pieza de la compañía Ça Marche, que cuestiona las dinámicas del lenguaje con la performer sorda Pepita Cedillo como una de sus protagonistas. Y el próximo 23 de enero, el Teatro Valle-Inclán de Madrid subirá al escenario Grito, boda y sangre, una versión de Bodas de sangre de Lorca que mezcla danza, títeres, texto, música y lengua de signos. Protagonizada por Mari López y Emma Vallejo, ambas con esta discapacidad, y dirigida por Ángela Ibáñez Castaño, la primera mujer sorda al frente de un montaje del Centro Dramático Nacional.

«Estamos en un momento en el que la comunidad sorda empieza, por fin, a sacar a la luz su existencia, su mirada y su manera propia de expresarse. Ese momento nos permite también exigir que se nos brinde un espacio que no sea puntual ni excepcional, sino estable y continuo, donde podamos crear y desarrollarnos», apunta la directora de Grito, boda y sangre, que, desde hace una década, trabaja en el CDN. Y sigue: «No se trata de que se nos dé una oportunidad, sino de construir una estructura estable. Con espacios continuos no solo se crean obras, se crean referentes, se fortalece la lengua, se garantiza que las próximas generaciones de artistas sordos no tengan que empezar desde cero, se afianzan trayectorias y se promueve la profesionalización de un colectivo artístico».

Según datos de 2022 del Instituto Nacional de Estadística, en España hay más de 1,2 millones de personas con alguna discapacidad auditiva y solo 27.300 usan la lengua de signos (2%). En las pantallas o los escenarios apenas se han podido ver porque las historias y los personajes del colectivo son escasos. De hecho, aún hoy, la mayoría de salas de cine ni siquiera ofrecen el servicio de subtítulos para estos ciudadanos. Y en los teatros, salvo contadas ocasiones, ni hay intérpretes en lengua de signos ni tampoco subtítulos. «Nunca hemos tenido referentes, hemos estado invisibilizadas y eso es violencia identitaria porque nos impide creer en que vayamos a poder participar en la construcción de la cultura. Yo llevo toda mi vida buscando esos referentes, consumiendo obras de arte y no me he visto ni desde la condescendencia. Nunca me he podido identificar», asegura Miriam Garlo en una conversación de Zoom con un intérprete que traduce las preguntas a lengua de signos.

Su personaje en Sorda aspira a convertirse, precisamente, en ese referente, y a hacerlo desde esa perspectiva compleja, alejada de la condescendencia de presentar a una persona sorda solo desde su discapacidad y de un carácter afable o angelical. Su Ángela estalla, llora, se enfada con y sin motivo una y otra vez. Como haría cualquier personaje interpretado por una actriz oyente. «Mostrar a las personas sordas con esos valores ni es actual ni es necesario, son valores de solidaridad del pasado. Ahora las personas sordas necesitamos que se nos facilite la autonomía y la libertad para poder llevar nuestra vida en igualdad de condiciones. Ahí es donde tiene sentido de que vayamos como sociedad y también como cultura», incide Miriam Garlo.

El discurso lo comparten también sus compañeras de profesión con idéntica discapacidad. «Hay personas sordas diferentes, como las oyentes. Es verdad que nuestra comunidad y nuestra lengua son más visibles ahora, pero falta mejorar nuestros personajes. ¿Por ser sorda no puedo ser la que vende fruta, tu vecina o tu amante? ¿Tenemos que ser simplemente el personaje de la sorda?», se pregunta Mari López, una de las protagonistas de la obra Grito, boda y sangre que desde su nacimiento ha convivido con la sordera y cuya forma de comunicarse siempre ha sido la lengua de signos. Esta conversación se está manteniendo en el local de ensayo del CDN en Madrid gracias a la participación de dos intérpretes. Una que traslada en palabras orales los signos de Mari y otra que hace lo mismo con los de Emma Vallejo, la otra actriz sorda que sostiene el montaje. Es ella quien, ahora, complementa a su colega: «Estamos teniendo más trabajo y yo eso lo agradezco, pero no puedo ocultar lo que tenemos que mejorar. Sé que vamos paso a paso, pero tenemos que seguir avanzando y no estancarnos. No podemos decir: ‘Este es el año de las personas sordas’, tiene que seguir habiendo más, que la gente sepa que somos parte de la sociedad. La mejoría es abrir las mentes y que no se nos tenga miedo, porque ni echamos la bronca ni gruñimos».

