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María Valverde: «Hay quien grita o insulta para pedir justicia. Yo prefiero pedir justicia desde la tranquilidad que ser de las que grita»

En 2003, una jovencísima María Valverde (Madrid, 1987) estalló por sorpresa en mundo del cine. Tenía 16 años, ganó un Goya y quisieron convertirla en una lolita nacional por su papel en La flaqueza del bolchevique. Sin apenas haber salido de aquello, le detonó el fenómeno A tres metros sobre el cielo, epítome de la efervescencia adolescente dosmilera. Pero, dos décadas y 30 películas después, aquí sigue ella. Ahora la madrileña ha saltado a la dirección y acaba de estrenar El canto de las manos, su primer documental, en el que relata como el director de orquesta -y su pareja-, Gustavo Dudamel, monta un Fidelio de Beethoven con el Coro de Manos Blancas, compuesto por personas sordas en Venezuela.

Supongo que todos le hacemos esta pregunta, pero ¿por qué ha empezado a dirigir?
Llevaba muchísimos años queriendo dirigir, pero no me atrevía. Creo que era una necesidad poder llevar más allá un trabajo en el cual sentía que había una historia de corazón, de poder entender la transformación que supone el acceso a la música. Es verdad que pensé que no se iba a llevar a cabo porque la pandemia lo pospuso dos años.
¿Hay algo también de salirse del papel de actriz, de ser otra cosa?
Es más entender la misión que uno tiene como ser humano en este mundo. Actuar siempre ha sido mi manera de comunicarme con el mundo, es la única que he sabido hacer. Lo hago desde los 15 años profesionalmente, no he tenido otro trabajo. En la dirección he encontrado la forma de poder llevar las historias a más allá y de generar equipo.
Hay algo en este documental de resistencia al mundo, de priorizar la bondad sobre el sensacionalismo dramático en el que podría haberse metido.
En este mundo nos están llevando hacia un lugar del que yo no quiero participar. Y el arte tiene una misión importante de concienciar a la gente y dar una perspectiva inspiracional. Ahí quiero estar yo. Hay productos cinematográficos o obras de teatro que ya no veo por cuidar mi salud mental. Y entiendo que existan, pero se puede pedir justicia de muchas formas. Hay quien grita e insulta o quien desde la tranquilidad pedimos esa justicia. Prefiero quedarme ahí, que ser de las que grita. Esa es mi esencia y es de la forma en que yo me quiero agarrar a la vida. Tampoco sé hacerlo de otra manera.
Al mismo tiempo son cuatro años los que lleva sin presentar un trabajo como actriz. ¿Eso le ha generado vértigo o miedo a sentirse excluida?
No he estrenado nada porque llevar un proyecto personal conlleva tomar decisiones que duelen, decir no a muchos proyectos. Sí que rodé una película muy indepediente de Alberto Arvelo con Bruna Cusí, que espero que se venda. He tenido posibilidades, pero mi prioridad era este documental y estoy orgullosa de mi decisión. He pasado años en paro, que eso la gente no lo ve, pero tomar las riendas de tu vida, de tu carrera y de tu proyecto te hace más fuerte.

«En una película no me contrataron por negarme a mostrar los pechos. Me siento orgullosa porque estaba manteniendo mis principios»

