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Milei abre una guerra civil en el cine argentino:  ‘Homo Argentum’ vs. ‘Belén’

Poco antes del final de la película Homo Argentum, en el capítulo 15 de los 16 que la conforman, un director de cine de pelo blanco y discurso encendido recibe un premio. La escena se antoja familiar de puro repetida. ¿Hubo alguna vez un gremio con más galas, ceremonias y autohomenajes? La Academia, o quien sea, le reconoce el mérito no solo por la calidad de su trabajo sino, apurando, por lo hondo y claro de su conciencia. Por primera vez probablemente, la acosada (e inventada) tribu de los awaris ha sido protagonista de algo. Y el cineasta al que da vida Guillermo Francella (él es el protagonista de todos y cada uno de los episodios) llora. Llora emocionado, da la gracias y, ante el auditorio en pie, se pinta la cara como los propios awaris se supone que lo hacen. Acto seguido, clama: «Todos somos awaris». ¿Les suena? Antes de esta escena, la película nos enseña a ese mismo director en pleno rodaje incapaz de aguantar el calor, las moscas y los rigores de la selva en la que vive la citada tribu; un director que humilla sin pudor a los awaris y que hace gala de su prepotencia sin el menor asomo ni de vergüenza ni de decoro. ¿Les podría sonar? El título del sketch es Un film necesario. Pues eso.

Gastón Duprat y Mariano Cohn, los directores de Homo Argentum que no (pese a su incipiente pelo blanco) de Al rescate de los awaris, están convencidos de que buena parte de la animadversión que muchos colegas argentinos muestran y han mostrado hacia su película proviene de este episodio. «Sinceramente, y tras ver posteriormente las idioteces que dijeron algunos en el Festival de San Sebastián, creo que nos quedamos muy cortos», dice Duprat. A su lado, Cohn le da la razón y sube la apuesta: «Una constante en todo lo que hacemos, y que es general ahora mismo en todo, es ese empeño de someterlo todo a un cacheo ideológico. Eso se ve mucho en la crítica. Antes de cualquier juicio sobre nada, lo primero es tener clara la filiación política de sus autores. Lo llevamos sufriendo en cada película o serie que hemos hecho y ahí sigue». Los que hablan, para situarnos, llevan años empeñados en desnudar gestos eminentemente ridículos. El hombre de al lado disparaba contra los rigores de la arquitectura moderna; El ciudadano ilustre enseñaba las vergüenzas de los literatos de academia limpia, pulida y esplendorosa; Competencia oficial se centraba en el cine y sus ritos de alfombras rojas y festivales; Bellas artes hincaba el diente en los marchantes y sus miserias, y ahora es el turno para todo el mundo en todas partes.

En cualquier caso, el affaire awari, llamémoslo así, no es más que una muestra (la punta del iceberg, que dice el lugar común) de una más o menos velada, más o menos evidente, guerra civil que trasciende el ámbito gremial. Pronto, el presidente Javier Milei se sirvió de la película para continuar y profundizar su particular cruzada cultural y la exhibió (y la usó) como un arma más contra sus enemigos habituales: que si lo woke, que si los zurdos, que si lo progres hipócritas… En su ideario tuitero, Homo Argentum«deja en evidencia muchos de los aspectos de la oscura e hipócrita agenda de los progres caviar (woke)». El éxito logrado desde su estreno el agosto pasado y que ha convertido a la película en la tercera más vista del año en Argentina con 1.830.000 espectadores no ha hecho más que profundizar la herida, la crispación y, en efecto, la guerra. Duprat y Cohn se defienden y dejan claro que el logro de la película cerca del récord nada tiene que ver con el apoyo del dirigente de ultraderecha. «El primer fin de semana se vendieron 100.000 entradas y la preventa alcanzó las 200.000 localidades. Es decir, la cinta era exitosa antes de que Milei dijera nada», recuerda Duprat. Y sigue: «La opositora peronista Cristina Kirchner, que sufre arresto domiciliario, pidió ver la película en casa mediante un enlace online. Se lo pasamos y su reacción fue que Milei no había entendido la película». Y así.

Desde el primer segundo, e incluso con el tráiler únicamente como prueba de cargo, la cinta ha ido amontonando polémicas. No esconden los directores, que se definen iconoclastas de vocación, que las buscan, que desean «ser incómodos». Con lo que por cada conflicto, podríamos decir, una medalla. La primera y más sonada llegó de la mano del más abrasivo y excluyente de los calificativos: «antipatrias». Si uno rastrea por Youtube y alrededores no tarda en encontrar el fragor de la batalla. No falta una periodista de televisión que lejos de limitarse a criticar para mal a la película —por según ella «antiargentina» y, en efecto, «antipatria»—, implora a sus oyentes que ni se les ocurra ir a verla. «En cuanto estalló el fenómeno», dice Cohn, «corrieron a llamar de un medio y otro a todos los actores para que se pronunciaran en la refriega y dijeran si respaldaban o no a la película. De todas las opiniones, me quedo la del actor Luis Brandoni que simplemente se limitó a decir que en Argentina hay libertad de expresión y si no te gusta la película, siempre puedes hacer otra en contra».