Y ahora, la mirada gira. Porque la comunidad sorda también está participada por personas oyentes. La directora de Sorda y hermana de su protagonista, Eva Libertad, lo es. También quienes dirigen El canto de las manos y Treballs forçats, María Valverde y Nico Jongen, y quien firma la dramaturgia de Grito, boda y sangre, Iker Azkoitia. Las preguntas para ellos son: ¿cómo cambia la forma de trabajar con actores sordos u oyentes?, y, ¿por qué adentrarse en las historias de esta comunidad? «Lo que yo no entiendo es por qué no lo hemos hecho antes, y creo que es importante que las personas oyentes seamos conscientes de lo que hacemos y hemos hecho mal. También es una forma de exigir a las administraciones que cumplan con su función y aborden una realidad que llevan sin atender como deben desde hace demasiado tiempo», afirma María Valverde al otro lado del teléfono.

La compañía catalana Ça Marche, durante sus 10 años de vida, se ha dedicado a trabajar con actores no profesionales, a cuestionarse y colarse por las rendijas culturales a las que no se suele acceder para llegar a otros colectivos. Así, hasta la comunidad sorda que atraviesa Treballs forçats, surgida del proyecto europeo Future Labs. «Yo no tenía ninguna relación previa con ninguna persona ni con la comunidad sorda, pero me fijaba por la calle o en el súper, sentía que había algo ahí interesante para explorar», arranca Nico Jongen, la mitad de esta compañía. Y sigue: «Al principio tuve miedo y reparo al acercarme porque no conocía el terreno y leía que era una comunidad muy cerrada. Lo que yo me encontré fueron todo tipo de facilidades y gente con necesidad de comunicarse. Me parece interesante hacer una obra donde nuestro privilegio como oyente se invierta y generemos un diálogo».

Iker Azcoitia se quedó fascinado por una interpretación de Ángela Ibáñez en el CDN, pensó en escribirle un papel y así arrancó una relación profesional y de amistad que ahora se ha consumado en la dramaturgia de Grito, boda y sangre. Lo que Ángela dirige es el texto de Iker surgido de las obras de Lorca, especialmente de Bodas de sangre. El dramaturgo lleva desde 2018 documentándose sobre la comunidad sorda para conocer su cultura, y los últimos cuatro años los ha pasado estudiando lengua de signos. «Nuestra esperanza es que colectivos históricamente oprimidos, como este o el LGTBI, al que pertenezco, tengan los referentes que les faltaron y que aún hoy siguen faltando. En Bodas de sangre, la madre le dice a la novia: ‘Llora, pero en la puerta’. Y eso representa bien a la comunidad sorda que ha tenido que llorar, gritar y dejarse la piel, siempre en la puerta», asevera Azcoitia.

Porque esa creación de nuevos referentes para niños sordos que quieran dedicarse al arte se está dando, pero, ¿será duradera o se recordará como algo pasajero que se desvanezca con el tiempo? «Para mí ha merecido la pena ya solo después de siglos de retraso abrir un espacio para la reflexión. Puede que esto también sea una moda, a mí también me da un poco esa impresión, pero no voy a bloquearme por ello y seguiré, junto a mis compañeros, empujando para seguir avanzando», señala Miriam Garlo.

La misma línea sigue Berta Frigola, activista y artista sorda que ha colaborado asesorando en Treballs Forçats: «Comparto esa preocupación, pero, incluso si es una moda, no todo el impacto es negativo. Esta exposición puede abrir conversaciones, generar referentes y romper silencios de mucho tiempo. La clave está en el después: si estas propuestas se quedan como algo puntual o si sirven para ampliar el imaginario cultural y dar espacio a narrativas más diversas, creadas y lideradas por personas sordas».

Ángela Ibáñez rehúye esa opción de que las historias de su colectivo puedan ser «una moda» porque «cada vez hay más conciencia» sobre la lengua de signos y la realidad en la que viven las personas sordas. Como ejemplos, cita que la compañía teatral Chévere, con la que ha colaborado, se ha comprometido a incluir la lengua de signos en todas sus futuras producciones, o que la Compañía Nacional de Teatro Clásico, donde ella tradujo La dama boba de Lope de Vega, se abren a una mayor inclusión de esta lengua.

Pero el cierre lo ponen las actrices Emma Vallejo y Mari López: «Somos personas, tenemos sentimientos, necesidades y derechos que tienen que ser cubiertos, no podemos ser una moda. Hablamos de sentirnos seguros, de vivir nuestro día a día sin barreras y de formar parte de equipos. Porque lo peligroso de ser una moda es que nosotras, humanas, vamos a seguir viviendo aquí y las modas se olvidan. Pero las barreras las vamos a seguir encontrando. Así que no somos ninguna moda».