¿Hay algo de adrenalina en ese arriesgarse después de tener un inicio en el cine comercial?
A mí me hace mucha gracia cuando alguien se me acerca y me dice que ha visto todas mis películas. ¿Las 30? En realidad solo han visto dos y lo entiendo eh. Mi carrera ha sido de riesgos, de hacer películas muy independientes aunque haya hecho grandes producciones. Me he visto muy arriba y también muy abajo y creo que eso es muy saludable. Es un baño de humildad constante, pero he sido siempre muy honesta con lo que soy y me siento orgullosa.
En aquel discurso del Goya de 2004 decía que aquello era mucho más de lo que esperaba. Han pasado 21 años, ¿es lo que esperaba esto?
Yo no esperaba nada, solo era una niña de 16 años que entraba en un mundo desconocido. Nada de lo que me ha pasado estaba en mis sueños, ni mucho menos. Y eso es lo fascinante, no esperar nada. A veces uno espera, espera y lucha, pero te das cuenta que en la vida, muchas veces, por más que luches hay cosas que no ocurren. En mi caso, creo que ha merecido la pena muchas más veces estar abajo que estar arriba, porque me ha hecho tomar consciencia de quién soy, de mis fortalezas y de mis debilidades. Estar sin trabajo y sin proyectos ayuda a eso.
En sus inicios, tras La flaqueza del bolchevique, se trasladó aquella imagen suya de Lolita siendo una adolescente de 16 años. ¿Cómo ve cuando mira hacia aquellos años?
Fue un momento muy injusto, no era algo que hubiera tenido que pasar una niña de 16, 17 o 18 años. No me supuso un problema para salir adelante, pero fue difícil lidiar con ello. Creo que siempre he sido fiel a la mujer que yo estaba construyendo, a lo que ayudó mucho mi círculo más cercano que me protegía y me traía a la tierra. Aunque también me protegió mucho no leer entrevistas ni muchas cosas porque hubo momento muy salvajes. Fueron más hirientes incluso algunas escritas por mujeres, hay una entrevista que siempre recordaré de duro que fue leerla.
Y, ahora, aquella industria que mostró aquel comportamiento con usted está inmersa en un #MeToo.
Es que es muy necesario, nadie entiende por qué no ha pasado antes o por qué no pasa más. Es un tema muy delicado porque no sabes cómo llevarlo, cómo comunicarlo y, en definitiva, cómo gestionarlo.
Supongo que es una cuestión de colectivizarlo, de que se comparta y de que en ese conjunto se vaya mostrando la realidad.
Sobre todo, es tener apoyo. Hay veces que no sabes identificar cuando te han pasado ciertas cosas hasta que alguien no te cuenta que ha vivido algo parecido. Y también la vergüenza y el miedo. Yo siempre he tenido facilidad para hablar y he sabido irme a tiempo, pero era díficil. Ahora es más fácil. Pero si muchas veces no te contraban por no querer mostrar los pechos en una película.
¿Eso le sucedió?
A mí me pasó, pero me siento orgullosa porque estaba manteniendo mis principios. No hice ese trabajo, pero volvería a decir que no mil veces. Y aquel era un proyecto dirigido por una mujer.

«Me ha merecido muchas más veces la pena estar abajo y sin trabajo que estar arriba. Me ha hecho tomar consciencia de quién soy»

Le escuchaba hace poco decir que de niña usted fingía hasta convulsiones en casa para que le hicieran caso. ¿Actriz prematura?
Eso es una cuestión de estar todo el rato en la emoción, lo trato mucho con mi terapeuta. Yo he sido siempre muy melancólica, me encanta ponerme música triste y llorar porque no tengo miedo a sentir. Pero soy divertida que flipas y tengo aguante para rato de fiesta. Lo que pasa que la imagen que cala…
Ha calado también porque usted nos ha mostrado esa.
Pero también tengo una maldad y una picaresca que no muestro en las entrevistas. Y no os la voy a enseñar, eso es mío.
Después de aquel fenómeno adolescente que fue ‘A tres metros sobre el cielo’ tuvo que irse un tiempo de España porque arrastraba una depresión.
Formar parte de A tres metros sobre el cielo fue una suerte porque es una saga que ha marcado generaciones. No una, varias. Pero con la presión, que no solamente la vivimos los actores, uno tiene que saber parar. A mí la vida me ha hecho parar en algunas ocasiones y siempre me ha venido bien. Hay que entender los ciclos, darte espacio y cuidar tu salud mental.
Una de sus reivindicaciones también es que los actores tienen derecho a parar para tener una vida familiar y personal pese a lo que exige ese oficio.
Yo le doy mucho valor al tiempo en familia, al tiempo personal y al tiempo libre. Es algo básico. A mí me cuesta mucho ir de un lugar a otro porque sufro bastante ansiedad y necesito ir despacio. Me gusta disfrutar la vida con la gente que quiero, el tiempo libre es mi medicina.
En el año 2020 le puso voz, en un proyecto de Max Richter, a la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Mire el mundo de hoy, ¿qué voz le pondría?
Uf! Vivimos un mundo muy duro ahora mismo, pero voy a agarrarme a la fe que tengo en el ser humano. Mi voz sería la voz de una madre que cuida de alguien para que sepa que no está solo. Porque la soledad es de las mayores enfermedades que podemos estar viviendo ahora mismo.
¿Le tema a la soledad?
Me da pánico. A mí me gusta estar conmigo y me disfruto en soledad. Pero la soledad no elegida me asusta