Pero hay más. Siempre hay más. La película fue acusada por los más puristas de utilizar el emplazamiento de producto para su financiación y hasta de recibir ayudas estatales cuando precisamente el presidente Milei ha cercenado todo tipo de subsidio al cine. No se libró incluso de ser señalada por lo del enlace online servido a la expresidenta. Sobre el primer supuesto delito, los directores se limitan a elevar las cejas. «¿Y qué si lo hemos hecho?», dicen. En el segundo caso, lo niegan. Lo cierto, según publicó el diario La Nación, es que la película no recibió nada de las arcas vaciadas por el gobierno actual del Instituto del Cine Argentino (el INCAA), pero sí se benefició de un programa del Gobierno de la ciudad de Buenos Aires que ascendió a 150 millones de pesos (87.000 euros) como ayuda al rodaje. «Nunca hemos recibido nada del INCAA y hasta hemos renunciado al dinero que nos corresponde por la taquilla [según el sistema argentino, por la taquilla realizada le corresponderían 300 millones de pesos, es decir 174.000 euros]», dicen los directores.

La irrupción de ‘Belén’

Pero como sea que no hay debate ni pelea en el mundo sin enemigo, Homo Argentum se ha convertido no solo en la diana de todas las polémicas, sino también en la némesis de la película argentina candidata a los Oscar: Belén, de Dolores Fonzi. La crítica y la prensa en general ha colocado a una y otra a cada lado de la trinchera. Y lo ha hecho sin mucho esfuerzo. Cada una habla por sí misma. Belén es sin tapujos un grito contra la Argentina de Milei. La cinta recupera el caso real de violencia política, policial y judicial contra una mujer en la provincia de Tucumán que se convirtió, con el correr del tiempo, primero en el detonante de la llamada Marea Verde feminista y después en el primer paso para la legalización del aborto en Argentina que hoy se encuentra en peligro. «Resulta agotador volver una y otra vez a reclamar lo que es simplemente justo, humano», dice Fonzi ante la posible y amenazante regresión de derechos que se avecina. «Tenemos un presidente que está loco, insane, pero, pese a todo, soy optimista. Los que ahora piensan que el feminismo va contra ellos es que no han entendido que el feminismo no es antagónico de nada, es simplemente humanismo. No podemos ser una sociedad sensata y feliz si la mitad de la población puede ser víctima de violencia obstétrica como lo fue Belén», añade para dejar claro su postura y la de la película.

El juicio que a Duprat y a Cohn le merece Milei es diferente. «Todo depende de con qué se compare. En abstracto, todos son terribles. En Argentina se han roto los medidores. Pensemos que venimos de un presidente que maltrató a su mujer y que prolongó el confinamiento durante el covid, como se demostró, por cálculo electoral y beneficio económico. Ahora, con Milei, se ha reducido la inflación y eso es algo muy importante…», comenta el primero para acto seguido lanzarse en plancha contra sus colegas cineastas que protestan contra las políticas cinematográficas de, otra vez, Milei. Y aquí si se encontraría la propia Dolores Fonzi. «Durante mucho tiempo había que ser amigo del poder para poder acceder a una subvención del INCAA. Nosotros hemos pasado de eso toda la vida. Piensa en actores como Luis Brandoni que, pese a luchar contra dictadura, durante 20 años se ha pasado sin poder apenas trabajar. Muchos de los que ahora protestan, callaron antes. Han callado y han aplaudido a un gobierno y a una política cultural anacrónica y estalinista. Muchos de los chillan ahora tienen el culo sucio», dice de carrerilla Duprat. Digamos que la punta del iceberg enseña ahora más, asoman hasta los colmillos.

Los directores de Homo Argetum no señalan directamente a Belén, pero es la película de Fonzi la que está en la conversación; es ella la que ahora está preseleccionada como película internacional para los premios de Hollywood y no la suya. «No se trata de dos películas con dos sensibilidades como se dice por la sencilla razón de que su película [Homo Argentum] no tiene sensibilidad alguna. Con esa gente [por Duprat y Cohn] no hay espacio para ninguna conversación. Hay que tener en cuenta que la suya ha sido la única película que ha recibido ayudas y fondos del gobierno cuando todo el cine argentino está desahuciado, cuando se supone que ya no se financiaba al cine. Están manchados», concluye y replica la directora con la misma metáfora.

Ahora ya solo falta esperar los discursos cuando lleguen los premios. Que llegarán. Siempre llegan.